Dos
Aiden
Algunos días Evie era lo mejor que me había pasado en la vida.
Pero otros era mi propia pesadilla andante, una fuerza de la naturaleza que había sido creada con el único objetivo de arruinarme la vida.
No sé qué clase de mierdas imperdonables hice en mis vidas pasadas para ser merecedor de la ira de Evie, pero debí de ser un gilipollas integral, porque aquello era un auténtico infierno.
Llevaba cuarenta y cinco minutos lidiando con un montón de moteros cabreados y estaba harto.
La chica que me estaba esperando dentro del bar ya hacía un buen rato que se había largado.
Aunque aquello en realidad me importaba una mierda, no era más que una tía con la que entretenerme un rato mientras intentaba no fijarme en Evie constantemente.
Evie, tan alta e imposible de ignorar, con su cabello rubio y largo reflejando la luz de los neones, y esos ojos azules oscuros que refulgían con un brillo salvaje. Era preciosa, astuta y estaba lo bastante loca como para haberse ganado el apodo de «Psycho», y llevarlo con orgullo.
Por eso necesitaba algo que me ayudase a mantener los ojos, y la cabeza, alejados de ella.
Y, en realidad, lo único de lo que tenía ganas en ese momento era de llegar a casa de una vez para poder gritarle por lo que había hecho e irme a dormir por fin.
Después de llevar trabajando cuarenta y ocho horas seguidas, solo quería una noche de diversión, sin preocupaciones, relajarme un rato, pero parecía que Evie no estaba dispuesta a permitirlo.
Aparqué en el garaje y me adentré en la casa con paso firme, tratando de mantener la calma.
La ira me hacía hervir la sangre, pero no pensaba dejar que me dominase.
Esta noche no. Estaba seguro de que la encontraría en su habitación, porque siempre se refugiaba allí cuando el caos la superaba.
Evie no solía avergonzarse por nada, pero seguro que incluso ella preferiría pasar desapercibida durante un tiempo después de que hubiesen roto con ella en medio de un bar abarrotado.
Normalmente era ella quien llevaba las riendas, quien daba por terminadas las relaciones cuando se hartaba de las tonterías de los idiotas con los que salía, y esta le había durado lo suficiente como para que me hubiese empezado a preguntar si el tío le gustaba de verdad.
—Evie —la llamé, cortante, mientras subía las escaleras de dos en dos y giraba por el pasillo.
La mansión Fletcher ahora era nuestra, incluso aunque la hubiésemos conseguido mediante unos métodos un tanto deshonestos.
El anterior propietario estaba muerto y, gracias a las extraordinarias habilidades de hacker de Evie, en su testamento ponía que le había dejado la mansión a Regan (la novia de Rook), a quien no le había importado lo más mínimo que todos nos hubiésemos mudado allí.
Llevábamos semanas hablando de cambiarle el nombre, pero al final ninguno de los que se nos había ocurrido había acabado de convencernos.
—Evie —la volví a llamar, mientras recorría el pasillo lleno de dormitorios a ambos lados.
Tres de nosotros teníamos habitaciones en esta zona de la casa: Evie, Zack y yo; las de Hero, Rook y Mason se encontraban al otro lado, y Kane dormía abajo, junto al salón.
Llamé a la puerta de su cuarto con ganas, tanto que tuve que hacer un esfuerzo titánico por no tirarla abajo de una patada, pero mi conciencia me lo impidió, así que me contuve.
Al ver que no respondía, le di un segundo más antes de abrirla de golpe.
Evie estaba tirada en la cama, con el móvil en una mano y el resplandor que surgía del televisor iluminando la estancia a oscuras. Ni siquiera se molestó en mirarme, como si no me hubiese pasado casi una hora arreglando su último estropicio.
—Evie —la llamé de nuevo, con voz ronca y tensa—. ¿A ti qué coño te pasa?
Apartó la mirada de la pantalla de su teléfono y me observó levantando una ceja, con fingida inocencia.
—Ah, ¿ahora quieres hablar? Vale. ¿Que qué me pasa? —me preguntó, y cada palabra transmitía indignación—. Tú, al parecer.
Me incliné sobre su cama, inmovilizándole las piernas bajo mi cuerpo.
Me temblaban las manos de las ganas que tenía de estrangularla.
Creía que el trayecto de vuelta a casa me serviría para calmarme un poco, porque Evie se había cargado mi puta noche, y, el verla aquí ahora, tan relajada y, por algún motivo que no alcanzaba a comprender, enfadada conmigo, tan solo sirvió para avivar la ira que había estado intentando reprimir.
Evie siempre encontraba la manera de dominar mis días y mis noches, y no lograba comprender cómo lo hacía con tanta facilidad.
—¿Yo? ¿Qué cojones quieres decir con eso?
—Quiero decir que, ahora mismo, tú eres lo que me pasa, mi único problema. Por tu culpa mi novio ha roto conmigo.
—Yo no he hecho nada. No es culpa mía que se sintiese amenazado porque yo siempre esté cerca.
Tampoco es que tuviese elección o pudiese alejarme de ella sin más.
En algún momento de nuestros diez años de amistad, Rook había decidido que yo era la persona más indicada para ocuparme de proteger a Evie.
Todo había empezado porque siempre he estado dispuesto a hacer cualquier cosa por él, y también por ella, y eso rápidamente había dado pie a que me ofreciese a cuidarla.
Llevábamos una vida bastante peligrosa, así que no era de extrañar que necesitase protección.
Rook confiaba en mí y yo era el único al que Evie escuchaba de verdad, aparte de a su hermano, así que tenía sentido que fuese yo quien se ocupase de esa tarea...
, hasta que pasé a estar demasiado pendiente de cada uno de sus actos, a pasar demasiado tiempo con ella, cuando en realidad no tenía por qué hacerlo, a obligarla a ir conmigo en la moto, incluso aunque pudiese ir con cualquier otro.
—Se sentía amenazado por ti no solo porque tenga que llevarte siempre conmigo, vaya a donde vaya, sino porque siempre estás cerca.
¿Necesitas que te ponga un ejemplo? —preguntó, y el pecho le subía y bajaba agitado con cada respiración, mucho más rápido que antes.
Me encantaba la Evie enfadada. Se le dilataban las fosas nasales y después arrugaba la nariz antes de fruncir el ceño, y los ojos azules le ardían de rabia—.
¿Qué te parece que te hayas colado en mi habitación en plena noche sin ni siquiera llamar a la puerta antes?
—Sí que he llamado —repliqué, cortante—. Pero no me has respondido.
—Y aun así has decidido entrar. ¿Y si hubiese estado desnuda? ¿O con alguien? —me preguntó, dedicándome una de sus sonrisas traviesas—. ¿O masturbándome? ¿Has pensado en eso antes de entrar? No, te has colado sin más.
Apreté con fuerza los dientes, con la mandíbula tan tensa que ya empezaba a dolerme.
A lo mejor sí que debería haberlo pensado antes de irrumpir en su cuarto así como así. Tal vez sí que se me había pasado todo eso por la cabeza..., y aun así había abierto la maldita puerta. Quizá una parte de mí incluso había esperado encontrarla desnuda o masturbándose..., o las dos cosas.
Intenté quitarme aquella imagen de la cabeza, pero no conseguía librarme de ella por más que lo intentase.
No era un cabrón con tanta suerte como para que el destino me dejase ser testigo de la preciosa estampa que sería ver a Evie corriéndose.
Cuando me incorporé, alejándome de la cama y de ella, supe que había perdido esta batalla, y que lo único que podía hacer era poner distancia entre nosotros.
—Olvídalo. Buenas noches, pequeña Psycho.
—¿Y ya está? —soltó cuando me disponía a marcharme, obligándome a detenerme.
—Sí, ya está. Estoy cansado y quiero irme a la cama.
Ya me he encargado de arreglar tus tonterías de psicópata y he tenido que volver a casa solo.
Está claro que esta discusión no nos va a llevar a ninguna parte, porque es evidente que crees que no has hecho nada malo.
Ya te has vengado de mí, así que buenas noches.
Evie se incorporó a toda prisa, poniéndose de rodillas sobre el colchón, con los pantalones cortos más pequeños que había visto en mi vida marcando sus curvas.
—¿Ni siquiera vas a gritarme? ¿Es que no estás enfadado? —Su voz cobró un deje desesperado que no me esperaba—. Esta noche te he hecho perder dinero, sexo y tiempo.
—¿Y qué coño esperas conseguir, Evie? ¿Que me enfade contigo? ¿Que discutamos? Ya me he encargado de arreglarlo todo. He vuelto a casa y no puedo más.
Se acercó un poco más a mí, arrastrándose de rodillas por la cama, hasta que solo nos separaron unos cuantos centímetros de distancia.
Entreabrió la boca como si quisiese añadir algo más, pero volvió a cerrarla, tragándose sus palabras.
Evie nunca decía nada que no pudiese tergiversar después en su propio beneficio.
—¿Qué? ¿Es que ya no sabes qué decir para seguir cabreándome?
Mira, lo entiendo, estás enfadada porque por haber estado yo en el bar tu novio ha roto contigo, pero yo no he hecho nada.
Y tú no estás obligada a estar siempre conmigo.
Puedes pedirle a Mason o a Hero que te acompañen si no quieres que lo haga yo.
Ellos también trabajan con nosotros y también viven aquí.
Era mentira. Podría asegurarme fácilmente de que los dos se negasen a acompañarla si ella se lo pidiese. Nadie en esta casa me cuestionaría si anunciase que Evie solo podía ir en mi moto.
Mis palabras, que yo pensaba que servirían para aplacar sus humos, tan solo sirvieron para enfurecerla aún más.
—Vaya, así que me dejas tirada y encima me encasquetas a otro como si no fuese más que una niñata molesta. Lárgate ahora mismo de mi cuarto.
Su tenue aroma a vainilla me pilló desprevenido; suave, dulce y completamente opuesto al tono afilado de sus palabras.
Era un recordatorio constante de todo lo que me sacaba de quicio de Evie, de todas las contradicciones que no conseguía ignorar por más que lo intentase.
¿Cómo era posible que pasase todos los días a su lado y que, aun así, todavía no fuese inmune a todo lo que tenía que ver con ella?