Once
Evie
He descubierto que el truco para ser feliz llevando este estilo de vida es saber cuándo matar a alguien y cuándo llorar.
Para mí, los jueves eran para llorar.
Los jueves eran mi día para encerrarme en mi habitación con una bolsa de M&M’s y un bol de palomitas y ver la siguiente comedia romántica de mi lista.
El ritual de acurrucarme en la cama, arropada con la manta más suave que tuviese, y ponerme a ver una comedia romántica cursi se había convertido en un imprescindible en mi lista semanal de tareas.
Un día incluso había dejado puesta de fondo El diario de Noa mientras trabajaba y había acabado llorando a moco tendido y, al día siguiente, me había notado mucho más segura y despiadada que nunca.
Era como si, al haber exprimido por adelantado hasta la última gota de mi lado más vulnerable, hubiese dejado espacio a mi yo más oscuro, ese que no sentía nada en absoluto.
En general, le había hecho mucho bien a mi vida, y justo por eso mis jueves de comedia romántica eran sagrados.
Me subí la manta hasta la barbilla y se me llenaron los ojos de lágrimas justo cuando uno de los personajes soltaba una frase ridículamente empalagosa sobre que el amor lo es todo.
No tenía ni idea de a quién se le ocurrían esa clase de chorradas, porque nada de eso sucedía jamás en la vida real.
Y lo peor de todo era que yo me las tragaba una y otra vez.
Como si ese tipo de amor pudiese funcionar en el mundo real. Pero quizá eso fuese precisamente por lo que me gustaban tanto esas películas, porque, si me ponía a llorar a moco tendido por un amor que no era real, no tendría por qué malgastar mis lágrimas en aquello que de verdad me dolía.
Entonces la película llegó a la parte en la que él le confesaba a ella que siempre la había amado y, antes incluso de que el protagonista masculino pudiese terminar de declararle su amor, yo ya estaba llorando desconsolada.
Por culpa de las lágrimas, ni siquiera me di cuenta de que había alguien en mi habitación hasta que fue demasiado tarde.
Aiden estaba a los pies de la cama, observándome boquiabierto y totalmente horrorizado.
Creo que le habría hecho mucha más ilusión entrar aquí y verme cometiendo un asesinato a sangre fría que enterrada bajo un montón de mantas, comiendo en la cama y llorando a lágrima viva por una película romántica.
—¡¿Qué estás haciendo en mi cuarto?! —grité, al mismo tiempo que intentaba apartar la comida basura de mi regazo—. ¡Si he cerrado la puerta con llave!
—¿Qué estoy haciendo yo aquí? ¿Qué cojones estabas haciendo tú ? —preguntó, en parte asombrado y en parte al borde de un ataque de risa—. Y no, no habías cerrado con llave.
Me sequé las lágrimas a toda prisa con la manta, como si tal vez, si él no veía los rastros que me habían dejado al resbalar por las mejillas, pudiese fingir que esto nunca había sucedido.
—Como se te ocurra contarle esto a alguien —le amenacé—, te prometo que te abriré la cabeza con una puta llave inglesa.
Aiden parpadeó, sorprendido, y luego se apoyó de lado sobre mi armario, como si tuviese todo el derecho del mundo a estar aquí.
—Relájate, Psycho. No sabía que ser testigo de cómo cometías un homicidio emocional fuese un delito. ¿Puedo seguir llamándote «Psycho»? ¿O esto te convierte en algo más que una psicópata?
—Lár-ga-te. —Dejé el bol de palomitas a un lado, con tanta fuerza que casi lo tiro al suelo, echando así por tierra cualquier posibilidad de intimidarlo.
Pero, en vez de marcharse, Aiden cogió la silla de mi escritorio y la acercó a la cama, dejándose caer encima de brazos cruzados y volviéndose hacia el televisor.
—Y dime, ¿qué echan esta noche? ¿Una película de amantes desafortunados? ¿Una de amigos de la infancia que en realidad son almas gemelas? ¿O la historia de dos idiotas que deberían haber roto hace una hora?
Lo fulminé con la mirada, con tanta intensidad que me dolieron los ojos.
—Cierra el pico, Aiden. Como esta información salga de este cuarto, te juro que...
—¿Que qué? ¿Que te pondrás a llorar más desconsolada que ahora?
—Se echó hacia delante en su asiento, con una sonrisa divertida dibujada en la cara—.
Porque, sinceramente, todo esto me parece adorable.
¿Tú, escondida bajo un montón de mantas y comida basura, llorando por unos personajes ficticios?
Eso no tiene precio. Para ser alguien que va por ahí diciendo que el amor es una farsa, estás llorando por él como si tu vida dependiera de ello.
Pero no te preocupes, no se lo contaré a nadie.
Se me revolvió el estómago. Porque se suponía que Aiden jamás debería haber descubierto esta faceta de mí y, desde luego, también se suponía que jamás debería haberme mirado como lo estaba haciendo en ese momento. Lo observé con los ojos entrecerrados y me obligué a sonar lo más segura posible.
—Si quieres conservar tus dientes tal y como están, te sugiero que te largues de aquí ahora mismo.
Le lancé la otra almohada a la cabeza, con la esperanza de darle con la fuerza suficiente como para borrarle esa estúpida sonrisa de la cara. Pero él la esquivó en el último momento, riéndose a carcajadas, y ese sonido me puso los nervios de punta.
Había unas cuantas cosas que no quería que Aiden descubriese jamás.
La primera era, por supuesto, que estaba colada por él.
La segunda era que había sido a mí a quien se le había caído su moto por accidente y que había sido yo quien le había hecho una pequeña abolladura sin querer, sobre todo porque después me había pasado una semana echándole la culpa a Hero por ello.
Y la tercera era que me encantaban las películas románticas y que me encerraba en mi cuarto todas las semanas para pasarme un día llorando a lágrima viva.
—Eres imposible —siseé, señalando la puerta—. Lárgate. Ahora. O pasaré de lanzarte una almohada a algo un poco más contundente.
Aiden levantó las manos como si lo estuviese amenazando a punta de pistola.
—Vale, vale. —Se levantó de su asiento, pero sin perder en ningún momento esa estúpida sonrisa—. Pero que conste que creo que la próxima vez deberías elegir una película en la que el chico se merezca de verdad a la chica. Porque entonces al menos tus lágrimas estarían justificadas.
Antes de que pudiese lanzarle el bol de palomitas a la cabeza, se marchó, cerrando la puerta a su espalda.
El silencio que siguió a aquello fue ensordecedor.
Me hundí de nuevo en la cama, bajo mi fuerte de mantas, dejé a un lado el bol de palomitas y me subí las sábanas hasta la cabeza, como si así pudiera borrar el hecho de que Aiden había estado aquí hacía tan solo un momento.
Notaba las mejillas acaloradas, y el corazón en un puño, pero ya no era por la película, sino por el hecho de que me hubiese pillado llorando como una idiota.
Murmuré entre dientes todas las amenazas de muerte que se me ocurrieron hasta quedarme sin aliento.
Pero eso tampoco me ayudó a relajarme. El corazón me seguía latiendo a toda velocidad, traicionero y acelerado, y lo peor de todo era que una pequeña y estúpida parte de mí deseaba que se hubiese quedado conmigo.
Me quedé mirando el techo fijamente, con los ojos bien abiertos, furiosa conmigo misma. La película seguía reproduciéndose de fondo, pero yo ya había dejado de prestarle atención. Lo único peor que llorar por amor era que el hombre al que estabas chantajeando te descubriese llorando por amor.
Con suerte, Aiden no se daría cuenta de que ahora él también tenía algo con lo que chantajearme.
La mañana siguiente se fue a la mierda casi de inmediato y, de alguna manera, acabé delante de mi moto con una camiseta que ni siquiera era mía, yendo al taller a la carrera, porque los chicos me estaban acribillando a llamadas, pidiéndome una cosa tras otra.
Mi noche no había salido tal y como la había planeado, y me había acabado quedando dormida mucho más tarde de lo habitual.
Que Aiden me hubiese pillado mientras lloraba a lágrima viva tal vez hubiese tenido algo que ver con eso. Resulta bastante complicado tranquilizarse cuando te han pillado con los ojos enrojecidos y la nariz llena de mocos, y con las palomitas pegadas a la camiseta por culpa de las lágrimas.
Mi mirada se posó de inmediato sobre la pequeña moto de color azul hielo. Suspiré, porque no tenía otra opción.
—Vale, escúchame bien, pequeña Arpía de Hielo, hoy te voy a conducir, y te juro que, como se te ocurra portarte mal, te dejaré tirada en una cuneta.
No era que odiase montar en moto, en realidad me encantaba. Lo que odiaba era lo mal que se me daba conducir.
Y no me refiero a eso de «ay, es que soy adorable y un poco torpe conduciendo», no, más bien en el sentido de «catastrófico, no se le debería dejar conducir nunca».
Las curvas lentas eran mi enemigo natural..., bueno, las curvas en general eran mi enemigo natural.
Por eso mi Arpía de Hielo se pasaba la mayor parte del tiempo escondida en el garaje, donde estaba a salvo de mí y yo estaba a salvo de ella.
Aun así, a grandes males... Me subí a la moto, la arranqué y, por suerte, el motor cobró vida de inmediato.
El camino hasta el centro de la ciudad fue tenso. No tenía muy claro si estaba tensa por tener que estar conduciendo o por la perspectiva de volver a ver a Aiden. Pero estaba tan tensa que los nudillos se me habían puesto blancos, y no estaba segura de poder aguantar así mucho más.
En cuanto me adentré en la calle principal de Havenwood, me di cuenta de que había subestimado tanto a la moto como a mí misma.
Cada pequeña grieta en el asfalto hacía que se me revolviese el estómago, cada bache me hacía sentir una sacudida en el manillar, y tenía las manos empapadas en sudor antes incluso de haber doblado la primera esquina.
—Vale, tranquila, Arpía de Hielo —murmuré en voz baja, con total seriedad—. Podemos hacerlo. Necesito que te portes bien solo durante diez minutos. Diez. Es lo único que te pido. Sin dramas. Sin experiencias cercanas a la muerte.