22. Elio
ELIO
Ha pasado casi una semana dentro de la finca fortificada de Davide Bianchi. Cada hora ha sido como caminar por el filo de una navaja entre la salvación y la condenación.
Les he contado todo cuanto sé: desde los códigos hasta el refugio, las rutas utilizadas para las entregas de suministros y los nombres de los hombres que siempre serán leales a mi hermano y a mi padre.
Davide lo asimila todo sin llegar a confiar nunca del todo en mí, pero aun así utiliza la información.
Isabella permanece cerca durante las sesiones de planificación; su mente brillante disecciona cada detalle que les proporciono y su mirada dorada como la miel se desvía hacia mí solo cuando cree que no me daré cuenta.
La tensión entre nosotros es algo vivo, denso y eléctrico, exacerbado por el recuerdo de su cuerpo contra la pared de la terraza y por la confesión que aún me quema en la lengua.
Me ama y Matteo es mío.
Ese conocimiento no me llena de tanto orgullo como habría esperado. En su lugar, viene acompañado del dolor por siete años de mañanas perdidas, rodillas desolladas, almuerzos escolares, cuentos antes de dormir, cumpleaños y fiebres.
Siete años en los que un niño ha ido adquiriendo mis rasgos sin saber siquiera que yo existía. Isabella pasó años sobreviviendo sola porque no le di ningún motivo para creer que, cuando llegase la hora de la verdad, elegiría algo distinto al deber.
No sería justo odiarla por ocultármelo. No lo hizo por crueldad. Entiendo por qué decidió huir y esconderlo del apellido Conti.
Matteo nunca se aleja demasiado de ella. Mi hijo me observa con serena curiosidad y formula preguntas cautelosas que ahondan más que cualquier interrogatorio al que me haya enfrentado.
Respondo a cuanto puedo e intento ganarme una confianza que aún no merezco. Cada pequeña sonrisa que me dedica se siente como un regalo y un castigo a la vez.
Uno que acepto de buen grado y sin cuestionarlo.
Sin embargo, esta noche ese frágil equilibrio se rompe cuando mi teléfono vibra sobre la mesilla y me despierta.
Al principio creo que forma parte de un sueño. Un zumbido lejano bajo la superficie del sueño, tenue e insistente como una mosca atrapada detrás de un cristal. Mi cuerpo se resiste porque, por primera vez en días, quizá en años, he logrado sumirme en algo parecido al descanso.
Isabella está cálida contra mí, con la espalda acurrucada contra mi pecho y el cabello derramado sobre mi brazo.
Durante unas horas robadas, la guerra que se libra más allá de los muros de Davide ha parecido una bestia que merodea en algún lugar al otro lado de los límites de la propiedad, en vez de estar respirándome en la nuca.
Tiene una mano apoyada sobre la mía, allí donde descansa contra su vientre. Incluso dormida, me la mantiene allí, como si una parte de su cuerpo hubiera olvidado todas las razones por las que debería apartarme.
El teléfono vuelve a vibrar.
Isabella se remueve apenas; sus dedos se cierran sobre los míos antes de relajarse. Me quedo inmóvil, esperando a ver si despierta. Su respiración sigue siendo pausada y su cuerpo permanece encogido sobre el colchón, con el agotamiento pesando en cada una de sus líneas.
Debería dejar que salte el buzón de voz. Lo sé antes de moverme. No quedan muchas personas que aún tengan este número, y ninguna de ellas tiene las manos limpias.
Durante los últimos días me he ganado la suficiente confianza de Davide para que vuelva a permitirme utilizar el teléfono, un privilegio del que me he cuidado mucho de no aprovecharme.
Sé lo que cuesta la confianza en casas como esta. Sé con qué rapidez puede convertirse en un collar alrededor del cuello si no se maneja con cuidado.
Me aparto de Isabella con cautela. Emite un suave sonido mientras duerme y se vuelve un poco hacia el calor que dejo atrás. Verla así me retuerce algo en lo más hondo.
Durante años soñé con volver a tenerla a mi lado. Nunca imaginé que tendría que abandonar la cama como un ladrón porque alguien me estuviera llamando.
Me vuelvo para coger el teléfono. El número que parpadea en la pantalla me hiela la sangre en las venas.
Mi padre.
Contemplo su nombre hasta que las letras dejan de parecer correctas. Podría ignorarlo. Debería ignorarlo.
Nunca ha salido nada bueno de responder a las llamadas de mi padre, y menos aún ahora, cuando llevo varios días desaparecido desde que mi vuelo regresó de Italia.
El pulgar se desliza por la pantalla casi sin que me dé cuenta.
Mientras me levanto, aprieto unos instantes el teléfono contra el pecho y dejo que el silencio al otro lado escuche los latidos de mi corazón antes de alejarme de la cama. El suelo está frío bajo mis pies descalzos.
Cruzo la habitación sin encender la luz y salgo al balcón privado que domina los terrenos de Davide.
—Elio. —La voz de mi padre corta desde el otro extremo de la línea, teñida de autoridad y, sorprendentemente, de agotamiento.
Vittorio Conti no es un hombre que jamás parezca cansado. Les arranca la vida a sus enemigos y se deleita con la satisfacción de ver desmoronarse a quienes considera más débiles.
Sin embargo, esta noche hay algo gastado bajo su ira, algo lo bastante raído como para permitirme oír su edad.
—¿Dónde coño te has metido? Llevo tiempo intentando localizarte. Isabella y el niño han desaparecido. Alessio está poniendo la ciudad patas arriba para encontrarlos. Sé que tu vuelo aterrizó hace días. Vuelve a casa de inmediato —exige.
Me apoyo contra la barandilla de hierro y contemplo las patrullas armadas.
—No.
A continuación se hace un silencio atónito.
—¿Qué acabas de decir?
Aprieto la barandilla hasta que los nudillos se me ponen blancos.
Hubo un tiempo en que esas palabras habrían puesto mi cuerpo en movimiento antes de que mi mente tuviera ocasión de oponerse. Ahora golpean algo que lleva mucho tiempo frío.
—No.
Se hace un silencio atónito. Resulta casi satisfactorio.
—¿Qué acabas de decir?
—He dicho que no.
—Elio.
Cuando era niño, utilizaba mi nombre como una mano cerrada sobre mi nuca, sacudiéndome hasta arrancarme del cuerpo cualquier atisbo de rebeldía y dejar tan solo obediencia ciega.
Antes, una sola palabra transmitía todo ese peso de posesión y me decía en silencio: Eres mi hijo, mi sangre, mi arma. Tú no te niegas a obedecerme.
Cierro los ojos un instante.
Lo único que veo es la letra de Amos Russo.
Alessio Conti se reunió conmigo en privado.
Amenazó con eliminarme por ser un obstáculo.
Elio no es capaz de verlo.
Abro los ojos.
—¿Sabías que Alessio se reunió con Amos Russo en privado semanas antes del asesinato? ¿Que le ofreció un acuerdo para fusionar territorios y amenazó con eliminarlo si se negaba?
Al otro lado se hace tal silencio que oigo mi propia respiración. Entonces mi padre gruñe:
—¿De qué coño estás hablando?
—Te estoy haciendo una pregunta.
—Y yo te estoy ordenando que vuelvas a casa. Ahora.
El viejo instinto se agita una vez dentro de mí, una cadena fantasma que se tensa alrededor de mi garganta, aunque poco a poco ha empezado a aflojarse. Lo interrumpo antes de que pueda tirar con más fuerza.
—Vi el diario privado de Amos y las entradas fechadas de aquella época. Lo anotó todo.
Su voz se endurece.
—¿Dónde estás?
—No importa.
—Importa mucho si te has puesto en medio de una guerra que no entiendes.
Casi se me escapa una carcajada.
Un aliado muerto… Incluso ahora intenta salvar las apariencias, pese a que los fantasmas de su pasado han regresado para atormentarlo y señalarlo con el dedo acusador.
¿Siempre me ha considerado un necio? ¿O es que he sido tan dócil toda mi vida que nunca ha necesitado convencerme para que lo creyera?
—Pero al final ya no era aliado tuyo —digo—. ¿Verdad?
—Elio.
—¿Lo sabías —replico con brusquedad— o no?
—Estás dejando que esa mujer Russo vuelva a envenenarte.
Como si la única explicación para mi repentina desobediencia fuera su influencia, y no que lo que encontré en Italia demuestra que los engaños de nuestra familia llegan mucho más lejos de lo que jamás imaginé.
Resulta insultante que crea que mi conciencia es demasiado débil para despertar sin que una mujer me susurre traiciones al oído.
Que, de algún modo, sigo siendo el niño al que moldeó, incapaz de ver la podredumbre oculta debajo a menos que otra persona me envenene para obligarme a contemplarla.
—Vuelve a casa. Solucionaremos esto juntos, como una familia. Es una orden —dice.
Familia.
Ahora esa palabra me revuelve el estómago.
Durante casi toda mi vida, la familia fue a la vez el altar y el cadalso a cuya merced me entregaba. La veneré, sangré por ella y sacrifiqué todo lo que amaba porque eso era lo que se me exigía una y otra vez.
Mi padre hablaba de la familia como si fuera algo sagrado que debía preservarse, pero la construyó como una prisión de la que ninguno de nosotros tenía permitido escapar.
—¿Lo sabías? —espetó.
Mi padre no dice nada durante el tiempo suficiente para que la última parte estúpida y leal de mí albergue esperanzas.
Quizá no lo sabía.
Quizá Alessio también le mintió.
Quizá mi padre se benefició de aquella muerte sin saberlo ni ordenarla, y solo se enteró después, cuando ya era demasiado tarde para hacer nada.
Tal vez creyera que examinar los hechos demasiado de cerca no solo pondría en peligro su sindicato, sino también la vida de su hijo.
Quizá no pudiera soportar las consecuencias de llevar a juicio a mi hermano.
Sin embargo, cuando por fin responde, confirma lo que siempre he sabido y me he negado a creer hasta ahora.
—Amos estaba entorpeciendo nuestros planes. Había que eliminarlo.
Durante unos instantes no puedo moverme.
Lo único que veo es la sangre desvaída de Amos Russo manchando los peldaños de mármol y a Giovano desplomado en aquella silla, desangrándose por la herida del pecho mientras se negaba a darnos nada de valor que pudiéramos utilizar contra la única persona que ayudó a escapar al último vestigio de Amos.
Mantengo el teléfono pegado a la oreja.
Mi padre prosigue, ahora con una voz más fría.
—No conviertas esto en algo sentimental.
Amos llevaba mucho antes de morir acercándose a Bianchi.
De haber permitido que aquello continuara, habría fragmentado nuestras rutas y dejado al descubierto la mitad de nuestra infraestructura durante el proceso.
Alessio actuó de forma precipitada, sí, pero el resultado era necesario.
Aprieto tanto el teléfono que la carcasa cruje.
—Dejaste que creyera que ella estaba implicada.
—Necesitabas alejarte de ella —argumenta—. Era una distracción. Ejercía demasiada influencia sobre ti en el peor momento posible. Puede que Alessio se equivocara en algunos detalles, pero tenía razón en una cosa. Ella siempre te ha debilitado.
Miro a través de las puertas de cristal. Dentro, pese a la oscuridad de la habitación, distingo la silueta de Isabella en la cama, todavía acurrucada de lado y con una mano apoyada cerca del espacio que he dejado vacío mientras duerme.
Te ha debilitado.
No, siempre ha sido justo lo contrario. Ha sido lo único en mi vida que me ha llevado a preguntarme si la fortaleza cimentada sobre la obediencia era algo que de verdad quería o algo de lo que debería haberme liberado hace mucho, cuando me pidió que huyéramos juntos.
—Entonces, ¿te das cuenta de lo que has hecho? —pregunto—. ¿De lo que significa? No puedo apoyarte. No lo haré.
—Entonces eres un traidor —responde.
Bajo el teléfono sin contestar y termino la llamada.
La culpa y el agotamiento se abaten sobre mí en oleadas. La familia por la que me educaron para morir, el hermano al que admiré en otro tiempo, el padre que intentó convertirme en el arma perfecta y obediente… Todo se ha construido sobre mentiras que ya no puedo seguir ignorando.
Me vuelvo para entrar.
Isabella se incorpora cuando me acerco a la cama; su cabello castaño le cae sobre un hombro y sus ojos dorados como la miel me observan con esa intensidad feroz que siempre me ha dejado al descubierto, incluso cuando aún está medio dormida.
Alarga la mano hacia mí sin preguntar y me invita a volver a la cama.
Dejo el teléfono sobre la mesilla, me deslizo a su lado y la atraigo hacia mí para hundir la cara en su cabello. Aspiro profundamente su aroma y dejo que me inunde y sofoque las oleadas de dolor.
—¿Estás bien? —pregunta.
La pregunta es queda, pero soporta el peso de todo cuanto hemos perdido durante la casi década que hemos pasado separados.
La miro a ella, a la mujer a la que abandoné y de lo que me he arrepentido desde entonces, a la única persona que me ha hecho desear ser algo más que el arma forjada por la mano de mi padre.
—Estoy contigo. —Le sostengo el rostro entre ambas manos—. Te doy mi palabra. Te elijo a ti. A partir de este momento, mi lealtad pertenece a la familia que hemos creado juntos. A nadie más.
Escudriña mis ojos en busca de cualquier indicio de vacilación. Al no encontrar ninguno, se inclina hacia mí y apoya la frente contra la mía.
—Te quiero.
—Yo también te quiero.
Por primera vez desde que me marché hace ocho años, siento que el peso sobre mi pecho se aligera. Ya no soy el subjefe que lo sacrificó todo por el apellido Conti. Soy el hombre que lo reducirá todo a cenizas para proteger lo que de verdad importa.
Y nunca volveré a alejarme de ello.