Cuatro #2
Con un suspiro exasperado, por fin se acercó a mí y se sentó en el borde de la cama, tan rígido y tenso como de costumbre, recorriendo mi habitación con la mirada para evitar mirarme a los ojos.
—Venga —bromeé, inclinándome hacia él—. Solo una foto. Si subo una foto contigo se va a poner como loco, no va a poder dejar de preguntarse qué está pasando exactamente entre nosotros, y se merece sufrir por lo que me ha hecho.
Aiden se tocó el piercing del labio y se puso a darle vueltas, sumido en sus pensamientos, mientras apretaba la mandíbula con tanta fuerza que no sabía cómo era posible que no le doliese la cabeza al final del día.
Alcé el móvil, colocándolo de nuevo frente a nosotros, con el corazón latiéndome a toda velocidad, aporreándome las costillas. Si se quedaba quieto aunque solo fuese para una foto, no pensaba dejar pasar mi oportunidad.
En cuanto se disparó el primer flash , me arreglé el pelo y mantuve una expresión impasible, a pesar de que podía sentir su ardiente mirada sobre mí, intensa e implacable.
Cada foto que sacaba hacía que se me acelerase el pulso, y no lograba decidirme sobre si quería que se acercase más o que siguiese manteniéndose justo fuera de mi alcance.
Entonces Aiden bajó una mano por mi costado, aferrándose a las sábanas de mi cama.
El calor que desprendía su cuerpo me erizó la piel, como si cada una de mis terminaciones nerviosas se despertase bajo su intensa mirada.
Una parte de mí estaba intentando fingir que no me había rozado porque quisiese, sino porque le estaba costando un mundo no hacerlo.
Me acerqué un poco más a él, rozándole la mejilla con los labios.
Una sacudida eléctrica, pura y distinta a cualquier otra que hubiese podido sentir antes en su presencia, me recorrió de arriba abajo.
Habíamos estado cerca el uno del otro en innumerables ocasiones, pero Aiden nunca me había dejado acercarme tanto a él.
—Joder —murmuré, pegándome un poco más a su cuerpo antes de sacar la siguiente foto. Me temblaron los dedos de los nervios. «Solo es Aiden», me recordé, como si aquello fuese a cambiar algo. Él nunca había sucumbido a mis encantos o a mis descaradas insinuaciones.
La cámara volvió a disparar, y yo me acerqué un poco más a él, hasta que nuestros cuerpos estuvieron totalmente pegados. Aiden tomó aire con brusquedad, y el sonido de aquella inhalación despertó algo en mi interior. Por un momento, pensé que iba a apartarme, pero se quedó totalmente inmóvil.
Su mirada bajó lentamente por mi cuello, antes de regresar hacia mis ojos a toda prisa, intensa e indescifrable. Con un brillo peligroso.
¿Me había pasado?
Desde luego, aquella no era exactamente la manera habitual de empezar una relación con alguien (porque nada tenía que ver con lo que les ocurría a los protagonistas de las películas románticas que tanto me gustaban), pero tal vez podría ser la nuestra.
—¿En serio necesitas hacer todo esto para ponerle celoso? —me preguntó, con voz ronca.
—Probablemente no, pero quiero hacer que se arrepienta de verdad por haberse portado como un capullo, y cuando vea estas fotos no va a poder evitar preguntarse si tenía razón y sí que había estado pasando algo entre nosotros dos desde el principio.
—Tú jamás le serías infiel.
—No, pero él parece creer que sí que sería capaz de caer tan bajo.
Así que ¿por qué no dejar que esa idea lo atormente durante un poco más?
Se acordará de todas esas noches que pasé trabajando hasta tarde en el taller, a solas contigo.
O en que siempre me llevas en tu moto a todas partes.
Te aseguro que esto hará que se lo cuestione todo.
—Te encanta arruinarle la vida a la gente. —Aiden se revolvió en su sitio y rehuyó mi mirada.
—Podrías al menos fingir que te gusto para la foto.
Volví a bajar los labios hacia su mejilla, rozándole la piel con suavidad, y una oleada de calor me recorrió la espalda al mismo tiempo que deslizaba una mano por su firme brazo. Se me aceleró el pulso, y el corazón comenzó a latirme con mucha más fuerza que antes, pero Aiden permaneció inmóvil.
La tensión entre nosotros era tan intensa que me hacía desear enroscarme a su alrededor solo para aliviarla un poco.
¿En serio él no sentía nada?
Entonces, por fin, su fachada comenzó a resquebrajarse.
Su mano se estremeció, como si se estuviese muriendo de ganas por alejarse de mí, pero no lo hizo.
En sus ojos pude ver reflejada la batalla que se estaba librando en su interior, intensa y plagada de contradicciones, y me pregunté si tendría algo que ver conmigo...
, o si simplemente el hecho de que alguien se le acercase tanto bastaba para hacerle perder el control de sí mismo.
Tal vez no fuese el deseo. Quizá tan solo se debiese al hecho de que no soportaba perder.
Entreabrió los labios y se mordió el labio inferior mientras su mirada se volvía mucho más intensa y sus ojos se oscurecían.
Soltó las sábanas que había estado sujetando hasta ese momento y deslizó la mano por la cama, hasta que sus dedos se encontraron con mi rodilla, y después siguió subiendo, envolviéndome el muslo con su calor.
Contuve el aliento, pero no me aparté de su contacto. Una mezcla de nervios y decisión me formó un nudo en el pecho, tan tenso que casi dolía, y el ambiente se cargó de tensión, hasta tal punto que ya no estaba segura de ser yo la única que estaba atrapada en aquel hechizo.
Así que me incliné un poco más hacia él, esta vez de forma deliberada, provocándolo, tentándolo, retándolo a que fuese él quien cediese primero.
Nuestras miradas se encontraron, con una intensidad que me dejó totalmente paralizada, y un escalofrío me bajó por la espalda, debido en parte al miedo y en parte al deseo.
Contuve la respiración un segundo, y podría haber jurado que por fin había llegado el momento que tanto había esperado.
Si me besaba, ¿significaría eso que él también me deseaba, o tan solo le estaría entregando en bandeja de plata la ventaja que yo había pretendido conseguir con ese plan?
Y entonces fue como si algo se rompiese en su interior.
Aiden se inclinó hacia mí, y fue como si la tensión de sus hombros desapareciese de repente.
Se volvió hacia mí, cerrando los últimos centímetros que nos separaban, y me subió las manos por los costados, sin delicadeza alguna, antes de enredarlas en mi pelo.
Se aferró a mi cabello con tanta fuerza que una oleada de dolor placentero me bajó por la columna, empujándome hacia él.
Sus labios se estamparon sobre los míos, y su lengua, feroz y exigente, se adentró en mi boca, hasta que la distancia entre nosotros se desvaneció.