Ace & Ember (Los Mavericks 2) Ocho #2
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Ocho #2

En la tarjeta estaba impreso el nombre de una empresa que me sonaba vagamente, un nombre que había visto garabateado más de una vez entre las viejas notas que encontramos en el despacho de mi padre. Se la tendí a Aiden, que la sostuvo bajo la luz de la linterna para poder observarla mejor.

Después me la devolvió y me la guardé en el bolsillo.

—¿Qué pasa con esto? ¿Y con tus padres? ¿Qué estás investigando sobre ellos?

—Nada que te incumba.

—Sí que me incumbe, porque me has hecho acompañarte hasta aquí esta noche. ¿Este lugar tiene algo que ver con ellos?

—Puede —murmuré.

La cabeza me iba a mil por hora.

Aiden soltó algo parecido a un gruñido ronco, y aquel sonido me produjo un escalofrío que me recorrió la espalda hasta que sus siguientes palabras acabaron con esa sensación placentera.

—¿Rook sabe que estás investigando todo esto?

—No —resoplé—. Y tampoco debe enterarse. Él ha seguido adelante con su vida. Ya ha cerrado el capítulo que tenía que ver con nuestros padres, así que no hay motivo alguno para volver a sacarle el tema.

Aiden pareció pensarlo seriamente por un momento, antes de asentir con la cabeza.

—¿En serio estás pensando las cosas con cabeza antes de hacerlas por primera vez en tu vida?

Vaya , eso sí que es una sorpresa. ¿Cómo has descubierto que este lugar tenía algo que ver con ellos?

¿Ya habías estado aquí antes? —Su voz sonaba cortante, y su postura era de todo menos relajada.

Tenía los anchos hombros tensos bajo la camiseta negra, y apretaba la mandíbula como si se estuviese mordiendo la lengua para no añadir nada más.

Había alzado a su alrededor un muro que yo jamás lograría traspasar.

—No. Nunca nos hablaron de este sitio, pero este edificio aparecía mencionado en varias de las pruebas que encontré, en algunos viejos registros. Y quería saber por qué.

—¿Para qué necesitas saber por qué? Todos sabemos quién los mató, y ya nos ocupamos de darle su merecido. ¿Qué más quieres descubrir?

—Mis padres tenían una vida antes de conocer a Cameron. Eran personas buenas y trabajadoras y, aunque pasaban mucho tiempo fuera de casa, sé que nos querían, a Rook y a mí.

—En eso estamos de acuerdo. Pero no explica qué estamos haciendo aquí exactamente.

—Quiero saber quiénes eran, Aiden. Quiero saber qué fue lo que llevó a Cameron a ponerles precio a sus cabezas y a prenderle fuego a nuestro hogar con todos nosotros dentro. Y quiero saber cómo es posible que un par de personas buenas como mis padres estuviesen trabajando con alguien como él.

—Ya sabes por qué. Creyeron que sería un buen socio para su negocio y las cosas se torcieron.

Saqué el pequeño trozo de papel que llevaba siempre guardado bajo la funda de mi teléfono. El mismo que había encontrado escondido dentro de un pequeño bolso que había pertenecido a mi madre y que Rook me había regalado hacía poco. Aiden me lo arrebató de inmediato y lo examinó atentamente.

Dicen que de aquí nunca escapa nadie, pero nosotros jamás pedimos unirnos.

Aunque ahora tenemos que quedarnos. Por ella.

—Lo encontré entre las cosas de mi madre. Al principio intenté seguir como si nada, pero, cuanto más investigo sus vidas, más tengo la sensación de que hay algo que se me está pasando por alto. ¿Qué querían decir con eso de «por ella»? ¿Se referían a mí?

—Esto podría haberlo escrito tu padre. Y con el «por ella» a lo mejor se refería a tu madre.

—Estoy bastante segura de que esa es la letra de mi madre, pero podría ser. De todos modos, ¿no te parece que es algo importante que deberíamos averiguar?

—¿Has encontrado algo más? —inquirió, eludiendo mi pregunta y, por algún motivo, eso solo me hizo estar más segura de que estaba haciendo lo correcto.

Porque Aiden no me estaba regañando por haber estado investigando todo eso a escondidas; de hecho, estaba pidiéndome más información y, una vez que Aiden se involucraba en algo, no paraba hasta encontrar las respuestas que andaba buscando.

Esa era una de las cosas que teníamos en común, que ninguno de los dos se rendía cuando algo se nos metía entre ceja y ceja.

—No, la dirección de este edificio ha sido la primera pista fiable que he encontrado sobre lo que podían estar haciendo antes de morir.

Aiden avanzó un paso, acercándose tanto a mí que, si quisiese, podría inclinarme hacia él y pegarme a su pecho, pero no lo hice.

—Tú solo... no investigues nada que pueda meterte en líos, ¿entendido? Y si crees que estás a punto de hacerlo, me llamas, joder.

—No sé yo. No vaya a ser que lo cuentes como ese segundo favor que me debes para librarte del chantaje.

— Evie —dijo, pronunciando mi nombre con voz grave, haciendo que me diese un vuelco al corazón.

— Vale . Eso puedo hacerlo.

—Entonces, vamos. Todavía nos queda mucho edificio por registrar.

Nos adentramos por los pasillos largos y oscuros del bloque, con nuestros pasos resonando con fuerza. Las paredes estaban llenas de puertas a ambos lados, algunas entreabiertas y otras cerradas a cal y canto. Cada una me hacía temer que estuviese dejando atrás alguna pista importante.

Empujé una de las puertas y esta se abrió con un crujido.

En su interior, la estancia estaba totalmente desierta, a excepción de un escritorio cubierto por expedientes desperdigados y polvorientos.

Había demasiados documentos como para ponerme a revisarlos todos, pero cogí uno de los que tenía más cerca y lo ojeé en busca de algo que pudiera llamarme la atención.

Después fui pasando las páginas lentamente, revisando todas y cada una de ellas.

Y entonces, por fin, encontré un nombre que no reconocí: «Veritas».

—¿Qué es Veritas? —susurré, mostrándole el documento a Aiden—. ¿O quiénes son?

Él frunció el ceño, observando el papel con los ojos entrecerrados.

—Ni idea. Nunca había oído ese nombre.

—Entonces, será mejor que nos llevemos esto también.

Doblé el papel y me lo guardé en el bolsillo antes de pasar a registrar el siguiente despacho del pasillo.

Recorrimos todo el edificio de arriba abajo, y cada oficina en la que parábamos estaba más desolada que la anterior, llena de pequeños fragmentos de una historia mucho más grande que se encontraba fuera de nuestro alcance.

Quería poner el lugar patas arriba, registrar cada rincón y recoveco hasta encontrar respuestas, pero sabía que no sería tan sencillo.

Mientras regresábamos al vestíbulo, un leve sonido, como una especie de zumbido en la distancia, me llamó la atención.

Me quedé helada, y alcé una mano para pedirle a Aiden que se detuviese.

Él se quedó parado a mi espalda y pude notar el calor que surgía de su cuerpo caldeándome la piel.

Cuando me volví, él extendió una mano para sujetarme, con su rostro a tan solo unos centímetros del mío.

Por un momento me quedé allí, totalmente paralizada, disfrutando de su cercanía, hasta que le vi ladear la cabeza, prestando atención al ruido que se escuchaba en la distancia.

Los dos conocíamos de sobra el sonido del motor de una moto.

—¿Viene alguien? —le pregunté.

—Eso parece. Vamos. Tenemos que largarnos de aquí antes de que nos descubran.

Salimos del edificio sin decir nada, dejando que el aire fresco de la noche nos envolviera. Pero entonces el estruendo del motor de una moto nos hizo detenernos de nuevo.

—¿Le has contado a alguien que íbamos a venir aquí? —le pregunté, aunque no reconocí el sonido de la moto que se estaba acercando.

—No. Para empezar, porque no tenía ni puta idea de a dónde íbamos, así que tampoco habría podido contárselo a nadie.

Aquello casi me hizo desear haber aprovechado mejor esa noche a solas con él.

El rugido del motor sonó con fuerza en medio de la calle desierta y la moto vino directa hacia nosotros. Aiden se movió de inmediato, colocándose delante de mí para protegerme de quien quiera que se estuviese acercando.

Todo su cuerpo se puso en tensión, y pude sentir los latidos acelerados de su corazón, retumbando a través de su espalda. La moto se estaba acercando lentamente a nosotros, con los faros encendidos, proyectando largas sombras sobre la calle desierta.

—Quédate detrás de mí —me pidió en un murmullo apenas audible por encima del rugido del motor.

—¿Para que te maten a ti primero? Normalmente no me opondría a esa idea, pero...

Pude notar que exhalaba con fuerza, soltando todo el aire de golpe, pero no tenía ni idea de si estaba sonriendo o frunciendo el ceño.

Deslicé una mano por su espalda, apoyándola en el cuero de su chaqueta. Me asomé por detrás de su brazo. La persona que estaba subida en la moto y que se acercaba a nosotros alzó una mano enguantada, apuntándonos directamente con el dedo, y un escalofrío me recorrió la espalda.

Nos habían pillado.

Y no nos iban a dejar escapar.