Accidental Alliance (Mafia Lords of Sin 15) 21. Isabella #3
94%

21. Isabella #3

—Elio —exhalo contra su boca.

Se estremece al oír su nombre en mis labios. Apoya la frente contra la mía; ambos respiramos con demasiada fuerza, con nuestros cuerpos entrelazados. Me sostiene un lado de la cara con la mano y su pulgar tiembla sobre mi pómulo.

—Dime que pare —dice con aspereza, apenas dueño de sí mismo.

Los ojos me escuecen con lágrimas nuevas. Lo miro fijamente: al hombre que ha sido tanto un arma contra mi garganta como el único bálsamo que he conocido para la herida que dejó tras de sí.

El padre de mi hijo. El enemigo que está lo bastante cerca para convertirse en refugio... si soy lo bastante necia para apoyarme en él.

Mis dedos se cierran con más fuerza sobre su camiseta.

—No pares.

Algo salvaje destella en sus ojos oscuros.

Vuelve a besarme, esta vez más despacio, aunque no de forma menos devastadora. Sus labios se mueven sobre los míos con una concentración dolorosa, con una ternura entretejida en la bruma que resulta casi insoportable.

Sus manos descienden por mis costados y me aferran las caderas con una fuerza posesiva mientras me alza más contra el muro.

Rodeo su cintura con las piernas por instinto y siento la longitud gruesa y dura de su erección presionando contra mi centro a través de la ropa.

Se me escapa un gemido entrecortado y Elio lo devora con avidez mientras se frota despacio contra mí como si no pudiera evitarlo.

La fricción hace que las chispas recorran mi cuerpo y el calor se acumule en la parte baja del vientre.

—Dios, Isabella —gruñe contra mis labios antes de comenzar a cubrirme el cuello de besos—. Necesito estar dentro de ti de una puta vez.

Las lágrimas me resbalan por las mejillas. No sé si se deben al placer, al dolor o a la aterradora esperanza que florece en mi pecho de que esto sea lo que he deseado durante tanto tiempo. Solo sé que no puedo soltarlo.

Mis manos empujan su camiseta hacia arriba, desesperadas por sentir su calor.

Mantengo las palmas apoyadas en su pecho y dejo al descubierto la piel ancha y cubierta de cicatrices que antaño recorrí con dedos reverentes.

Desliza una mano bajo mi jersey y empuja la tela hasta mi pecho, mientras con la otra rasga las costuras interiores de mis leggings.

El fresco aire nocturno besa mis muslos desnudos antes de que su palma se deslice entre nosotros y cubra con gesto posesivo mi sexo por encima de las bragas de encaje.

—Ya estás tan mojada... —gime.

Dos dedos gruesos apartan el encaje y se deslizan entre mis pliegues, rodean mi clítoris y después se hunden profundamente en mi interior.

Dejo escapar un grito ahogado y la cabeza se me vence contra la piedra mientras curva los dedos a la perfección y acaricia ese punto que hace estallar estrellas tras mis párpados.

Su boca se aferra a mi cuello y succiona la piel con fuerza suficiente para dejar una marca mientras me folla con los dedos.

Me corro con fuerza y rapidez, contrayéndome alrededor de sus dedos con un grito quebrado que suena como su nombre.

No se detiene, prolonga el orgasmo hasta que tiemblo y jadeo contra él. Entonces sus dedos desaparecen. Jadeo al oír el sonido de su cremallera y el corazón me da un vuelco por la expectación y la necesidad descarnada.

Se libera, grueso y pesado, con la punta húmeda. Con una embestida brutal, se entierra por completo dentro de mí.

—Joder —gemimos los dos al mismo tiempo.

Siento cada centímetro, llenándome de una forma tan absoluta que no queda espacio para nada más. Durante unos instantes permanecemos unidos, respirándonos el uno al otro.

Entonces empieza a moverse.

Cada potente embestida me sacude contra el muro de piedra; sus caderas arremeten hacia delante mientras me reclama con el hambre reprimida que sé que lleva combatiendo desde la noche en que me tomó con la misma brutalidad en aquella habitación de la casa segura.

Me aferra la cadera con fuerza suficiente para dejarme un moratón y me sostiene erguida para él mientras la otra mano me sujeta por debajo del muslo. El sonido húmedo de nuestros cuerpos al encontrarse llena el aire nocturno y se mezcla con mis gemidos quebrados y sus gruñidos bajos y guturales.

—Te quiero —dice con voz áspera junto a mi oído—. Siempre te he querido, Isabella.

Jadeo y le clavo las uñas en los hombros mientras el placer se tensa cada vez más.

—Joder, Elio... Yo... yo también te quiero.

Me folla con más fuerza, rozándome el clítoris con cada embestida profunda hasta que vuelvo a hacerme añicos y grito mientras mis paredes palpitan y aletean alrededor de su polla.

Él se precipita tras de mí con un gemido salvaje, enterrándose tan hondo como puede y derramándose en mi interior, pulsación tras pulsación de calor que me marca desde dentro.

Sus brazos me envuelven de forma protectora, como si temiera que lo apartara en cuanto me soltara. Cuando por fin se retira lo suficiente para mirarme, sus ojos oscuros están llenos de emoción descarnada.

—Repítelo —murmura con voz ronca.

Le sostengo el rostro entre ambas manos, con el corazón desbocado tanto por el terror como por el alivio.

—Te quiero, Elio Conti.