Siete #2
Una parte de mí se avergonzaba de tener que admitir que Aiden era mi mejor amigo.
Era el primer chico, aparte de Rook, que estaba segura de que se preocupaba por mí de verdad.
Puede que a veces me dejase llevar por la autocompasión, al pensar que nunca podríamos ser nada más que eso, pero en el fondo sabía que Aiden siempre se preocuparía por mí.
Al igual que también sabía que, de habérselo pedido, la otra noche en el bar se habría encargado personalmente de acabar con mi ex en un abrir y cerrar de ojos.
Si se lo hubiese pedido, jamás habría permitido que me sintiese avergonzada por lo que había ocurrido, sobre todo porque Rook le había pedido que se asegurase de mantenerme a salvo pasara lo que pasase.
Aiden había estado ahí siempre, a mi lado, en las buenas y en las malas, durante toda mi vida, y, aunque podía ser frío e inflexible, también era amable, gracioso y cariñoso.
Sabía que se preocupaba por mí, al menos hasta cierto punto. Pero yo quería que me viese no como a una hermana pequeña de la que estuviese obligado a cuidar, sino como a una mujer hecha y derecha, y una parte de mí no podía evitar preguntarse si ya sería demasiado tarde para eso.
¿Era posible cambiar la percepción que alguien ya se había formado sobre ti?
Aiden se acercó a mí, preparándose para subirse a la moto, lo que hizo que la linterna de su teléfono le acabase iluminando la cara, marcándole aún más cada uno de sus rasgos afilados.
No sabía qué clase de tortura era aquello exactamente.
Tenía que pasarme casi todos los días de mi vida con uno de los hombres más atractivos que había conocido, y él ni siquiera dedicaba un segundo de su tiempo a pensar en mí de la forma en que yo deseaba que pensase; para él no era más que la molesta y psicópata hermanita de su mejor amigo, a la que tenía que cuidar y proteger.
Se subió a la moto con soltura, y yo no dudé en imitarlo un segundo después, aferrándome a su cuerpo, para después acomodarme en el asiento a su espalda.
Le rodeé la cintura con delicadeza, agarrándome a él para no caerme.
Nada de eso era nuevo para mí. Habíamos hecho eso mismo en miles de ocasiones, en miles de lugares y circunstancias diferentes, pero ahora sabía lo que se sentía al tener sus labios sobre los míos.
Lo exigente y desesperado que se podía volver con un simple beso, y me moría de ganas por descubrir si también sería así durante el sexo.
Si sería exigente y rápido para hacerme llegar al clímax cuanto antes, o si sería de esos a los que les gusta llevarte al borde del precipicio una y otra vez para alargar deliciosamente el orgasmo.
Si sería de esos por los que acabaría en el suelo de rodillas, hecha un desastre, suplicando que me dejase correrme de una vez.
No pude evitar apretar los muslos al imaginármelo, con el calor acumulándose en mi centro. Quería descubrir ese lado de Aiden. Y ardía de rabia al saber que otra chica tendría la oportunidad de hacerlo, pero yo no. Eso me cabreaba mucho más de lo que habría creído posible.
Me aferré a él con más fuerza, como si pretendiese reclamarlo. Quería ser lo único en lo que pudiese pensar, día y noche.
Quería convertirme en su obsesión, pero él tan solo me veía como un encargo del que tenía que ocuparse, un trabajo que debía cumplir.
Nos adentramos por el camino de acceso de la mansión Fletcher menos de diez minutos más tarde. La moto avanzó lentamente por el sendero asfaltado. Aiden abrió la puerta del garaje con un mando y apagó el motor en su plaza de aparcamiento.
—Mañana necesito que me ayudes con algo —solté mientras me quitaba el casco.
—No puedo. Tengo todo el día ocupado.
—Genial. Porque no necesito que me eches una mano durante el día. Necesito que me lleves al centro de Valeport por la noche.
Aiden soltó un pequeño gruñido mientras se quitaba la chaqueta.
—No soy tu puñetero taxista, Evie. Y, desde luego, no pienso hacerte de chófer personal para llevarte a todas las citas que tengas. Pide un taxi o pilla una de las motos.
—No es ninguna cita, y no es un sitio al que me gustaría ir sola, la verdad —repliqué, llevándome las manos a la cintura.
Aiden cerró la puerta del garaje de un portazo y se encaminó hacia el interior de la mansión.
—¿Y eso es asunto mío porque...? —me preguntó, frunciendo los labios.
Yo lo seguí de inmediato, abriéndonos paso a través de los serpenteantes pasillos de la enorme casa hasta nuestras respectivas habitaciones, que se encontraban la una al lado de la otra.
—¿Porque siempre haces todo lo que mi hermano te pide, Ace?
¿O te refieres a algo más? —le pregunté, pronunciando aquel apodo como si fuese un insulto.
Y aquello funcionó a la perfección, porque entonces Aiden suspiró con pesar y echó la cabeza hacia atrás, clavando la mirada en el techo—.
Porque necesito tu ayuda y llevas un «le debo una muy gorda a Evie» tatuado en la frente de por vida.
—¿De por vida? Creía que iba a ser cosa de una sola vez. Yo te ayudo con lo que quieras, y tú me dejas en paz con... todo eso. —Intentó sonar indiferente, pero me fijé en la forma en que apretó la mandíbula.
Me recosté contra la puerta de mi cuarto, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Lo he pensado y creo que lo que tengo contra ti se merece que me hagas más de un favor. A ver, las fotos son bastante buenas, admitámoslo. Creo que en una sales incluso agarrándome una teta. Solo por eso me debes al menos un par de favores.
—¿Sabes que el apodo de «Psycho» te va como anillo al dedo?
—preguntó. Su tono de voz me hizo pegarme aún más a la puerta.
Aiden no me daba miedo, pero sí que lo consideraba uno de mis mejores contrincantes.
Sabía que era capaz de desbaratar cada uno de mis planes mucho más rápido que la mayoría, claro que esta vez le había dejado completamente sin opciones.
—Lo sé. Y también sé que mañana vas a ayudarme porque el buenazo de Ace jamás se arriesgaría a que esas fotos pudiesen llegar a manos de mi hermano.
Me fijé en que le temblaba la mandíbula por la fuerza con la que la estaba apretando, y en que miraba hacia el final del pasillo para asegurarse de que estuviésemos solos.
Casi podía ver reflejado en su mirada lo atormentado que estaba por tenerlo entre la espada y la pared, y eso me encantaba.
No era que disfrutase de verlo así de angustiado, pero cuando era yo quien lo hacía sufrir, cada segundo de delicioso tormento me fascinaba.
—¿A qué hora? —me preguntó, apretando los dientes.
—Hagámoslo después de las ocho. Tengo un par de cosas de las que ocuparme antes y preferiría ir cuando no pueda haber nadie pululando por ahí.
—Muy bien. Dos favores, Evie. Te haré dos putos favores, y después se acabó.
—Muy bien, y, hasta que hayamos terminado, te sugiero que te portes bien, porque ya sabes que yo no cumpliré con mi parte del trato si tú no cumples con la tuya.
Aiden sacudió la cabeza y desapareció en el interior de su habitación, murmurando algo ininteligible. Entonces me di la vuelta y me encerré en mi cuarto. Tardé menos de cinco segundos en soltar un profundo suspiro y dejarme caer contra la puerta, mientras el peso del día se me venía encima.
En realidad, todo esto del chantaje lo estaba haciendo por un único motivo, y no sabía cuánto tardaría en tener que enfrentarme a la realidad de que eso sería lo único que jamás conseguiría.