24. Elio
ELIO
Avanzo por los terrenos como el arma que me entrenaron para ser, abatiendo a tres sicarios que intentan atravesar el perímetro interior.
Entre el humo y los disparos, por fin veo a Alessio avanzar por el destrozado vestíbulo exterior.
Su seguridad irradia como una armadura, pero bajo ella palpita un arrebato de locura nacido de la desesperación. Ha venido a terminar esto en persona, a eliminar el último obstáculo que se interpone entre él y el poder absoluto.
Yo.
Nuestras miradas se encuentran entre los escombros.
Sobre nosotros cuelga torcida una lámpara de araña, con varias sartas de cristal rotas y esparcidas por el suelo como gotas de lluvia congeladas. El humo serpentea junto al techo y convierte los viejos retratos de las paredes en fantasmas borrosos y acusadores.
En algún lugar detrás de mí, en las profundidades de la finca, otra alarma aúlla.
Los disparos restallan a lo lejos, amortiguados ahora por la piedra, las puertas y las pulsaciones cada vez más intensas dentro de mi cráneo.
Pero aquí, durante un suspiro, la guerra se reduce.
No a las fuerzas de los Conti y los Bianchi.
A dos hermanos.
La sonrisa de Alessio es fría y despiadada. Su voz se propaga con facilidad y produce un leve eco en las paredes salpicadas de sangre que nos rodean.
—Así que a esto hemos llegado.
Un fino reguero de sangre le recorre un lado de la sien, aunque no sé si es suya o de otra persona.
Conociendo a Alessio, lo más probable es que sea de ambos. Sostiene la pistola con laxitud, con el cañón inclinado hacia el suelo, como si este enfrentamiento le resultara tan natural que ya ni siquiera necesitara un arma.
Doy un paso al frente y cierro con más fuerza la mano en torno a la pistola. El metal está caliente y se amolda a mi palma como un viejo compañero que todavía recuerda mi forma.
—Este es el camino que tú has elegido. Si no hubieras orquestado la muerte de Amos Russo, puede que ninguno de los dos estuviera aquí ahora.
Alessio no se inmuta como esperaba que hiciera. Y eso es lo que me desgarra por dentro. No hay ni un destello de sorpresa ni de pánico con el que negar su implicación. Su expresión se endurece sin más; la sonrisa se desvanece y deja al descubierto algo más frío.
Solo lo he visto así una vez, y nunca conmigo. Es la expresión que llevaba cuando Giovano le escupió a la cara y se negó a darle nada, ni siquiera para salvar el pellejo.
Ahora lo veo tal como es en realidad. No es fortaleza, sino orgullo vacío tocado con una corona falsa.
—Ya veo a qué se refería Padre —dice Alessio—. Me contó que fuiste a Italia a buscar el libro de cuentas de Amos.
Mi corazón da un latido fuerte y amargo.
Así que Padre se lo contó.
No debería sorprenderme. En cierto modo, no lo hace. Cualquier ilusión que aún albergara de ser su hijo antes que su peón muere al instante.
Ya no hay vuelta atrás, aunque una pequeña parte de mí conservara la esperanza de que pudiéramos deponer las armas y resolverlo todo de otro modo. La familia siempre ha significado jerarquía y, a ojos de mi padre y mi hermano, yo ya no formo parte de ella.
Alessio levanta ambas manos; con el movimiento, la pistola oscila con laxitud en el aire, en una grotesca parodia de rendición.
Su sonrisa regresa, más tirante ahora.
—Tú más que nadie deberías entender los principios básicos de la economía, Elio. Los beneficios están por encima de los sentimientos.
Las palabras se posan entre nosotros con una fría rotundidad.
Los beneficios por encima de los sentimientos, como si Amos fuera una mala inversión que nuestra familia hubiera perdido el tiempo cultivando.
Alessio continúa:
—Los Russo nunca fueron verdaderos aliados.
Eran la competencia con rostro amistoso.
Amos era demasiado terco y chapado a la antigua para comprender hacia dónde se dirigía la ciudad.
Nunca quiso cambiar. —Sus ojos relucen entre el humo mientras me observa—.
Hice lo que había que hacer para que nuestra familia sobreviviera.
No hay remordimiento en sus ojos, solo orgullo por haber destruido una alianza de décadas en su propio beneficio y asesinado a un hombre que en otro tiempo se sentó a nuestra mesa, nos estrechó la mano y confió tanto en las promesas de los antiguos acuerdos que no vio venir el cuchillo.
Aprieto tanto la pistola que me duelen los nudillos.
—Lo has destruido todo, Alessio.
Sus labios se curvan.
—Eliminé un obstáculo.
—Mataste a un patriarca y destruiste a toda una familia.
Alessio se ríe por lo bajo.
—Mírate... Todavía vas detrás de ella con la lengua fuera después de tantos años. Me preguntaba si esa sería la debilidad que Padre oyó en tu voz cuando te marchaste a Italia.
—No hables de ella.
Su sonrisa se ensancha.
—He de reconocer que me sorprendió descubrir que había sobrevivido después de tanto tiempo. Creía que la pobreza se la habría tragado mucho antes. Una palomita privilegiada como ella apenas podría desenvolverse en el mundo real.
Alzo la pistola lo suficiente para apuntarle justo al pecho.
Sus ojos centellean divertidos.
—Aunque siempre fue lista, ¿verdad? Amos se aseguró de ello.
La llevaba a rastras por lugares donde no pintaba nada y le enseñaba a interpretar situaciones en las que no tenía por qué meter las narices.
Antes creía que su padre solo presumía de su preciosa heredera.
—Inclina la cabeza—. Ahora me pregunto si él lo sabía...
—¿Si sabía qué? —pregunto mientras flexiono la mano alrededor de la empuñadura.
—Que alguien tendría que heredar su patético sindicatito cuando él ya no estuviera. Lástima que ella huyera antes de que pudiera suceder. —Entonces añade, casi como si acabara de ocurrírsele—: Con tu bebé.
Eso me hace estremecer.
Nos criaron bajo la misma mano, bajo el mismo padre gélido. El mismo imperio nos enseñó lo que significaba ser un Conti y nos arrodillamos ante las mismas expectativas hasta que quedaron grabadas en nuestros huesos.
Nos enseñaron que el amor es un lastre, la misericordia una enfermedad y la ternura una puerta que los enemigos derribarán de una patada al margen de sus lealtades anteriores; sin embargo, en algún momento y de algún modo, llegamos a destinos muy distintos.
Ojalá supiera dónde ocurrió. En qué momento mis sentimientos y los suyos empezaron a desviarse en direcciones opuestas.
¿Fue por Isabella?
¿Fue antes de conocerla?
¿Siempre hubo algo en Alessio que veía oportunidades donde yo, incluso en mis peores momentos, aún veía el cadáver, la persona, la verdad que había debajo? ¿O es una mentira que me cuento ahora porque necesito creer que nunca estuve tan cerca de convertirme en él como temo?
Alessio me estudia; la diversión se transforma con rapidez en impaciencia.
—¿Es esa tu respuesta definitiva, Elio? ¿Eliges su bando en vez del nuestro?
Mi dedo se cierne sobre el gatillo.
—Sí.
Se lanza hacia la izquierda antes incluso de que la bala pueda abandonar la recámara de mi pistola y choca contra mí. Caemos al suelo hechos un ovillo, moviéndonos con idéntica destreza aunque nos impulsen propósitos opuestos.
Cada golpe arrastra consigo nuestra historia, y cualquier resentimiento enterrado desde la infancia termina ahora por supurar hasta la superficie.
La presión de las expectativas, el discreto favoritismo de nuestro padre, las décadas que pasé persiguiendo la aprobación de Alessio incluso mientras me envenenaba...
Todo ello se derrama en cada golpe que le asesto a mi hermano.
Él responde con golpes propios que hacen estallar estrellas ante mis ojos.
Nuestras fuerzas están igualadas, pero sus movimientos no tardan en volverse erráticos, alimentados por la desesperación que lo empujó a entrar en el campo de batalla.
Los míos se vuelven certeros, agudizados por la necesidad de proteger lo que es mío y por la promesa que le hice a Isabella justo antes de marcharme.
Lo inmovilizo contra el suelo, me siento a horcajadas sobre él y descargo los puños una y otra vez.
Él se ríe entre dientes ensangrentados, presa de la locura incluso ahora.
—Siempre fuiste una decepción a sus ojos. Espero que lo sepas.
La ira me invade y lo agarro por el cuello para estamparlo de nuevo contra el suelo. Le inmovilizo el pecho con la rodilla mientras la sangre me cubre los nudillos.
Solo cuando su rostro queda destrozado y él jadea en busca de aire me aparto y recupero la pistola que se me ha caído.
No siento triunfo alguno, solo desolación, cuando mi dedo encuentra de nuevo el gatillo y apunto directo a su pecho.
—Adiós, Alessio.
Inspira una última vez, de forma entrecortada, antes de decir:
—Que te jodan, Elio... Púdrete en el infierno.
El estampido de la bala al abandonar la recámara es ensordecedor y, con ella, cerceno el último vínculo que en otro tiempo me unió al legado de los Conti.
Permanezco de pie junto a su cuerpo caído, con el pecho subiendo y bajando y los nudillos abiertos y sangrantes, mientras su sangre se acumula sobre la piedra bajo él.
Durante un largo instante, no puedo moverme.
Contemplo al hombre que moldeó gran parte de mi vida y siento que me arden los ojos.
El hermano al que admiré, el hombre cuya aprobación perseguí incluso mientras me vaciaba por dentro, se ha ido.
Hace ocho años, me convenció para que abandonara a la mujer que amaba porque le creí cuando me dijo que debía sacrificarme, que la lealtad exigía destruir todo cuanto me ablandaba y que ser fuerte significaba renunciar a aquello que me hacía humano.
Para él, el deber consistía en elegir el poder por encima de cualquier clase de felicidad.
Pero ahora, mientras contemplo el cuerpo de Alessio, por fin veo el verdadero precio de esa creencia.
Mi hermano construyó su vida destruyendo alianzas y asesinando a quienes se interponían en su camino.
Sacrificó vínculos, confianza, familia y amor solo porque creía que podían volverlo vulnerable. Al hacerlo, fracturó el mismo imperio que aseguraba querer preservar.
Comprendo, con un dolor tan profundo que casi me hace caer de rodillas, que en otro tiempo yo recorrí el mismo camino.
Si hubiera permanecido bajo la sombra de Alessio y seguido permitiendo que el apellido Conti dictara los límites de mi corazón, podría haberme convertido exactamente en alguien como él, convencido de que el poder justificaba destruir todo lo demás.
Pero Isabella me cambió.
Me obligó a ver que la verdadera fortaleza no se mide por lo que un hombre es capaz de destruir, sino por aquello que se niega a perder.
Y ahora que Alessio se ha ido, comprendo algo que no fui capaz de entender hace ocho años.
Un legado no se construye sobre el sacrificio. Se construye sobre el amor que una vez intenté abandonar y la familia que estuve a punto de perder por ello.
No volveré a cometer el mismo error.
Me agacho y cierro los ojos de mi hermano con los dedos manchados de sangre.
—Sé libre, hermano.
Me levanto despacio y me marcho para buscar a la mujer que me hizo sentir completo.
Por primera vez en mi vida, sé exactamente qué aspecto tiene la victoria.
Es la mano de Isabella entrelazada con la mía, Matteo a salvo entre nosotros y un futuro que construiremos juntos a partir de las cenizas de todo cuanto estuvimos a punto de perder.