Ace & Ember (Los Mavericks 2) Nueve
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Nueve

Sombra

No es que haber venido hasta aquí hubiese sido una mala idea, al menos, no necesariamente, pero no le veía el sentido.

Claro que las órdenes eran las órdenes, y no podía discutir las mías.

Si mi jefe había creído que había algún motivo de peso para mandarme aquí, lo encontraría...

, o me enfrentaría a las consecuencias de mi fracaso.

Seguro que tenía alguna razón para haberme enviado aquí esta noche. Algo que él había visto y yo todavía no. A lo mejor algún día lo descubriría, o quizá todas las piezas del rompecabezas acabasen encajando por su cuenta y yo nunca lo descubriese.

Pero eso tampoco importaba.

Bajé la mirada hacia la pantalla de mi teléfono, y su brillante luz me hizo entrecerrar los ojos.

Llevaba días escondiéndome entre las sombras.

Llevaba tanto tiempo sin ver el sol, pasando de un coche con las luces apagadas al interior de un edificio o un callejón oscuro, que la luz me quemaba las córneas.

La chica, Evie, y el chico que siempre la acompañaba a todas partes, Aiden, estaban hablando con el hombre que se les había acercado subido a otra moto.

Todavía no había averiguado qué habían venido a hacer aquí.

Sabía lo que había sido este edificio hace muchos años y era plenamente consciente de que, en cuanto se lo contase, mi jefe querría saber por qué estaban ellos aquí.

Me acerqué un poco más, sigilosamente, con cuidado de no hacer ni un ruido, mientras la gravilla suelta crujía con suavidad bajo mi peso.

El zumbido cercano procedente de los edificios y del tráfico bastó para ocultar el ruido, lo suficiente como para permitirme acercarme a ellos sin ser detectado, pero seguí sin poder distinguir con claridad el rostro del recién llegado.

Me habían repetido una y otra vez lo que se suponía que tenía que hacer y a qué debía prestarle atención en cada caso, pero a todos parecía habérseles olvidado mencionar que iba a tener que memorizar y aprender a identificar diez motos diferentes y a sus distintos motoristas.

A veces eran demasiados y, mientras el recién llegado se acercaba a ellos en su moto, supe que ni aunque me los hubiese aprendido todos habría sido capaz de reconocerlo.

Sabía perfectamente quiénes eran todos ellos, por supuesto, pero por la noche y a oscuras no supe identificar quién estaba subido a esa moto en concreto.

A medida que me acercaba sigilosamente, tuve una corazonada.

La voz del recién llegado sonaba amortiguada, pero pude captar algunos fragmentos de la conversación, los suficientes como para saber que estaban hablando de algo interesante sobre el edificio.

Pegué la espalda a la pared de ladrillo y traté de aguzar el oído para intentar escuchar cualquier información que pudiese serme de utilidad.

Evie señaló al recién llegado, con el rostro medio iluminado bajo las tenues luces de posición azules de la moto que tenía justo al lado.

La moto de Aiden.

Parecía alterada, puede que incluso enfadada, mientras que Aiden permanecía impasible a su lado, observando con sus agudos ojos azules al otro hombre y, si las miradas matasen, a esas alturas el recién llegado ya estaría muerto.

Aiden era muy protector con ella, un detalle en el que me había fijado en los días que llevaba observándolos.

Siempre se colocaba ligeramente delante de Evie, como si pretendiese desafiar a cualquiera que se atreviese a acercarse demasiado a ella.

El recién llegado se revolvió en su sitio, recostándose contra su moto, con aspecto despreocupado, aunque por la postura de sus hombros se notaba que en realidad estaba algo tenso. Aun así, no pude distinguir de quién se trataba.

No parecía que hubiese venido hasta aquí solo para tener una pequeña charla amistosa.

Lo observé de arriba abajo, tratando de adivinar por su figura de cuál de todos podía tratarse, pero, al estar dándome la espalda, era imposible saberlo.

Apreté los puños, frustrado por lo poco que había logrado descubrir.

Ya no se trataba solo de quedarme observándolos.

Necesitaba averiguar por qué estaban aquí, en este lugar.

Y, si no lograba hacerlo, habría consecuencias.

De repente, Evie alzó la voz, hablando un poco más alto que antes, y la vi retroceder un paso.

La tensión que impregnaba el ambiente podría haberse cortado con un cuchillo de mantequilla, y me fijé en que Aiden dejaba caer lentamente una mano al costado, rozándose la chaqueta con los dedos, en un gesto que me hizo contener el aliento.

Se me aceleró el corazón. ¿Iba armado? ¿Sabía que estaba aquí, observándolos?

Pude oír los latidos acelerados de mi corazón retumbándome en los oídos, y el instinto me gritaba que me alejase de allí, pero tenía que averiguar algo más.

Hubiese armas involucradas o no, me descubriesen o no, tenía que arriesgarme para descubrir qué estaba ocurriendo.

Pero sabía que Aiden no dudaría en matarme si me acercaba demasiado a Evie.

Siempre se ponía muy violento con cualquiera que se acercase a ella, y lo entendía, al fin y al cabo, solo estaba siguiendo órdenes.

Casi hasta lo admiraba por su dedicación.

Entonces, Aiden se volvió hacia mí, como si hubiese percibido algo de movimiento justo a mi derecha.

Se quedó quieto y yo, casi por instinto, retrocedí un paso, sumiéndome entre las sombras y conteniendo el aliento.

El pulso me retumbaba en los oídos, pero me quedé totalmente inmóvil, sin apenas respirar.

Pasaron unos cuantos segundos más, y entonces Aiden volvió a girarse hacia el otro hombre, aparentemente tranquilo, mientras una rata correteaba junto al edificio. Suspiré lentamente, aliviado.

El terror me retorció las entrañas al darme cuenta de que aún no había logrado descubrir nada. Si le contaba a mi jefe que los había visto venir hasta aquí, pero que no tenía ni idea de para qué, tal vez sería lo último que dijese.

Y me temía que estaba empezando a obsesionarme.

Busqué mi teléfono y les saqué una foto rápida y borrosa antes de darme media vuelta. Mi noche no terminaría ahí. Iba a continuar siguiéndolos, y tal vez también al recién llegado, para descubrir quién era.

En cualquier caso, por mucho que quisiese desaparecer en la noche, sabía que acabaría siguiéndolos allá donde fuesen, acechando cada uno de sus movimientos, escondido entre las sombras, hasta que encontrase las respuestas que me habían mandado a buscar, sin importar cuánto tuviese que indagar o lo mucho que tuviese que acercarme a ellos.

Encontraría las respuestas que mi jefe buscaba.