Ace & Ember (Los Mavericks 2) Cuatro
8%

Cuatro

Evie

Nuestra mansión de ladrillo se encontraba en el centro de la enorme finca.

Del lado que había quedado reducido a cenizas, el que se había calcinado hacía ya meses, ahora no quedaba más que un trozo de césped y arbustos secos, un silencioso testigo del nuevo capítulo de nuestras vidas que ya habíamos empezado a escribir.

El mejor recordatorio de que Rook por fin había dejado atrás sus ansias de vengar la muerte de nuestros padres.

Yo nunca había tenido la misma sed de venganza que él. Lo único que quería eran respuestas. ¿Quiénes eran mis padres antes de que los asesinasen? ¿Qué hacían en su tiempo libre? Y, lo más importante, ¿por qué Cameron los había mandado asesinar?

Sabíamos que Cameron Fletcher, el padre de Regan, se había aprovechado del negocio de nuestros padres para introducir mercancías ilegales en el país.

También sabíamos que había acabado con todo lo que ellos habían construido con sangre, sudor y lágrimas.

Pero nunca llegamos a descubrir por qué, de entre todas las personas de la ciudad y de entre todos los negocios, los escogió a ellos.

Hasta donde yo podía recordar, mis padres siempre habían sido personas normales y corrientes, gente tranquila y amable.

Así que ¿qué era lo que les había hecho acabar en el punto de mira de alguien como Cameron Fletcher?

Incluso ahora, con Cameron muerto, todas esas preguntas me seguían atormentando, porque no me parecía justo olvidarme de ellas sin más; no cuando yo seguía con vida y mis padres no.

Solía soñar con ellos a menudo, aunque nada como la pesadilla de la otra noche.

Nunca soñaba con sus muertes. Por eso sabía que todo estaba empeorando.

La culpa por seguir viva cuando ellos ya no podrían volver a respirar me estaba reconcomiendo.

Que prácticamente los hubiésemos olvidado y eliminado de nuestras vidas me estaba matando.

La casa zumbaba llena de vida, como siempre, plagada del constante caos de voces y movimiento que conllevaba vivir siete personas bajo un mismo techo, además de Harper, la mejor amiga de Regan, que, aunque no vivía con nosotros, sí que estaba siempre aquí, así que a esas alturas era como una octava inquilina.

Cuando doblé la esquina, pude oír las voces familiares de Hero y Mason, que estaban enzarzados en su habitual discusión matutina en la cocina.

—Pruébalo. ¿Y si está que te cagas de bueno? —soltó Hero, mientras revolvía un extraño líquido oscuro en una olla.

Mason se recostó contra la encimera con un sándwich en la mano.

—¿Y si me mata?

—Te doy veinte pavos.

—¿Por arriesgarme a que me mate? Que sean treinta.

Los ojos vacíos de Hero se iluminaron, pero asintió con la cabeza.

Mason esbozó una sonrisa divertida, metió la cuchara en la olla y probó el líquido oscuro haciendo muecas.

Su grito resonó por toda la estancia, y Hero soltó un gruñido cuando yo pasé a su lado, riéndome para mis adentros.

A Hero se le daba bien la repostería (algo que tampoco me sorprendía, porque todo aquello en lo que tuviese que ser metódico y preciso se le daba de maravilla), pero eso de cocinar no era precisamente su fuerte.

En el salón, Zack y Kane estaban tirados en los sofás, cada uno con una cerveza en la mano, a pesar de lo temprano que era aún. La sonrisa de Zack se ensanchó en cuanto me vio.

—Evie —me llamó, con esa voz grave que siempre lograba sacarme una sonrisa—. Esta mañana estás tan peligrosamente preciosa como siempre.

—Lo de peligrosa era justo lo que buscaba cuando me he vestido esta mañana —respondí, echándome el pelo hacia atrás con dramatismo.

—¿Peligrosa? ¿Es que el enemigo vive bajo tu mismo techo o algo así? —me preguntó Kane, enarcando una ceja.

—Ya sabes lo que dicen, mantén a tus amigos cerca y a tus enemigos aún más. A veces, los enemigos pueden ser tu mejor compañía.

Kane y Zack intercambiaron una mirada cómplice antes de que el primero volviese a mirarme y sonriera.

—Lo dices por Aiden, ¿no? Él es el enemigo.

No respondí, me limité a dedicarle una sonrisa y a retomar mi camino hacia las escaleras. Rook y Regan pasaron a mi lado, riéndose entre susurros de camino a la cocina.

El ruido de la casa se fue desvaneciendo a medida que subía a la segunda planta y llegaba a mi habitación.

En cuanto atravesé el umbral fue como si el mundo se me viniese encima, con su peso inamovible hundiéndome los hombros.

Al principio, no había sentido más que una ligera presión en el pecho, una pequeña brasa que había comenzado a arder en mi interior durante la noche, como si toda la ira que había estado conteniendo hubiese estado esperando el momento para estallar y la pesadilla hubiese avivado sus llamas, desatando un auténtico infierno abrasador.

Llevaba enfadada con Aiden desde la noche en el Hellfire, pero esa rabia se había ido transformando con el paso de los días en algo mucho más gélido, más intencionado.

Al principio, me había convencido de que lo mejor sería olvidarlo y dejar atrás lo que pudiese sentir por lo que había hecho y seguía haciendo, porque no merecía la pena malgastar mi tiempo dándole vueltas.

Pero Aiden sabía mejor que nadie que no podía arruinarme el día, meterse en mis asuntos y después irse de rositas como si nada hubiese pasado.

No quería vengarme de él como lo haría Rook: a lo grande y prendiéndole fuego a todo, sino que yo prefería destrozarle la vida lentamente hasta que no pudiera volver a unir los pedazos jamás.

Cerré las manos en puños mientras una idea empezaba a tomar forma en mi cabeza, paseando por mi habitación de un lado a otro. No solo pensaba vengarme de él. Iba a hacer que se arrepintiese de lo que había hecho.

No solo por lo que había ocurrido en el Hellfire, sino también por todas las noches que se había quedado sentado de brazos cruzados, siguiéndome a todas partes con una mirada ardiente, como si sintiese algo por mí cuando en realidad solo estaba haciendo su trabajo.

Podía imaginarme casi a la perfección cómo reaccionaría, la forma en que apretaría la mandíbula, cómo un destello oscuro y peligroso surcaría su mirada cuando se diese cuenta de lo que había hecho. Me encantaba ser yo quien estuviese al mando.

Y cuando le hiciera vivir el infierno que tenía pensado para él, por fin entendería lo que se sentía al perder el control. Al desear algo con tantas ganas que estarías dispuesto a arriesgarte a perder la cabeza para conseguirlo.

Que una vez hubiese llevado a cabo mi plan lo que quisiera fuera acostarse conmigo o alejarse de mí todo lo posible tan solo sería decisión suya. Lo único que sabía era que no podíamos seguir así, con esta dinámica en la que nos habíamos sumido últimamente.

Así que iba a ponerle fin de una vez por todas.

Me arreglé la falda y coloqué la cámara para que me apuntase directamente, antes de sentarme en el borde de la cama, lista para poner en marcha el primer paso de mi plan. Y entonces, como si el universo se hubiese aliado conmigo, la sombra de Aiden pasó frente al umbral de mi habitación.

—¡Aiden! —lo llamé.

Él se detuvo y su ancha figura llenó por completo el marco de la puerta, proyectando una sombra alargada por el suelo de mi cuarto, y yo ni siquiera intenté disimular el descaro con el que lo estaba observando, porque era muy difícil no hacerlo.

No sabía si era por la forma en que me miraba, como si siempre estuviese enfadado conmigo, por los tatuajes que le cubrían la piel de los brazos o por su presencia constante, pero era incapaz de apartar la mirada.

—¿Qué? —me preguntó, cortante.

—Necesito que me eches una mano.

Frunció el ceño con fuerza y, por un momento, deseé que fuese miedo lo que veía reflejado en su mirada.

—Ahora no puedo. Tengo que buscar a Mason para irnos al taller, hemos quedado en reunirnos allí con un cliente en veinte minutos.

—Bueno, pues, por suerte para ti, sé que puedes llegar allí en menos de diez —respondí, con una sonrisa inocente—, lo que significa que sí que tienes tiempo para echarme una mano.

Además, después de lo que acabo de ver, lo más probable es que Mason esté vomitando hasta el desayuno de la semana pasada en estos momentos.

Así que será mejor que le des un minuto para recuperarse.

Comprobó la hora en su teléfono y suspiró, antes de volver a alzar la vista hacia mí.

—Vale. ¿Qué es lo que quieres ahora, Psycho?

—¿Qué de lo que estoy haciendo ahora mismo me convierte automáticamente en una psicópata?

—Dime qué es lo que quieres que haga y te lo diré —replicó, y las comisuras de sus labios se estremecieron, como si se estuviese muriendo por sonreír.

Solté un gemido frustrado y me volví hacia la cámara.

—Vale. Necesito que te sientes aquí y te saques unas cuantas fotos conmigo, porque quiero mandárselas al gilipollas que me dejó para... que piense que tenía razón sobre nosotros.

—¿Sobre nosotros? —Enarcó las cejas, pero se quedó plantado donde estaba.

Volví a gemir con fuerza. Aiden odiaba siquiera insinuar la posibilidad de que pudiese existir un nosotros, como si la mera idea de que pudiésemos estar juntos le diese ganas de vomitar. No es que yo fuese fea, así que no tenía ningún sentido que le asquease tanto la idea.

Lo que siempre me llevaba a pensar que solo fingía que le repugnaba la idea por Rook, pero aun así quería asegurarme.

—Relájate, Aiden. Solo van a ser unas fotos. Intenta no ponerte tan nervioso. —Sentí que una oleada de calor me subía por el cuello—. No es que vayamos a acostarnos o algo así.

Él vaciló un instante, como si estuviese considerando seriamente sus opciones.

Sabía que no tardaría mucho en acceder, porque siempre me acababa ayudando cuando lo necesitaba, sin importar lo ridícula que fuese mi petición.

Y, en ese momento, necesitaba la ayuda de un tío bueno para cabrear a mi ex por haber roto conmigo delante de todo el mundo.