Ace & Ember (Los Mavericks 2)
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Uno
Evie
No me apetecía nada estar aquí.
Lo que resultaba irónico, teniendo en cuenta que el bar Hellfire era precisamente mi tipo de sitio: ruidoso, siempre apestando a sudor y lleno de gente a punto de tomar decisiones imprudentes. Normalmente, yo sería una de ellas.
Normalmente, me dejaría llevar por el ritmo del bajo, me tomaría un chupito y fingiría que mi vida no es un auténtico desastre plagado de malas decisiones, envueltas en una bonita capa de sarcasmo.
Pero esta noche todo me parecía insoportable.
Las luces de neón brillaban demasiado, la música zumbaba en mi cabeza como un puñetero mosquito y cada carcajada borracha que sonaba a mi alrededor me ponía en tensión.
Ni siquiera mi bebida encajaba con el local.
Agua, fría y sin sabor, para recordarme que era una impostora entre los auténticos locos.
Me apoyé en la barra pegajosa, tomándome a sorbitos mi vaso de agua, forzando una sonrisa.
Las personas se chocaban conmigo al pasar, sin dejar de hablar a gritos o reírse a carcajadas entre ellas, mientras se tomaban un chupito tras otro, como si sus hígados no entrasen en la ecuación.
Se suponía que yo debería ser una de ellos.
Evie Emberson, la divertida, la alocada.
La que nunca se preocupaba por nada ni nadie.
A mi lado, mi novio, o lo que fuera, se me acercó un poco más.
—Hoy estás muy callada. —Su voz cálida se abrió paso a través del estruendo de la música. Estaba tan cerca de mí que su aliento a tequila se me coló directamente en el oído—. Estoy empezando a pensar que tengo a una chica diferente aquí esta noche.
Esbocé una sonrisa falsa y sarcástica.
—Lamento mucho decepcionarte. Quizá deberías llamar a tu ex. Supongo que a ella se le daba mucho mejor que a mí fingir que estaba disfrutando contigo.
Él se encogió de hombros y se le dibujó una sonrisa engreída en la cara, como si se le acabase de ocurrir una réplica irrefutable.
—No hace falta que la metas en esto. Al menos ella sabía cómo divertirse.
Cualquier otra noche su comentario me habría molestado.
Pero esta noche no.
Le di un buen sorbo a mi bebida, pero el agua fría no hizo nada para calmar mis nervios. A lo mejor solo estaba cansada. Quizá no estaba disimulando tan bien como creía. Mi mirada se dirigió hacia un punto detrás de él, hacia las mesas de billar que había en un rincón del local.
O tal vez estaba demasiado distraída.
Era todo rasgos angulosos y marcados, una amenaza andante y silenciosa; un metro noventa de puro músculo, con unos hombros tan anchos que llenaban por completo el umbral de la puerta.
La tinta le recorría los brazos, formando una serie de patrones muy bien pensados, cada trazo era deliberado y llevaba toda una historia escrita en la piel.
Su cabello rubio oscuro le rozó la sien al inclinarse sobre la mesa de billar.
Un peligro. Un peligro hermoso y temerario.
Aiden.
Tiró y se incorporó, irguiéndose por encima de la multitud que lo rodeaba, con el taco todavía en una mano y la otra metida en el bolsillo. Observando atentamente a su alrededor. Sus ojos azules recorrieron la sala, agudos y depredadores, antes de encontrarse con los míos.
Odiaba la forma en que me miraba, como si se preocupase por mí. Como si yo le importase, cuando sabía perfectamente que no era así. Al menos, no de la forma en que yo siempre había querido importarle.
Aiden era el mejor amigo de mi hermano. Estaba prohibido. Era intocable. Era el hombre al que jamás podría tener, lo que solo hacía que lo desease incluso más.
Me volví de nuevo hacia mi novio, su voz se perdió entre el ruido del local, mientras me contaba algo sobre el fútbol fantasy.
Lo cierto era que me daba absolutamente igual que un hombre tuviese un hobby .
Que le gustase construir casitas para pájaros, coleccionar sellos, participar en juegos de rol en los que tuviese que fingir ser un caballero medieval...
, todo eso no me importaba lo más mínimo.
¿Pero obligarme a memorizar las reglas del fútbol fantasy?
Ni de coña, vamos. Ya tenía suficiente con mis propias aficiones como para encima tener que añadir las suyas a la lista.
Mis ojos se desviaron otra vez hacia Aiden de forma inconsciente.
Aunque solo por un segundo. Lo localicé de nuevo entre la multitud, estaba inclinado sobre la mesa de billar, con una chica riéndose a su lado.
Llevaban más de una hora jugando y él no se había apartado de ella en todo ese tiempo.
En ese momento, la chica se echó el pelo hacia atrás y Aiden esbozó una sonrisa socarrona.
De esas que no tenía derecho a dedicarle a nadie que no fuese a mí.
Una oleada ardiente de celos me recorrió la piel.
—Evie —me llamó mi novio, dejando su copa a un lado—. ¿Me estás escuchando?
Suspiré y ladeé la cabeza.
—¿No? Ya te lo he dicho antes, el fútbol fantasy me importa una mierda.
Que pusiese los ojos en blanco solo sirvió para hacer que me enfadara aún más.
—¿Te haces una idea de lo borde que eres? Deberías interesarte un poco por las aficiones de tu novio. Yo al menos me intereso por las tuyas.
—En primer lugar —hice una pausa y le di otro sorbo a mi bebida—, mis hobbies te la pelan.
¿Es que acaso ya te has olvidado de lo que ocurrió la última vez que te enseñé mi ordenador?
¿Cuando te pasaste todo el rato mirando el móvil?
¿O cuando te enseñé el cuchillo que decoré con piedrecitas?
No me hiciste ni puto caso. Y, en segundo lugar, existe una diferencia entre respetar tus aficiones y que me obligues a que se conviertan también en las mías.
—Ah, ¿así que, si lo hago yo, te molesta, pero si es Aiden quien te obliga a dar vueltas por ahí subida a su puñetera moto no pasa nada?
—El ir en moto no es ningún hobby . Si a Aiden le diese de repente por ponerse a darme el coñazo con todas las mejoras que quiere hacerle a su moto, te aseguro que lo obligaría a cerrar la boca. Tal vez incluso usaría mi cuchillo decorado con diamantitos para cerrarle el pico.
—Claro. Seguro que eso no es lo único que le harías con la boca.
Se me formó un nudo en el estómago y la ira hizo que me hirviera la sangre.
—Déjate de gilipolleces —le respondí, ya que no quería que la conversación pasase a girar sobre Aiden, pero la mirada me traicionó, porque mis ojos se desviaron inconscientemente de vuelta hacia él.
—Ya estás mirándolo otra vez.
Me giré de nuevo hacia mi novio.
—¿Qué cojones dices?
—Aiden —escupió—. Siempre estás buscándolo con la mirada. Encontrándolo entre la multitud sin importar dónde esté. Es como si no pudieses evitarlo.
Solté una carcajada seca y amarga.
—A lo mejor es porque él no se pasa todo el rato dándome el coñazo sobre chorradas que no me interesan.
Sus ojos cobraron un brillo afilado y apretó los labios con fuerza, con una mueca de enfado.
—Estás obsesionada con él.
Abrí la boca para negarlo, pero acabé cerrándola de nuevo un segundo después. Quizá porque, en el fondo, sabía que no estaba del todo equivocado, pero no iba a dejar que pensase que tenía razón.
—Y tú estás obsesionado con tu equipo de futbolistas imaginarios —le contesté—. Así que no eres quién para recriminarme nada.
Se me revolvió el estómago al ver la cara que puso, pero no dejé que el miedo se reflejase en mi expresión.
Estaba claro que no debería haber dicho eso.
Nunca había sido especialmente cruel conmigo, pero sabía que tenía bastante mal genio.
Él apretó la mandíbula con fuerza y alargó una mano hacia mí, agarrándome del brazo con más fuerza de la necesaria.
—¿Es que esto te parece gracioso?
—No —respondí, con la voz cargada de rencor—. Pero sí que creo que eres patético. Sabes perfectamente que entre Aiden y yo jamás podrá pasar nada.
—¿Que yo soy patético? Si tú ni siquiera puedes negar que estás obsesionada con él.
¿Que «jamás podrá pasar nada»? ¿Pero tú te estás oyendo?
—Sus ojos ardían de rabia y, por un momento, pensé que quizá diría algo que valiese la pena escuchar.
En cambio, se inclinó hacia mí y bajó la voz hasta que no fue más que un susurro grave y afilado—.
¿Sabes qué? Que ya estoy harto. Ni siquiera mereces la pena.
Actúas como si fueses una tía divertida a la que todo le da igual, pero en realidad estás loca. Y no en el buen sentido.
Sabía que a veces me pasaba de la raya con mi forma de actuar, pero también era plenamente consciente de que esa era la manera más rápida de sacar a alguien de mi vida cuando empezaba a sentir que estaba agotando mi paciencia.
Me puse de pie, con un nudo en el estómago por culpa de sus palabras. Y, como si me hubiese leído el pensamiento, Aiden se volvió a mirarnos, y la mueca de desprecio en su rostro no ayudó a aplacar mi ira.
Alcé la copa que apenas había tocado e incliné el vaso hasta que la mezcla de chupitos que él pensaba que me había estado bebiendo se le derramó encima. Se puso rojo como un tomate de la rabia, y cerró los dedos con más fuerza alrededor de mi brazo.
—Serás zorra...
—Supongo que «zorra loca» sería mucho más acertado, al menos, según tú.
Me zafé de su agarre lo suficiente como para meter la mano en mi pequeño bolso, sacar un mechero e intentar encenderlo.
Odiaba tener que hacer esto. Odiaba tener que ser yo la que estuviese en medio de este bar con este pringado rompiendo conmigo y, lo que era peor aún, odiaba que Aiden lo hubiese visto todo.
Pude notar la ruedecita del mechero girando bajo mi pulgar, pero no logré ver si la llama prendía o no.
Un destello de movimiento llamó mi atención, seguido de un gruñido ronco.
El brazo de Aiden se interpuso entre nosotros, lanzó el codo hacia atrás y después hacia arriba. Mi ex se tropezó por el golpe y se llevó una mano a la nariz, que le empezó a sangrar a borbotones.
—¿Qué coño te crees que estás haciendo? —La voz de Aiden sonaba cortante, gélida.
Mi ex soltó una carcajada amarga y sus labios se curvaron hasta poner una mueca cruel.