Siete
Evie
Me recosté en la silla de mi despacho, obligándome a no levantar la vista hacia Aiden. Me había tenido que quedar en el taller otra vez trabajando hasta tarde y, de nuevo, él se había visto obligado a quedarse conmigo.
Aunque normalmente me molestaba, esta noche agradecí que se hubiese quedado a acompañarme un poco más de lo habitual. No es que pasase nada malo, pero últimamente mi imaginación parecía estar desbocada: veía sombras que se movían, gente escondida en la oscuridad u oculta a la vuelta de la esquina.
Al menos con Aiden allí me sentía un poco más segura.
Podía sentir sus ojos siguiendo cada uno de mis movimientos, haciendo que me ardiese la piel bajo su mirada, como una especie de peso familiar que no lograba ignorar por más que lo intentase.
Cada vez que lo descubría mirándome sentía lo mismo: una corriente eléctrica que me recorría de arriba abajo y me impedía concentrarme en nada que no fuese él.
No necesitaba levantar la vista para saber que sus ojos azules estaban clavados en mí, probablemente observándome con irritación, pero con la misma intensidad de siempre.
En vez de prestarle la atención que andaba buscando, seguí revisando los documentos que tenía abiertos en el ordenador.
Lo más probable era que esos tampoco me llevasen a ninguna parte, al igual que los otros que me había pasado innumerables horas revisando.
No estaba segura de si ese rastro me llevaría a algún lado, pero aun así pensaba seguirlo hasta el final.
Me había pasado muchos años buscando alguna pista sobre las vidas de mis padres solo para después darme de bruces contra un muro siempre que creía haber descubierto algo mínimamente relevante.
Pero, con cada nueva pista que encontraba, no podía evitar que la esperanza echase raíces en mi pecho.
Habíamos descubierto mucha más información sobre su muerte después de acabar con Cameron, cuando tuvimos acceso a su ordenador y, por lo tanto, también a sus archivos, pero por qué mis padres habían decidido trabajar con él en primer lugar seguía siendo un misterio.
Me había pasado demasiadas noches en vela aquí metida, en mi despacho, o en mi cuarto, sentada frente al ordenador, decidida a averiguar algo más sobre sus vidas, y negándome a hablarle de mi investigación a nadie, ocultándoselo a Rook, a Aiden y al resto del grupo.
Ellos no tenían ni idea de lo que estaba haciendo y yo tampoco quería que lo supiesen.
Me pasé otros diez minutos revisando página tras página de un documento que no me sirvió para absolutamente nada, pero entonces lo vi. Fue como si esas dos palabras se iluminasen de repente en mi pantalla, y no pude evitar contener el aliento.
El nombre de mi padre.
«Michael Emberson».
Había pirateado y descargado los registros de acceso de hacía quince años de un edificio del centro de la ciudad, después de encontrar el recibo de un taxi perdido entre los correos electrónicos de mi padre.
A esas alturas, ya había revisado al milímetro los registros de otros cuatro edificios de la misma zona, por lo que no esperaba que ese fuese a ser distinto a los demás.
En ese momento, tenía ante mí los registros de acceso de un rascacielos de Valeport. Y allí, un día tras otro, aparecía su nombre.
Aquello tenía que ser una pista, eso estaba claro, pero no sabía qué se suponía que debía hacer ahora.
Era evidente que mi padre había ido a ese mismo edificio un día sí y al otro también, durante casi dos semanas, y después su nombre desaparecía por completo de los registros. Puede que aquello no significase nada.
O quizá lo era todo.
Busqué quiénes tenían alquiladas las oficinas de ese edificio durante aquella época, pero no había nadie que tuviese que ver con su campo de trabajo: ni artistas, ni agentes, ni contables.
Por lo que no tenía sentido que mi padre se hubiese estado desplazando hasta Valeport casi todos los días para ver a ninguna de esas personas.
Y, sin embargo, ahí estaba su nombre, en todos los registros. Cada vez que había pasado su tarjeta de acceso al entrar y salir del edificio había quedado registrada, y por eso ahora podía saber cuándo había puesto un pie dentro de ese rascacielos y cuánto tiempo había estado allí.
Encontré todos los negocios que habían tenido oficinas en ese edificio por aquella época, pero ninguno se salía fuera de lo común, ni lo dirigía alguien que pudiese tener alguna clase de negocio en la sombra.
Y, por mucho que lo investigué, no encontré nada sospechoso.
Así que lo único que me quedaba era ir hasta allí yo misma y tratar de encontrar respuestas.
Alcé la vista y me encontré a Aiden con la mirada clavada en la pantalla de su teléfono, lo que me hizo sentir un poco menos culpable por haberme pasado tanto tiempo aquí sentada. Cogí mi móvil para enviarme los registros y así poder seguir revisándolos luego.
—Mierda —murmuré, al ver la pantalla en negro. Me había vuelto a olvidar de ponerlo a cargar.
—¿Eso significa que ya has terminado? —La voz de Aiden se coló en el interior de mi pequeño despacho, y su tono aburrido me hizo apretar los dientes con fuerza.
—¿Es que tienes a alguna tía buena esperándote esta noche? —Intenté que los celos que me estaban matando no se notasen en mi tono de voz, aunque sin éxito.
—Sí, así que date prisa. Ya me has arruinado una cita esta semana. Será mejor que no sean dos.
—Hagamos que sean cinco y entonces estaremos en paz por haber hecho que mi novio rompiera conmigo.
—Te comportas como si le hubiese amenazado a punta de pistola para que te dejase. Lo que pasó fue que se puso celoso porque siempre ibas por ahí con un tío que amenazaba su hombría y no pudo seguir soportándolo más.
—Lo que pasó fue que se enfadó porque nunca respetas los límites de nuestra relación —respondí.
Aiden se echó hacia delante sobre el sofá, observándome a través de la ventana con sus ojos azules entrecerrados.
De alguna forma, los músculos de sus brazos siempre parecían crecer en tamaño cuando se apoyaba sobre ellos, adoptando esa postura despreocupada aunque depredadora, como si estuviese a punto de abalanzarse sobre su presa en cualquier momento.
—¿En serio quieres que hablemos de respetar los límites? Muy bien, ¿qué hay de tu maldito chantaje? ¿Es que eso no cuenta?
Todo mi cuerpo se puso en tensión, a la vez que me mandaba los registros por correo con un simple clic.
—¿Y qué hay de que me metieses la lengua hasta la campanilla? ¿Es que eso no cuenta?
Cerró la boca de golpe, antes de echarse hacia atrás, recostándose en el sofá mientras negaba con la cabeza. Su expresión se volvió gélida, como la de un soldado volviendo a su puesto, sin permitir que sus emociones se reflejasen en su rostro.
A lo mejor no estaba bien que lo estuviese chantajeando, pero tampoco estaba bien que él se comportase como si yo no fuese más que la hermanita pequeña de Rook. Como si jamás fuese a poder verme de otra forma, ni él ni nadie.
Su distante frialdad logró despertar mi ira, haciendo que me hirviera la sangre. ¿En serio ese beso no había significado nada para él?
Todo lo que había hecho había sido con la esperanza de poder abrirle los ojos, de que se diese cuenta por fin de lo mucho que me deseaba, pero, en cambio, lo único que había conseguido era alejarlo más de mí, afianzar el muro que nos separaba.
Antes de que pudiese responderle con alguna réplica cortante, se fue la luz en todo el taller, sumiéndonos en la más densa oscuridad.
—Joder —soltó—. ¿Qué has hecho ahora?
—¿En serio me estás culpando de que se haya ido la luz? —le pregunté, sin molestarme en contener una carcajada divertida.
—Siempre estás hackeando toda clase de cosas. ¿Quién sabe si no te has metido también en el sistema de alumbrado del taller y lo has apagado?
—Me dedico a hackear bases de datos, redes y sitios web, no nuestras cajas de fusibles.
—Contigo, cualquiera sabe. Supongo que ahora sí que habrás acabado. Así que nos vamos.
Eché un vistazo alrededor del taller a oscuras, haciendo todo lo posible por apartar de mi mente los escenarios dignos de pesadilla que no dejaba de imaginar.
—Sería mucho más fácil si pudiese ver por dónde voy para no caerme de culo —solté, mientras arrastraba los pies por el suelo, dando patadas a mi alrededor para tratar de localizar la pila de piezas de moto que sabía que había en alguna parte junto a la entrada de mi despacho.
Aiden suspiró con fuerza, revolviéndose en su sitio, mientras volvía a sacar el móvil y encendía la linterna, iluminando mi despacho lo suficiente como para que pudiese salir sin tropezarme.
—Te has vuelto a olvidar de cargar el móvil. —No era una pregunta, sino más bien una afirmación.
—Qué observador.
Cerré la puerta de mi despacho a mi espalda, antes de encaminarme hacia él y su moto.
La puerta del garaje del taller estaba abierta, dejando entrar la fresca brisa nocturna, y pude ver que el resto de la ciudad también estaba a oscuras, por lo que era evidente que no éramos los únicos a los que se nos había ido la luz.
—Qué mal rollo —comenté, mientras me recolocaba el asa del bolso al hombro para que no se me cayese en el trayecto de vuelta a casa.
La tensión que había despertado el tema del chantaje parecía haberse apoderado de nosotros, pero nos resultaba demasiado sencillo caer de nuevo en nuestros patrones habituales.
Habíamos pasado muchas noches y muchos días trabajando aquí, juntos; mucho tiempo subidos a la misma moto, ya fuese por diversión o por trabajo.
Siempre iba por ahí diciendo que me molestaba que Aiden me llevase y me siguiese a todas partes, que fuese mi maldita sombra, pero en realidad no me importaba en absoluto.
Lo único que me dolía era que no pudiese ofrecerme nada más que eso.