Dos #3
Cogí una pequeña zarigüeya de peluche que tenía sobre el escritorio.
Ese lugar parecía más una especie de extensión de su dormitorio que un despacho; una enorme alfombra peluda y rosa cubría el suelo, y un impresionante escritorio de madera oscura abarcaba dos de las cuatro paredes.
Una mininevera y una estantería llena a rebosar de distintas decoraciones ocupaban el otro lado de la estancia.
Había calaveras disco, un cuchillo con el mango cubierto de incrustaciones de diamantes, velas de todo tipo...
; aquel despacho gritaba «Evie» mirases donde mirases, y no tenía nada que ver con el sucio taller de motos que había al otro lado del cristal.
—Venía a preguntarte si habías averiguado algo sobre el tipo al que te pedí que investigases la semana pasada.
Dimitri no para de darnos la turra con ello —comenté, cruzándome de brazos, sabiendo que Dimitri estaba empezando a impacientarse.
Era uno de nuestros clientes más respetables y, aunque no era tan poderoso o rico como los demás capos de la droga de la ciudad, sí que dirigía un negocio en expansión, dedicado al robo de coches de lujo, y nos caía bien.
Normalmente solíamos darnos bastante prisa en ayudarlo, pero esta vez los tipos que le estaban robando los coches eran algo más listos que los demás y sabían cómo esconderse—.
Y también necesito que investigues a un tipo llamado Anderson.
Al parecer, tiene alguna clase de conexión con Cross.
O podría tenerla, tal vez. No sabemos con quién podría estar trabajando exactamente.
Evie se dio la vuelta en su silla y me fulminó con sus afilados ojos azules.
—¿En serio piensas que puedo averiguarlo todo sobre alguien con solo saber su nombre y que podría tener algo que ver con un capo de la droga?
—Sí. —La miré directamente a los ojos, sin pestañear.
—Ni lo sueñes, Ace. Quizá si hicieses mejor tu trabajo, averiguarías algo más de información antes de irrumpir aquí para pedirme que obre un milagro.
En cuanto al tipo de la semana pasada, ya les he contado a Hero y a Mason por dónde suele moverse.
Han salido a buscarlo. Aunque puede que tarden un día o dos en localizarlo, porque por lo visto es un hombre de lo más ocupado.
—Genial, buen trabajo —respondí, y el sarcasmo que me impregnó la voz no se correspondía en absoluto con lo orgulloso que me sentía de ella—.
Ahora vuelve a hacer tus cosas de friki de los ordenadores y encuentra a ese tal Anderson.
Uno de los chicos de Cross ha ido a buscar a Rook esta mañana para preguntarle por él.
Así que tenemos que averiguar de quién se trata antes de que alguien vuelva a tendernos una emboscada.
—Y yo necesito más información para poder localizarlo.
¿Anderson es su apellido? No puedo encontrar a un fantasma.
—Evie resopló con fuerza antes de volverse de nuevo hacia la pantalla, y la misma oleada de ira y celos que había sentido la noche anterior me oprimió el pecho de nuevo.
No solo porque me hubiese dado la espalda con tanta rapidez (aunque, sí, eso también me molestó), sino porque fuese capaz de ignorarme con tanta facilidad.
Porque eso demostraba que no solo era patético, sino que encima estaba empezando a volverme loco.
—Tú solo ocúpate de ello, por favor.
Le eché un vistazo a la pantalla de su ordenador y vi lo que parecía ser una especie de buscador con la imagen de una secta en la página de inicio. No podía ni imaginarme la clase de cosas extrañas que Evie buscaba por internet, y tampoco estaba seguro de querer saberlo.
Hasta donde yo sabía, esas velas y calaveras disco podían no ser simple decoración, a lo mejor estaba investigando cómo hacer una sesión de espiritismo o algún otro tipo de chorrada espeluznante.
Evie podría decirme que estaba investigando cómo utilizar todo eso para arruinarme la vida y yo la creería.
—Lo investigaré, si tengo tiempo, claro.
—¿Cómo que si tienes tiempo? ¿Es que tienes algo mejor que hacer? ¿No rompió tu novio contigo anoche? —le pregunté, y no pude evitar esbozar una sonrisa divertida.
Evie se volvió hacia mí como un resorte y me fulminó con una mirada furiosa.
—¡Fuera! —me gritó—. ¡Lárgate de una vez, imbécil!
En un abrir y cerrar de ojos, cogió una de las calaveras disco y me la lanzó a la cabeza con todas sus fuerzas. Yo me agaché justo a tiempo, y las pequeñas motas de purpurina asesina con las que estaba cubierta se esparcieron por el suelo tras estrellarse contra la puerta y romperse en mil pedazos.
Sentí una extraña mezcla de culpa y satisfacción. Sabía que tenía que dejar de provocarla, pero incordiarla era mi forma de lidiar con el hecho de que no podía dejar de pensar en ella.
Cada momento de cada día, o estaba peleándome con ella, o discutiendo con ella, o imaginándome lo que se sentiría si sucumbiese a mis deseos de una vez.
Así que ¿esto? Esto era lo más cerca que estaría jamás de hacerla mía.
Mientras cerraba la puerta de su despacho, la oí murmurar toda una retahíla de palabrotas y no pude contener una sonrisa. A lo mejor debería parar de incordiarla, pero no quería hacerlo.
Si esto era lo más cerca que iba a poder estar de experimentar lo que sentiría si Evie fuese mía (las peleas, los gritos, el caos), que así fuera. Aceptaría con gusto todas las calaveras disco asesinas que me lanzase a la cabeza.