Ace & Ember (Los Mavericks 2) Cinco
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Cinco

Aiden

Me agaché para observar el charco de sangre que había comenzado a acumularse en el suelo.

Otra noche de trabajo equivalía a otra noche de tortura.

La tortura no formaba exactamente parte de nuestro plan de negocio, pero cuando te toca enfrentarte al tipo de idiotas que creen que pueden salirse con la suya estafando a los peores criminales de la ciudad, de alguna forma siempre acabas teniendo que recurrir a ella tarde o temprano.

Hero estaba demasiado ocupado cortándole otro dedo a aquel hombre como para fijarse en lo mucho que me estaba empezando a hartar.

El chantaje de Evie estaba atormentándome, un recuerdo constante de que había metido la pata hasta el fondo por primera vez y de que no podía dejar que volviese a ocurrir.

El tipo aulló de dolor cuando Hero le cercenó otro dedo.

—Dimitri está muy enfadado contigo porque le has robado algo muy preciado —comentó Hero—. Así que dinos dónde has escondido los coches y acabaremos con esto de una vez.

Agradecí que Dimitri fuese uno de nuestros mejores clientes, aunque solo fuera porque siempre tenía más problemas que cualquier otra persona para la que hubiésemos trabajado hasta el momento.

Sinceramente, no acababa de comprender cómo su negocio se seguía manteniendo a flote cuando cada semana alguien le robaba algo o intentaba asesinarlo.

—¡Yo no robé los coches! —gritó el hombre.

—Te tenemos en vídeo llevándotelos. Pues claro que los robaste.

Hero se alejó del tipo y se quitó la sudadera, lanzándola después hacia el sillón que había a un lado.

Estaba empezando a disfrutar de aquello, y su cerebro iba mucho más rápido que sus dedos.

Sabía que lo siguiente que vendría sería que empezase a frustrarse consigo mismo.

Para él, la tortura era un arma de doble filo, quería obtener respuestas rápido y acabar con sus víctimas cuanto antes, pero también disfrutaba de tomarse su tiempo con ellas.

—Vale, creo que esta vez voy a empezar cortándole la lengua. Al fin y al cabo, no parece que la vayas a necesitar para nada —comentó Hero todo serio y con una sonrisa retorcida.

Solté un suspiro exasperado.

—Joder, si ahora te va a dar por ir por ahí cortándole la lengua a la gente, más te vale decírmelo ahora.

Él se encogió de hombros.

—Todavía no lo he decidido. Déjame cortarle a este la suya y te lo haré saber. Todavía sigo prefiriendo sacarles los ojos. ¿Se puede despellejar una lengua? Quiero decir, ¿tiene alguna especie de pielecilla exterior recubriendo el músculo o algo así?

Bajó la mirada hacia el rostro del hombre y lo obligó a abrir la boca con la hoja de su cuchillo, haciendo girar la punta sobre sus labios.

—¿Por qué coño no te haces cirujano, o forense al menos?

Hero se estremeció.

—Qué asco. Esas salas gélidas y estériles me dan escalofríos. Seguro que me acabaría sintiendo como si fuera yo el cadáver. Es un trabajo demasiado frío y nada agradable.

Enarqué las cejas.

—¿Eso es lo que te da escalofríos? ¿La limpieza y la temperatura?

—A ver, no es solo eso. Me gusta que mis operaciones tengan un aire acogedor. Además, jamás podría estarme quieto el tiempo suficiente como para sacarme un título.

—En eso tienes razón —respondí, y me giré hacia el tipo al que estábamos torturando—.

Muy bien, te lo preguntaré una última vez antes de dejarte a solas con él para que te corte la lengua.

Entre otras partes del cuerpo. Y, la verdad, de estar en tu posición, yo preferiría conservar la lengua que proteger a nadie.

En realidad era mentira, pero él no tenía por qué saberlo. El tipo se limitó a sonreír, burlón, antes de darse la vuelta a mirar a Hero y después a mí.

—Con lengua o sin ella, le contaré a mi jefe lo que habéis hecho, quiénes sois y dónde estáis. No me hace falta la lengua para enviarle un mensaje.

Fruncí el ceño, y una extraña oleada de ira comenzó a arder en mi interior, mientras me giraba a mirar a Hero, que parecía igual de confuso que yo.

—¿Es que... estás intentando que te matemos? —le pregunté—. ¿Por qué cojones nos has dicho eso?

—¿Quizá cree que no seremos capaces de matarlo? —comentó Hero, mirándome de reojo mientras se giraba hacia el hombre con el ceño fruncido.

—No, creo que sabe perfectamente que sí que seríamos capaces de hacerlo. ¿Eso es lo que pretendes conseguir? ¿Que te matemos?

—Que me matéis o no..., dará igual. Ya se ha puesto algo en marcha que jamás podréis detener. El que esté yo aquí ahora no es más que el pistoletazo de salida.

Hero ladeó la cabeza antes de coger un bisturí y ponerse a darle vueltas entre los dedos.

—¿El pistoletazo de salida de...?

—Del plan que acabará con vosotros, con todos vosotros, de una vez por todas.

—Esbozó una sonrisa frenética y desvió la mirada hacia el pequeño despacho de Evie, observando su cabello rubio a través de las ventanas que daban al taller—.

Incluyendo a la chica a la que mantenéis encerrada en esa jaula de cristal de allí.

—Joder... —Hero dejó el cuchillo y unos puños de acero a mi lado—. Puedo ir despidiéndome del resto de mi noche libre. Aunque sigo teniendo curiosidad por lo de la lengua. ¿Te importaría dejarla intacta para que la examine luego?

—Te aseguro que lo último que estoy pensando en hacerle ahora es cortarle la lengua —le dije a Hero, que desató las correas que mantenían atadas las muñecas del hombre antes de que yo lo agarrase del cuello de la camisa y lo arrastrase por todo el taller.

»¿En serio crees que puedes amenazarla a ella e irte de rositas? —le pregunté, pegándole la cara al cristal que nos separaba de Evie.

—Pues claro que sí. Vamos a por ella. A por todos y cada uno de vosotros.

A por todos vuestros amiguitos, incluida esa morena a la que Rook no deja de seguir a todas partes como un perrito faldero.

Y a por ella. —Se volvió hacia Evie—. La rubia que siempre está contigo, causando problemas.

¿Es que creíais que nadie os tenía vigilados?

No existían palabras para expresar la magnitud de la rabia que me bullía por dentro siempre que alguien intentaba hacerle daño a Evie, pero el hecho de que este tipo estuviese aquí, en nuestro taller, a tan solo unos metros de ella, amenazando a la única persona a la que estaría dispuesto a proteger, incluso aunque amenazasen con cortarme la puta lengua, bastó para hacerme perder la razón.

Ella era la única persona que podía irse de rositas después de arruinar cada maldito día de mi vida.

La chica que me había besado ayer y a quien todavía no había podido sacarme de la cabeza.

Le estampé la cara contra el plexiglás que nos separaba de Evie.

Ella dio un respingo en su asiento, apartó la mirada de la pantalla de su ordenador y se volvió hacia nosotros con los ojos como platos antes de esbozar una sonrisa perversa.

Pues claro, a mi pequeña psicópata no le asustaba verme dándole una paliza a un hombre que la había amenazado justo al otro lado de su ventana.

Si alguien quería demostrarle a Evie lo mucho que la quería, la mejor manera sería dándole una buena paliza a cualquiera de sus enemigos mientras ella observaba la escena con una buena copa en la mano.

Le golpeé una y otra vez, hasta que el tipo dejó de resistirse. Su cuerpo se desplomó en el suelo, y entonces Hero se acercó a él tranquilamente.

—Bueno, creo que aún no está muerto —comentó, mientras inspeccionaba el cuerpo como examinaría una moto averiada—. Pero al menos no se resistirá cuando lo mate. Aunque a lo mejor se despierta cuando le corte la lengua, te aviso por si lo oyes gritar.

Rook entró entonces en el taller y deslizó la mirada del cuerpo del hombre al charco de sangre que había dejado por el suelo de cemento al arrastrarlo hasta allí, y después la subió hacia la ventana del despacho de Evie.

—¿Os ha dado problemas, o esto formaba parte del plan? —preguntó mientras soltaba el cuerpo inconsciente del hombre y examinaba el cristal—. A ver, no habéis roto la ventana, así que supongo que eso es buena señal.

—Las dos cosas. El plan era matarlo, pero no hacerlo armando este desastre.

—¿Y a qué ha venido ese cambio de opinión?

—A que ha amenazado a Evie y a Regan.

Rook frunció el ceño y una expresión seria se apoderó de su rostro.

—¿Qué ha dicho exactamente?

—No nos ha querido dar todos los detalles, pero ha insinuado que nos tenían vigilados, a todos, pero sobre todo a las chicas.

Evie eligió ese momento para salir de su despacho.

—Gracias por el espectáculo. Estaba empezando a aburrirme como una ostra ahí dentro.

—¿Has descubierto algo sobre Anderson? —pregunté, sin molestarme en disimular el tono afilado que cobró mi voz cuando me fijé en que no llevaba nada debajo de la sudadera. O en la forma en que se humedeció los labios.

Los mismos labios que había besado hacía menos de veinticuatro horas. Cerré los dedos alrededor de los puños de acero con todas mis fuerzas, clavándomelos en las palmas de las manos.

Había sido un error. Un momento de debilidad que no podía volver a ocurrir.

Sabía perfectamente que Evie jamás podría ser mía, al menos, no como yo quería que lo fuese.

Porque tenerla significaría renunciar a esta vida. Rook jamás permitiría que me quedase si cruzaba esos límites con su hermana.

Evie no tenía ni idea de lo que sentía por ella y yo necesitaba que siguiese siendo así.

Llevaba cargando con ese secreto y reprimiendo esos sentimientos tanto tiempo que no debería resultarme tan difícil volver a enterrarlos en mi interior.

Por mucho que la desease, y por mucho que hubiese disfrutado de ese beso (que lo había hecho), no podía darle otro motivo para saber hasta qué punto me había afectado aquello.

—No —dijo, observándome con los ojos entrecerrados—. Ya te dije que necesitaba que me dieses más información para poder seguir adelante con la investigación.

—No tenemos más información —respondió Rook—. Pero necesitamos respuestas, y cuanto antes.

—Pues entonces siento deciros que esta vez no voy a ser yo quien os las dé. Haced bien vuestro trabajo y así yo también podré hacer el mío.