Diez #2
Evie sonrió, cogió su mochila y se la echó a la espalda, colgándosela del hombro.
—Muy bien, exige todo lo que te dé la gana si eso te hace feliz. Porque te prometo, Ace, que no pienso hacerte ni caso.
Dios, cómo odiaba ese maldito apodo, al igual que odiaba el asco con el que siempre lo pronunciaba.
Y odiaba que no pensase que yo era s u Ace, su maldito as bajo la manga.
Evie se dio media vuelta y se encaminó hacia la entrada trasera del edificio, que llevaba directamente hasta la planta superior, donde se encontraba el despacho de Asher.
Pero, sobre todo, lo que más odiaba de todo era lo cómoda que parecía sentirse aquí, con él.
Otro de sus hombres nos recibió en la entrada y nos guio a través de un pasillo oscuro, hasta que llegamos a un pequeño trastero.
—Asher me ha dicho que podéis echarle un vistazo a todo lo que encontréis aquí dentro, pero que nada de salir a daros una vuelta por el edificio. Estaré al final del pasillo vigilando, así que ni se os ocurra intentar nada.
Evie asintió con la cabeza, paseando la mirada por las distintas pilas de documentos que había repartidas por todo el trastero, metidas en cajas.
Alargó una mano hacia la que tenía más cerca, para después arrodillarse en el suelo y ponerse a revisar su contenido, sacando un papel tras otro, comprobando las fechas y lanzando a un lado los que consideraba inútiles.
—¿Por qué habrá guardado toda esta basura cuando está claro que no significa nada para él? —murmuró Evie, pensando en voz alta.
Hojeé una pila de papeles, sin saber muy bien qué estaba buscando exactamente, pero aun así intenté echarle una mano a Evie.
—Es evidente que no debe de ser basura sin valor alguno cuando tú has venido exclusivamente para revisarlo todo. Nunca se sabe cuándo algo puede resultarte útil, sobre todo si ese algo es importante para otra persona.
Evie se encogió de hombros antes de acercarse otra caja y ponerse a rebuscar en su interior.
Nos pasamos una hora más en esa misma postura, con ella rebuscando entre los documentos que había en el interior de las cajas y maldiciendo por lo bajo hasta que una nueva pila de papeles le llamaba la atención.
Finalmente se puso de pie, se estiró y echó un vistazo a su alrededor.
—Creo que aquí no vamos a encontrar nada.
No he visto nada que pueda sernos de utilidad, ni tampoco nada sobre Veritas o la tarjeta identificativa.
Si no encontramos algo que merezca la pena pronto, voy a tener que chantajearte un poco más para que sigas ayudándome —comentó, como quien no quiere la cosa, pero en el fondo sabía que, en cierto modo, lo decía en serio.
Me volví hacia la entrada para comprobar que nadie pudiese oírnos.
—No creo que eso te vaya a funcionar tan bien como crees.
Su suave risa resonó en el interior de la estancia, y un brillo divertido iluminó su mirada, y yo tuve que contenerme para no disfrutar de ese momento.
—¿Me estás diciendo que no estarías dispuesto a hacer cualquier cosa que te pidiese con tal de que nadie viese jamás esas fotos o que no volverías a caer en otra de mis trampas?
—Resulta que es mucho más difícil tenderme una trampa cuando sé en qué tengo que fijarme para evitar caer en ella.
Evie se acercó a mí, posándome las manos en el abdomen y subiendo después por mi torso, hasta detenerse sobre mi pecho. Sentí que todo mi cuerpo se acaloraba bajo su contacto, de repente y de forma inoportuna, pero no me moví.
No pude.
Sus dedos se deslizaron por el cuello de mi camiseta, tan ligeros como una pluma, pero sentí aquella caricia como si me estuviese estrangulando con esas mismas manos.
Contuve el aliento. Estaba tan cerca de mí que podía sentir el calor que brotaba de su piel, el peso de su mirada sobre mis labios.
Mi cuerpo reaccionó antes de que mi cerebro fuese consciente de lo que estaba ocurriendo, inclinándose hacia ella, como si fuésemos los dos polos opuestos de un imán.
El tenue sonido de unos pasos resonando en la distancia rompió el momento como si estuviese hecho de cristal.
Me aparté de Evie de golpe, como si por fin, después de haber estado ahogándome, hubiese podido salir a la superficie a tomar aire.
Ella soltó una risita suave, plenamente consciente de lo que acababa de hacer.
Como si pudiese ver lo cerca que estaba de perder por completo el control.
Me temblaban las manos de las ganas que tenía de enroscarlas alrededor de su cuello, de ponerla de rodillas y ver cómo sucumbía ante mí. Si quisiera, podría acabar con ella. Podría hacerla gemir, conseguir que suplicase clemencia bajo mis manos.
Aunque ella no me desease de esa forma, sabía que, si la tocaba como me moría por hacerlo, no podría resistirse.
Aquella idea me resultaba cada vez más tentadora, y estaba a punto de ceder a mis más oscuros deseos cuando Asher apareció en el umbral.
—¿Habéis encontrado algo? —preguntó.
—No, nada que pudiese serme útil —protestó, como si no hubiese estado hacía tan solo un segundo provocándome.
Como si no acabase de demostrar que podría conseguir más fotos comprometedoras mías con las que chantajearme si quisiese.
Mis labios se curvaron en una mueca de desprecio... No debería sucumbir tan fácilmente a los encantos de una mujer.
—Si me das alguna pista de lo que estás buscando, a lo mejor puedo contarte lo que sé —comentó Asher, con ese tono amable y tranquilo que siempre usaba solo con ella.
Evie me lanzó una mirada de reojo antes de girarse de nuevo hacia él.
—Veritas.
Asher enarcó una ceja, claramente sorprendido de que eso fuese lo que Evie estuviese buscando.
—¿Qué es lo que sabes? —preguntó.
—Tan solo el nombre.
Él asintió con la cabeza y se acercó a uno de los armarios que ya nos habíamos encargado de revisar a fondo.
—Dudo que haya nada sobre Veritas aquí dentro —comentó mientras rebuscaba entre los distintos documentos—.
Era una empresa de contabilidad que operó desde ese edificio durante muchos años, antes de que los condenasen por cientos de casos de fraude fiscal.
Después de eso, la empresa estuvo cerrada durante unos cuantos años, hasta que el propietario la reabrió bajo un nuevo nombre.
Cómo logró librarse de todos los cargos que le imputaron es algo que todavía no consigo explicarme, pero supongo que fue gracias a algún soborno o pago sustancioso a alguien influyente.
Uno de los hombres que lo fundó dirige ahora una nueva empresa de contabilidad llamada Pierce.
Es más bien pequeña, pero cuenta con una cartera bastante extensa de clientes de dudosa reputación.
Así que supongo que seguirán haciendo de las suyas, pero con otra gente.
Evie ladeó la cabeza, asimilando toda esa nueva información, mientras Asher se volvía hacia nosotros.
—Como os acabo de decir, aquí no encontraréis nada útil sobre ellos —siguió diciendo—.
Lo más probable es que los federales se llevasen todo lo que pudiese servir para algo hace años, para usarlo como prueba en el juicio contra ellos.
Sinceramente, me sorprende que hayáis encontrado algo útil en ese sitio. ¿Con eso te vale?
—De hecho, me acabas de ahorrar un montón de horas de investigación, y creo que podría ser una buena pista.
Así que gracias, Asher. —Se acercó a él y le dio un fuerte abrazo, antes de coger su mochila y colgársela al hombro—.
Venga, Ace. Vámonos para que pueda ponerme a investigar y averiguar cómo puede estar esa empresa relacionada con mis padres.
Me dio un vuelco al corazón, ahí estaba de nuevo ese maldito apodo, pero esta vez no había rencor en su tono.
Evie nos dio la espalda, recogió sus cosas y se puso la chaqueta.
—¿Ace?
—No es de tu puta incumbencia —salté. Porque no pensaba darle a nadie más la oportunidad de llamarme así.
—Me parece justo. Pero Evie sí que me incumbe lo suficiente como para asegurarme de que siempre haya alguien con ella, en todo momento, porque lo hay, ¿verdad? Se está metiendo en algo bastante peligroso.
—Eso tampoco es de tu incumbencia. Ya me encargo yo.
Evie salió del trastero y se encaminó hacia la puerta por la que habíamos entrado. Asher se quedó mirándola mientras se alejaba por el pasillo, y el destello de satisfacción que iluminó su mirada solo consiguió cabrearme aún más.
—Ni se te ocurra pensarlo —dije—. Ya sabes que está prohibida.
Él sonrió y dejó al descubierto sus dientes bajo la tenue luz.
—Lo sé, ¿y tú? ¿O se te ha olvidado?
—Pues claro que no.
—¿Estás seguro? Puede que esto te sorprenda —comentó Asher—, pero algunos no seguimos suspirando por la misma mujer años después de que nos haya rechazado.
—Yo no suspiro por ninguna mujer.
—Puede que a Rook se la cueles, pero a mí no me engañas.
—¿Y qué? ¿Estás cabreado porque la quieres solo para ti?
—En absoluto. No tengo nada de lo que preocuparme. Te diría que gane el mejor, pero creo que eso no podría aplicarse a ninguno de nosotros, así que digamos que gane el más despiadado.