Ace & Ember (Los Mavericks 2) Tres #2
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Tres #2

Me bajé de la cama de un salto y me agaché detrás del escritorio, justo antes de que la puerta de mi habitación se abriese de golpe, con un estruendo.

Mi cuarto se quedó de repente a oscuras por culpa del humo negro que llenó la estancia.

Las llamas empezaron a devorarlo todo, iluminando mi dormitorio con su luz .

Me quedé agachada, llorando desconsolada, al no oír hablar a Rook. Tuve la sensación de que pasaron varias horas hasta que regresó, gritando mi nombre sin parar. Me rodeó con los brazos y me sacó a rastras de mi escondite, que ya había comenzado a arder también, como el resto de mi habitación .

— Vamos, Evie. No te separes de mí. Intenta aguantar la respiración.

Aún podemos llegar hasta las escaleras, pero tienes que agarrarte bien fuerte.

—Asentí con la cabeza, sin poder dejar de llorar mientras me aferraba a mi hermano.

Rook profirió otro grito de dolor, pero no me soltó en ningún momento, mientras nos sacaba a toda prisa de aquel infierno.

Oí más golpes desesperados, a alguien aullando de dolor, pero no sé si era yo, o Rook, o mis padres .

No hubo más que gritos y más gritos, hasta que me desperté de golpe, también chillando .

—¡Evie! —volvió a gritar aquella voz ahogada—. Evie, por favor, despierta, joder.

Me incorporé de un salto y todo me dio vueltas, mientras alargaba una mano hacia un lado, tratando de agarrarme a algo firme, como si mi vida dependiese de ello.

—Evie —repitió Aiden, esta vez con un tono mucho más suave—. Respira hondo, antes de que te desmayes.

El aire fresco y limpio me llenó los pulmones de inmediato. Allí no había humo, ni gritos..., estaba de vuelta en el salón. Jadeé con fuerza y respiré hondo de nuevo.

—Estás bien —susurró, y su cálido aliento me acarició la oreja. Me acerqué a él arrastrándome por el sofá, hasta acurrucarme en su regazo, rodeándole la cintura con las piernas, mientras él me abrazaba con fuerza contra su pecho.

Sus manos cálidas contrastaban con fuerza con mi piel helada y empapada en sudor, mientras me acariciaba la espalda con delicadeza para tratar de consolarme, algo que no debería haber sido capaz de lograr con tanta facilidad.

Poco a poco fue deslizando las manos hacia mis brazos hasta posármelas sobre los hombros, y después me acunó el rostro con suavidad.

—Estás bien —repitió en un susurro, mirándome fijamente a los ojos, trayéndome de vuelta a esta realidad.

Y yo no pude hacer otra cosa más que escucharlo atentamente, prestándole toda mi atención.

Respiré hondo de nuevo, y aquella brusca inhalación hizo que me ardiesen los pulmones y me estremeciese sobre su regazo, antes de dejar escapar otro suspiro entrecortado mientras obligaba a mi cuerpo a relajarse.

—Solo era una pesadilla —murmuró Aiden—. Estás bien.

Me acarició la mandíbula con el pulgar, recorriéndome la piel con una dulzura en la que no pude evitar deleitarme, inclinándome hacia su mano.

Y entonces me di cuenta de lo que estaba haciendo.

Estaba sentada a horcajadas sobre el regazo de Aiden.

Y no solo sentada a horcajadas, sino pegada a él en todos los sentidos. El calor que surgía de su cuerpo se filtraba a través de la fina tela de mi camiseta, y la tensión que nos rodeaba electrizaba el ambiente.

Él también debió de notarlo, porque entonces sus manos se quedaron heladas sobre mi rostro.

Me revolví en su regazo. No fue más que un movimiento pequeño y sutil, pero, por lo visto, no lo suficiente.

Sus dedos se quedaron paralizados sobre mi piel.

Apretó los dientes con fuerza, y se le tensaron los músculos de la mandíbula, como la cuerda de una granada a punto de estallar.

Movió ligeramente las caderas bajo mis piernas y pude leer lo incómodo que estaba en su expresión, con la misma facilidad con la que leía cualquier código informático.

Sin duda, él también debió de darse cuenta.

Esbocé una sonrisa lenta y peligrosa antes de hundirme un poco más en su regazo, y el calor de nuestros cuerpos fue aumentando a medida que nos pegábamos más y más el uno al otro.

Aiden inhaló entonces con brusquedad, lo que hizo que me detuviera y me preguntara si él también estaría disfrutando de esto, o si tan solo estaría planteándose cómo salir de esta sin hacerme daño.

Entonces sus dedos se me clavaron con fuerza en las caderas y, antes de que pudiese seguir provocándolo, antes de que pudiese disfrutar de un último segundo de placer, se levantó y me apartó de un empujón.

Y no lo hizo con delicadeza.

Aterricé sobre el sofá con un golpe sordo, soltando un gruñido ronco y alzando la mirada hacia él, que se cernía sobre mí. Se pasó una mano por la cara, como si pretendiese borrarse físicamente de la memoria lo que acababa de ocurrir.

Y después soltó un suspiro, lento y profundo.

—Estabas teniendo una pesadilla. —Como si no lo supiera—. Me dio la sensación de que habías dejado de respirar. Y no sabía qué hacer.

—¿Y lo mejor que se te ocurrió fue sacudirme? —le pregunté, con una pequeña sonrisa—. Recuérdame que nunca acuda a ti en caso de tener una emergencia médica.

—Bueno, se te caía la baba, así que hacerte el boca a boca no era precisamente una opción.

—Qué detalle. Y yo que pensaba que me habías abrazado porque te importaba.

—No. Es solo que he oído cientos de historias en las que la gente se acaba ahogando con su propia saliva mientras duerme.

Solté una carcajada seca y amarga.

—Ya. ¿Y por eso me has lanzado a un lado como si tuviese alguna especie de enfermedad contagiosa? ¿Porque se me caía la baba?

Entonces, por fin, su expresión se transformó por completo, volviéndose tan indescifrable como de costumbre. Convirtiéndose de nuevo en el Aiden al que tan bien conocía, frío y comedido.

—Solo estaba intentando asegurarme de que estuvieses bien —respondió, tenso.

Algo se retorció con fuerza en mi interior.

Aquello no debería haberme dolido. No debería haberme importado. Habíamos pasado por esa misma situación cientos de veces. Aiden se acercaba a mí, me pedía más, y después siempre me apartaba de cualquier manera.

Y, sin embargo, me dolió.

Porque, de nuevo, recordé que yo en realidad no le importaba. Lo único que le preocupaba era cumplir la promesa que le había hecho a Rook.

Me levanté del sofá de un salto, ignorando el frío que se había extendido por mi pecho, o la forma en que las manos no dejaban de temblarme por culpa de aquella pesadilla.

—Buenas noches, Ace. Te libero de tus deberes de vigilar que no muera esta noche, me voy a la cama.

Me marché sin decir nada más, sin esperar siquiera su respuesta. No quería volver a oír ese tono indiferente con el que siempre se dirigía a mí.

Si había algo que caracterizase a nuestra familia, es que éramos vengativos. Sin embargo, a diferencia de mi hermano, mi sed de venganza no se vería saciada solo con dar caza al hombre que me hubiese hecho daño y acabar con él.

Bueno, nunca digas nunca, pero, de momento, el asesinar a Aiden no entraba en mis planes.

Recorrí el pasillo sin hacer ruido y llegué a mi habitación casi sin darme cuenta.

Podría cambiarle todas las herramientas de sitio para sacarlo de quicio, o incluso esconderle unas cuantas y quedarme sentada de brazos cruzados viendo cómo se volvía loco tratando de trabajar sin ellas.

O también podría llenarle el depósito de la moto con agua y saborear con deleite el momento en que la arrancase y se le calase, o en vez de agua podría echarle lejía y esperar a que se cargase el motor.

Pero entonces no podría volver a montar en su moto.

Necesitaba algo mucho peor.

Algo que me demostrase si Aiden me seguía a todas partes porque estaba loco por mí o si solo estaba a mi lado por cumplir la promesa que le había hecho a mi hermano.

Porque necesitaba respuestas.

Algo que apagase la pequeña chispa de esperanza que se había prendido en mi pecho al pensar que quizá pudiese sentir algo por mí que no tuviese nada que ver con su deber.

O, al menos, algo lo bastante eficaz como para romper la armadura condescendiente tras la que se ocultaba siempre que lo provocaba de más.

Me dejé caer en la cama y me puse una de mis películas románticas favoritas para tratar de calmar los nervios antes de sumirme en un sueño intranquilo en el que mi plan se fue hilando a la perfección.