Uno #2
—Romper con esta zorra. Aunque resulta bastante gracioso que esté rompiendo con ella porque está obsesionada contigo. Y, por lo que parece, tú también con ella.
Aiden alargó entonces una mano hacia mí y me agarró con fuerza de la muñeca, como si quisiese demostrar algo.
—Lo único que me obsesiona es evitar que te queme vivo, pedazo de imbécil.
—Su mirada bajó entonces hacia mis dedos y hacia el mechero que todavía estaba sosteniendo en la mano—.
¿En serio creías que ibas a poder agarrarla como lo has hecho y que después esperaría educadamente hasta que acabases de romper con ella?
Mi ex se volvió entonces a mirarme, con los ojos abiertos como platos.
—¿Lo dice en serio?
Sonreí y me encogí de hombros.
—Supongo que has tenido suerte de que el mechero no haya funcionado.
—Estás loca —soltó lleno de furia, con el rostro rojo.
—Y tú eres un muermo. —Me acerqué un paso más a él y bajé la voz—. Así que estamos en paz.
Él negó con la cabeza y se secó el alcohol que le goteaba por los brazos con una mano.
—Nunca he tomado una decisión tan acertada en toda mi vida. Esto se ha acabado, Evie.
—Genial. —Le sonreí con una dulzura excesiva—. Pero ni se te ocurra llamarme mañana cuando te arrepientas.
Un destello de rabia le iluminó la mirada y soltó un gruñido ronco, como si estuviese a punto de decirme algo realmente horrible, pero una mirada de Aiden, que seguía de pie a mi lado, bastó para hacerle cerrar el pico.
Ni siquiera tuve tiempo para volver a provocarlo antes de que se alejase hecho una furia.
Debería haberme sentido aliviada. En cambio, una sensación amarga me subió por la garganta.
Aiden se volvió entonces a mirarme, con la mandíbula apretada. El resplandor de las luces de neón proyectaba sombras sobre su rostro, dándole un aspecto mucho más mortífero ahora que estaba claramente enfadado.
—¿En qué cojones estabas pensando?
Alcé la barbilla, orgullosa, porque no pensaba dejarme amedrentar.
—¿En que se lo merecía? Y, para que conste, no iba a prenderle fuego..., o eso creo.
—¿Eso crees? —repitió Aiden con incredulidad—. Joder, Evie. Es que no tienes ni una sola gota de instinto de supervivencia.
—La verdad es que no.
Se pasó una mano por el cabello, frustrado, y negó con la cabeza.
—Vámonos. Te llevo a casa.
—No, ni de coña —respondí, plantando los pies en el suelo, con firmeza—. Estoy perfectamente. Vuelve a tu partidita de billar.
—No, no estás bien —me soltó, cortante—. Acabas de intentar prenderle fuego a alguien.
—Y se lo merecía.
—Puede —admitió Aiden, y su voz cobró un deje mucho más oscuro—. Pero no pienso dejar que te quedes aquí sola.
Antes de que pudiese replicar nada, la chica con la que Aiden había estado jugando al billar se acercó a nosotros, mirándonos al uno y al otro.
—Aiden —lo llamó, con voz dulce—. ¿Vienes?
—No. —Ni siquiera lo dudó—. Bueno, no lo sé. Tengo que llevar a Evie a casa.
Aquellas palabras me provocaron una oleada de satisfacción, pero la reprimí tanto como pude. No pensaba sacar ninguna conclusión. Esta noche no.
—Quizá deberías quedarte con tu cita y no meterte en mis asuntos —solté, alejándome de la barra y encaminándome hacia la salida.
Necesitaba salir de aquel local asfixiante.
Necesitaba estar sola para que la vergüenza de que hubiesen roto conmigo delante de cientos de personas no me resultase tan dolorosa.
En cuanto llegué a la enorme hilera de motos que había aparcadas frente al bar, Aiden me alcanzó.
—No pienso una niñera en tus asuntos cuando este tío acaba de ponerse agresivo contigo —soltó, caminando a mi lado.
—No necesito una niñera, ni tampoco un guardaespaldas. Puedo defenderme solita.
—Ah, sí. Estabas haciendo un trabajo de puta madre defendiéndote tú sola ahí dentro. ¿Por qué estás cabreada conmigo cuando ha sido él quien te ha hecho daño?
Me volví hacia él como un resorte, con las manos cerradas en puños a los costados.
Odiaba que lo que dijese tuviese sentido.
No estaba enfadada porque hubiese acudido en mi ayuda.
Eso podría haber llegado incluso a agradecérselo.
Pero no había ido corriendo a rescatarme porque se preocupase por mí, lo había hecho porque sabía que Rook se cabrearía si no lo hacía.
Había muchas cosas de Aiden que me encantaban, pero que le fuese tan leal a mi hermano no era siempre una de ellas.
—Porque no necesito que mi hermano o tú me tratéis como si fuese una princesita indefensa. Quizá cuando era pequeña sí que me sintiese así, pero ya no. Ahora puedo arreglármelas yo solita si un capullo quiere romper conmigo.
—¿En serio ha roto contigo?
—Sí, y al parecer ha sido todo culpa tuya.
—¿Culpa mía? ¿Qué narices he hecho yo ahora?
—¿Existir? ¿Ir conmigo a todos lados? ¿Ser la maravillosa mano derecha de mi hermano y seguirme constantemente a todas partes?
—Rook quiere que estés a salvo, así que yo tengo que asegurarme de que lo estés, siempre. No es que te esté acosando o algo por el estilo.
Ojalá me estuviese acosando en vez de hacer lo que quiera que sea esto.
Porque al menos eso significaría que está loco por mí.
—Claro que sí, Ace . Tú sigue correteando por ahí haciendo todo lo que mi hermano te pida, a ver cómo te sale.
—¿Perdón? —soltó, frunciendo los labios—. ¿Ace? ¿Quién cojones es Ace?
—Tú, porque mi hermano siempre puede contar contigo, ¿verdad? El señor «mano derecha», su as bajo la manga, el mismo que es demasiado cobarde como para hacer algo que pueda poner en peligro su preciado puesto.
—¿Y eso es algo malo?
—¿Quieres que te sea sincera? Sí, lo es.
La chica del billar apareció de nuevo en la entrada del local, llamando a Aiden a gritos. Él se acercó a ella, lo que hizo que se me revolviese el estómago.
Odiaba lo mucho que deseaba que se quedase conmigo.
—Te lo he dicho, tengo que llevar a Evie a casa —dijo, y ese tono ligeramente molesto me sacó una sonrisa.
Aunque no bastó para aplacar la rabia que me hacía hervir la sangre.
—Ay, no te preocupes por mí. —Me eché el pelo hacia atrás, y le hablé con un tono tan falso que sabía que él lo notaría—. Esta noche preferiría tener que volver a casa en tacones, caminando sin parar hasta que me sangrasen los pies, que subirme a tu moto.
—No me seas cría. No vas a volver andando a casa a la una de la madrugada.
—¿Cría? ¿Estás de coña? Mi novio ha roto conmigo por tu culpa, ¿y qué consigues tú en cambio? La posibilidad de echar un polvo y pasar una noche increíble. Aquí el único crío eres tú. Así que déjame en paz, Aiden.
Él apretó la mandíbula con fuerza.
—¿En serio crees que prefiero volver ahí dentro, solo por la posibilidad de follar con una tía, que llevarte de vuelta a casa sana y salva?
Me volví a mirarlo, fijándome en él de verdad por primera vez aquella noche y tuve la sensación de que estábamos compartiendo uno de esos momentos de película.
Si esta hubiese sido una escena sacada de mi comedia romántica favorita, ahora sería cuando el chico por fin se da cuenta de que está enamorado de la protagonista, cuando le rodea la cintura y la besa como si el mundo estuviese a punto de acabarse.
Pero, alerta, spoiler , no estábamos en una película.
Porque mi vida no tenía nada que ver con las de las protagonistas de esas comedias románticas empalagosas que tanto me gustan, aunque nadie lo sepa, donde pasan ese tipo de cosas.
Mi vida parecía sacada de un dramón, o más bien de una película de miedo, con motos que van a toda velocidad y escenas de tortura, con un protagonista masculino tan leal a sus amigos que es incapaz de ver nada más allá.
Jamás llegaría el momento en que Aiden se diese cuenta de que yo era el amor de su vida. La única escena que compartiríamos sería esa en la que se percatase de que ya no podía aguantarme ni un segundo más y se alejase con su moto por la carretera, rumbo al atardecer.
Porque daba igual lo que hiciese para tratar de seducirlo, su lealtad hacia mi hermano siempre estaría por encima de todo, y ese era el único motivo por el que estaba allí, preocupado por que llegase a casa a salvo.
Odiaba que me importase tanto. Odiaba desear que él se preocupase por mí .
En ese momento se me ocurrió una idea un tanto descabellada. Una idea estúpida y peligrosa, típica de Evie.
Levanté una pierna, apoyé el tacón sobre la moto más cercana y la empujé.
La primera moto se tambaleó y cayó sobre la que tenía al lado. Y la otra sobre la siguiente, como si fuesen las piezas de un dominó, estrellándose las unas con las otras, en un estruendo ensordecedor.
Aiden se volvió hacia mí como un resorte.
—Evie..., ¿pero qué cojones...? ¡Para!
Le dediqué una sonrisa satisfecha.
—¡Aiden! ¡Ten más cuidado! Por Dios, ¿pero qué has hecho?
Una ruidosa oleada de exclamaciones sonó con fuerza a nuestro alrededor cuando todos los que estaban fuera se volvieron a mirarnos, y poco después comenzó el griterío de verdad.
La expresión que puso Aiden estaba a medio camino entre la frustración absoluta y el odio. Apretó la mandíbula con fuerza, pero alcancé a ver un destello de diversión surcando su mirada antes de que lo disimulara.
Al menos nuestra película de terror no era aburrida.
Esperé hasta que vi que levantaba la primera de las motos caídas y me colé entre la multitud.
Que él se encargase de lidiar con las consecuencias de mis actos.
Me marché de allí, sintiendo que el latido de mi corazón se iba calmando a medida que me alejaba de aquel caos.
Pero podía sentir su mirada, ardiente, pesada e imposible de ignorar, clavada en mi espalda.
Siempre podría salir corriendo. Esconderme. Jurar que en realidad me daba igual.
Pero, al final, nada de eso importaría.
Porque Aiden siempre estaría ahí.
¿Y qué era lo peor? Que yo deseaba que estuviera.