Ace & Ember (Los Mavericks 2) Dos #2
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Dos #2

—Al menos podrías fingir que te ha molestado que ese imbécil haya roto conmigo delante de todo el mundo —comentó—. O que no eres solo un robot insensible que hace lo que mi hermano le pide.

Sus palabras me dolieron, pero no dejé que se reflejase en mi expresión.

—No he venido a discutir contigo. Y tampoco estoy aquí para montar un drama porque un gilipollas se haya portado como un capullo contigo esta noche. Vete a la cama y duerme un poco, a ver si así se te pasa esa actitud de mierda que me llevas.

Sus labios se curvaron en una sonrisa traviesa, pero pude vislumbrar un destello de dolor en su mirada.

—Claro, Ace. Tú sigue haciendo todo lo que te ordenan. Sigue siendo el soldadito perfecto de Rook. ¿Comprobar que estuviese encerrada en mi cuarto formaba parte de tus tareas de esta noche?

Me quedé helado. Oírla llamarme así hizo que se me revolviera el estómago. Siempre sabía qué decir para darme donde más dolía, pero no iba a permitir que supiese que había dado en el blanco.

—Exacto. Así que buenas noches, Evie. —Me di la vuelta, dispuesto a marcharme, sin ganas de alargar esta tortura ni un segundo más.

—Cobarde —murmuró a mi espalda, y no pude evitar detenerme en el umbral, agarrando el marco de la puerta con todas mis fuerzas.

No me di la vuelta. Si lo hacía, quizá nunca me iría.

—Que pases buena noche, Psycho —le dije, antes de cerrar de un portazo al salir.

Evie se pasaba todos los días provocándome, aunque no fuese consciente de ello. Sabía que en realidad no quería que me pasase de la raya, tan solo le gustaba llevarme al límite siempre que podía. Siempre estaba ideando una forma nueva de joderme la vida, y lo peor de todo era que yo se lo permitía.

Porque lo único peor que el hecho de que Evie me destrozase la vida era que no formase parte de ella.

Me bajé de mi Ducati y la aparqué al fondo del taller. El sol de la mañana se reflejó sobre el chasis de la Panigale V4 negra, con sus pequeños destellos azul carbono resplandeciendo a la perfección. Era la niña de mis ojos.

Aunque no es que tuviese mucha competencia.

Maverick Moto llevaba dos meses en funcionamiento en el nuevo taller, después de que nuestro último local ardiese hasta los cimientos y, de momento, no nos estaba yendo nada mal.

Durante el día, al menos en apariencia, tan solo llevábamos un taller de motos normal y corriente, perfectamente respetable y legal.

Claro que, al caer la noche, la enorme trastienda se convertía en una zona donde podíamos llevar a cabo cualquier actividad ilegal sin que nadie nos molestara.

Nuestro negocio dentro del mercado negro nos había puesto en el punto de mira de algunas de las personas más peligrosas de la ciudad.

No éramos unos meros investigadores, éramos a quienes llamaban cuando no podían acudir a la policía.

¿Que les habían robado un cargamento de drogas?

Nosotros nos ocupábamos de encontrarlo. ¿Que uno de sus rivales les había vaciado el almacén?

Los localizábamos y les hacíamos desear no haber puesto un pie allí en su vida.

Éramos quienes se encargaban de arreglar sus estropicios, sus informadores, sus cazadores a sueldo.

Fuera lo que fuese que necesitasen, nosotros nos ocupábamos de hacerlo realidad.

A fin de cuentas, ese era nuestro negocio más lucrativo de los dos, y todos estábamos de acuerdo en que era el único que no pensábamos dejar jamás.

—Hey —soltó Rook, abriéndose paso hasta mí a través del laberinto de motos—. ¿Has tenido algún problema con los hombres de Cross últimamente?

—¿Con los de Cross? —Fruncí el ceño y negué con la cabeza.

Cross era uno de los actuales capos de la droga de Valeport y, desde luego, no era precisamente uno de nuestros mayores admiradores, sobre todo desde que Rook se había cargado a uno de sus primos por haberle puesto a Regan las manos encima—.

No. No he oído nada de él o de sus hombres. ¿Por qué? ¿Es que ha ocurrido algo?

Rook apretó la mandíbula con fuerza y frunció el ceño.

—Esta mañana he tenido un encuentro un tanto extraño con uno de ellos. Me ha venido a buscar y me ha preguntado si conocía a un tipo llamado Anderson.

—¿Anderson de nombre o de apellido?

—Y yo qué coño sé. No me ha dado más explicaciones después de que le dijese que la respuesta a esa pregunta tenía un precio.

Solté una sonora carcajada mientras caminaba a su lado, en dirección a la entrada del taller.

—¿Y no te ha dicho nada más?

—Creo que se ha cabreado porque no estuviese dispuesto a cooperar sin dinero de por medio. Pero no entiendo por qué cojones se creen que les debemos algo. No le somos leales a nadie y tampoco tenemos deudas con nadie, así que, si quieren información, que paguen, como todos los demás.

—Entonces, ¿cuál es el problema? ¿Crees que están tramando algo?

—Creo que es un problema que los hombres de Cross se sientan tan cómodos como para venir a preguntarme a mí directamente. —La voz de Rook denotaba cierto enfado.

—Sí, supongo que eso es un tanto preocupante —respondí—. ¿Qué quieres que hagamos al respecto? ¿Seguimos como si nada o investigamos a ese tal Anderson?

—Ambos. Le pediré a Evie que indague un poco para ver si encuentra algo sobre él. Si ese tal Anderson está metiéndose en los asuntos de Cross o de algún otro capo de por aquí, tenemos que saberlo.

Odié que me diera un vuelco el corazón al oírle mencionar a su hermana.

—Yo me encargo de comentárselo a Evie. —Rook me observó con una ceja enarcada, por lo que me apresuré a añadir—: De todos modos, tenía que ir a hablar con ella para que me pusiese al día sobre un par de cosas.

—Genial. Yo tengo que ir a buscar a Regan. Hoy se ha ido al Sweet Haven a pasar la mañana.

—Siempre está buscándose un lugar lejos de ti para poder trabajar. A lo mejor deberías empezar a preocuparte —comenté, observándolo con una expresión impasible.

—Ja. Ja. El único motivo por el que necesita alejarse de mí es porque nunca consigue hacer nada cuando me tiene cerca. —Sonrió de oreja a oreja mientras se encaminaba hacia donde había dejado aparcada su moto—. ¿Por qué no te preocupas mejor por tu nula vida amorosa?

Me limité a negar con la cabeza. Lo irónico era que estaba a punto de ir a ver a su hermana, que era quien, de alguna manera, se había apoderado por completo de mi vida amorosa, incluso aunque no formase parte de ella.

Una vida amorosa de la que ella jamás formaría parte, porque yo siempre seguía las normas.

Las mismas que Rook y yo habíamos acordado desde el principio, y una de ellas me la había dejado bien clara: Evie siempre estaría fuera de mi alcance.

Abrí la puerta que daba al pequeño despacho de Evie, escondido a un lado del taller.

Pasé de llamar a la puerta como es debido y entré sin más, y ella arqueó una ceja, pero no se molestó siquiera en apartar la mirada del ordenador.

El despacho tenía cuatro paredes de verdad, lo que le ofrecía cierta privacidad dentro del taller, pero una era prácticamente entera de cristal.

Y eso me otorgaba la oportunidad de verla constantemente mientras estaba trabajando en las motos.

Una bendición y una maldición al mismo tiempo.

—¿Es que siempre tienes que entrar sin llamar?

¿Alguna vez has oído hablar del término «privacidad»?

—dijo, sin molestarse en apartar la mirada de su ordenador.

Estaba demasiado concentrada en lo que quiera que estuviese haciendo, con sus dedos volando a toda velocidad sobre el teclado, mientras el código que estuviese escribiendo se desplazaba por la pantalla.

Para ser alguien a quien le encantaba ir por ahí sembrando el caos, era aterradoramente eficiente en todo lo que tenía que ver con la informática.

—¿Y tú has oído hablar del término «trabajo»? Hay algo de lo que necesito hablar contigo, es importante —respondí, cruzándome de brazos—. Así que creo que eso significa que puedo entrar aquí como y cuando me venga en gana.

—Este es mi despacho —replicó y, cuando por fin alzó la vista, su voz sonó tan afilada como su mirada—. Así que deberías llamar antes de entrar.

—Por lo visto, cuando alguien llama a tu puerta tampoco haces demasiado caso que digamos, así que ¿por qué iba a hacerlo?