Ocho
Evie
Mi reflejo me devolvió la mirada desde el espejo que había colgado en la pared de mi cuarto, con su marco dorado contrastando con fuerza con la pintura verde oscura.
Esta noche no pretendía ponerme especialmente guapa.
Tenía cosas importantes de las que ocuparme, pero tampoco iba a ir hecha un adefesio.
Normalmente, a la hora de vestir, solía inclinarme por prendas que tuvieran estilo y fueran impactantes.
Me gustaba que la gente se volviese a mirarme cuando entraba en una sala, pero esta noche necesitaba pasar desapercibida.
Por eso había elegido ponerme unos pantalones vaqueros, unas botas y una camiseta ancha, y había cogido también una sudadera negra con capucha, por si me daba frío.
Llevaba mi puñal, como siempre, enfundado en el muslo, sobre los vaqueros.
A lo mejor esta noche Aiden se daba cuenta por fin de que no siempre me comportaba como una psicópata exagerada.
Claro que íbamos a ir al centro de la ciudad para que pudiese colarme en un viejo edificio de oficinas y averiguar algo más sobre cómo era la vida de mis padres antes de que los asesinasen, para tratar de descubrir qué era exactamente lo que los había conducido a sufrir esas muertes tan violentas.
Eso no era precisamente lo que haría una chica guay y sin preocupaciones un viernes por la noche cualquiera.
Claro que mis noches de viernes solían consistir en encerrarme en mi cuarto a ver una comedia romántica tras otra, lo que tampoco encajaba precisamente con el prototipo de «tía guay», pero, en mi opinión, era mejor llorar por un desengaño amoroso y una pareja ficticios que arriesgarme a que me ocurriese a mí en la vida real, delante de un montón de gente de verdad.
Salí de mi habitación y me topé de frente con Aiden.
Se había puesto unos vaqueros sencillos y una camiseta negra. Un uniforme que no tenía nada fuera de lo común, pero la forma en que las mangas se le ceñían a los brazos, marcándole los músculos, debería haberse considerado un delito.
El caso es que Aiden era... enorme.
Todo él.
Alto, musculoso y con tanta presencia que podría dejar sin aliento a todo el mundo con solo entrar en un local, sin necesidad de decir absolutamente nada. En ese momento, al estar a solas con él en el pasillo, la sensación era incluso peor, como si allí no hubiese aire suficiente para los dos.
Me miró de arriba abajo, con el cabello rubio oscuro cayéndole húmedo sobre la frente, como si acabase de salir de la ducha.
Lo llevaba lo bastante largo como para que resultara evidente que necesitaba un corte de pelo urgentemente.
Se puso a juguetear con el piercing del labio, y ese pequeño gesto nervioso hizo que se me revolviera el estómago y temiera que estuviese a punto de echarse atrás.
No estaba segura de qué se suponía que haría yo si al final lo hacía, si suplicarle que viniese conmigo o marcharme sola.
En realidad no necesitaba que me acompañase, pero colarme en un edificio de oficinas oscuro, espeluznante y abandonado no era precisamente algo que me muriese de ganas por hacer sola.
—No es precisamente lo que sueles llevar los viernes por la noche. ¿Qué hay de tu vestidito corto y brillante, ese con el que podrías arruinarle la vida a cualquiera? ¿Qué otra cosa podría ser tan divertida como para que desperdiciaras la noche con ella? —preguntó.
—Vamos a ir a Valeport. Hay un edificio en el centro al que me gustaría echarle un vistazo.
—¿Para qué? ¿Algo nuestro?
—No todo gira en torno a ti. También tengo asuntos personales de los que ocuparme.
—¿Como qué? —quiso saber, siguiéndome por el pasillo—. ¿Acosar a otro exnovio?
—Algo así. ¿Estás listo?
Aiden asintió con la cabeza y se adelantó para salir primero, sujetándome la puerta del garaje como siempre hacía, y luego se encaminó hacia su moto.
Me colgué la mochila a la espalda, cogí mi casco y me subí detrás de él.
Aiden no dijo nada, aunque nunca lo hacía.
Después de haber montado juntos tantas veces, habíamos adoptado cierta rutina.
Le di un golpecito en el brazo cuando giramos hacia la carretera que nos llevaría a Valeport, saqué mi teléfono y lo sostuve en alto frente a su rostro, para que pudiese ver hacia dónde teníamos que ir.
Tal vez debería haberle enviado la dirección antes de salir de casa, pero no quería que me hiciese ninguna pregunta.
—Tenemos que girar a la izquierda —dije, señalando una carretera vieja y en mal estado.
—¿Me vas a decir a dónde se supone que vamos?
—No necesitas saberlo.
—Teniendo en cuenta que soy yo quien está conduciendo, yo creo que sí.
—Solo es un edificio antiguo, nada importante.
Cuando por fin llegamos, me costó mucho evitar que se me llenaran los ojos de lágrimas.
Mis padres habían estado aquí, en este mismo sitio, día tras día se habían adentrado por estas mismas calles.
Ojalá supiese por qué. Ojalá pudiese llamarlos por teléfono y preguntárselo directamente, o volver a casa con ellos y llamarlos a gritos.
Ojalá no tuviese que investigar todo esto, pero lo único que podía hacer era seguir indagando para encontrar las respuestas que necesitaba.
—¿Es aquí? —me preguntó Aiden.
—Aquí es —asentí y saqué mi portátil de la mochila mientras me encaminaba hacia la puerta lateral del edificio. Me fijé en que tenía un panel con un teclado numérico, con una pequeña lucecita azul encendida que dejaba bien claro que estaba en funcionamiento.
—¿Tienes el código o vamos a tener que entrar por la fuerza?
—Yo no voy a entrar por la fuerza a ninguna parte. Solo voy a sortear educadamente su sistema de seguridad para que me deje acceder.
—Evie —me advirtió, observándome mientras preparaba mi portátil para infiltrarme en el sistema.
—¿Qué? ¿De repente te has convertido en un ciudadano modelo? —le pregunté.
—No, pero me estoy empezando a preguntar cómo he dejado que me arrastres al centro de la ciudad en plena noche para colarte en un edificio del que no sé absolutamente nada por un motivo que también desconozco.
—Porque tengo una foto en la que sales prácticamente encima de mí que no quieres que nadie vea jamás.
—Revisé todas las redes que aparecían entre las conexiones disponibles para tratar de averiguar si había alguna oculta que estuviese directamente conectada al sistema de seguridad del edificio.
Seguí todos los pasos: amplifiqué la señal débil del wifi al que estaba conectada la alarma y esperé a que la pantalla de mi ordenador se llenase de datos cifrados.
Y después introduje mis comandos en el sistema para descifrar el código.
Conocía este tipo de firmware , y sabía cómo encontrar sus puntos débiles.
Contuve el aliento mientras mi ordenador procesaba las órdenes, dándome golpecitos con los dedos en la pierna.
—La ropa, el que no me hayas hecho casi ningún comentario para provocarme, lo nerviosa que estás... Tienes que contarme qué está pasando —soltó.
—¿Cómo sabes que estoy nerviosa?
—Porque estás apretando tanto los dientes que te tiembla la mandíbula y llevas toda la noche comprobándolo todo dos veces.
Has revisado que llevases en la mochila todo lo que ibas a poder necesitar varias veces antes de subirte a la moto, y también te he visto comprobando dos veces el código en la pantalla.
Siempre haces eso cuando estás nerviosa.
—Eso no es cierto. —Solo recuerdo haber revisado mi mochila una vez, no varias, pero sabía que tenía razón sobre lo que solía hacer siempre que estaba nerviosa.
—¿Puedes explicarme de una vez qué estamos haciendo aquí?
Observé que el programa cargaba una y otra vez, intentando desbloquear la interfaz del sistema de seguridad.
—Si te lo cuento, podrías usarlo en mi contra, y entonces ya no podría seguir chantajeándote.
—De todos modos no ibas a poder seguir chantajeándome mucho más tiempo. Dijiste que solo te debía dos favores. Y con este ya va uno.
—Pero nunca dije en qué consistiría el segundo.
—Da igual. Una vez hecho, se acabó.
Sonreí cuando el ordenador emitió un pequeño pitido, indicando que el programa había funcionado. Después presioné unos cuantos botones más y el teclado de la puerta se iluminó en verde, y el cerrojo se abrió con un chasquido.
—Claro, tú sigue diciéndote eso —comenté mientras me deslizaba en el interior del edificio.
El vestíbulo estaba totalmente a oscuras, y el aire estaba viciado, como si se hubiese quedado atrapado en el tiempo.
No había ninguna luz que iluminase la estancia, tan solo el ligero olor a polvo y a abandono.
Aiden se adentró en el edificio justo detrás de mí, colocándose a mi lado, y entonces el resplandor de la linterna de su teléfono iluminó la sala con su intensa luz.
—Da la impresión de que no ha pasado nadie por aquí desde hace años —murmuró mientras apartaba un montón de papeles de una patada.
—Eso parece, aunque tal vez podría jugar a nuestro favor —respondí, antes de pasar con cuidado por encima de una baldosa agrietada, mientras iluminaba la estancia con mi teléfono.
El haz de la linterna se posó sobre lo que parecían los restos de un antiguo mostrador de recepción, cuya superficie estaba cubierta de papeles descoloridos y tarjetas de visita desgastadas.
Me acerqué allí y revisé los documentos que había esparcidos encima con el pulso acelerado. La mayoría estaban demasiado gastados para leerlos, con la tinta corrida o los bordes chamuscados, como si alguien hubiese intentado quemarlos para deshacerse de ellos.
—¿Qué es lo que estás buscando exactamente? —preguntó Aiden, y su voz sonó muy cerca de mí.
—Cualquier cosa que pueda explicar qué venían a hacer mis padres aquí —respondí mientras revisaba los documentos y apartaba aquellos en los que apareciese el logo de cualquier empresa.
Entonces mis dedos rozaron algo sólido y, cuando tiré de ello, me encontré con una tarjeta de identificación plastificada. Contuve el aliento.