20. Isabella
ISABELLA
Lo bajan al sótano y lo encierran en una sala de interrogatorios iluminada con una crudeza despiadada.
Las paredes de hormigón están pintadas de un gris mortecino. Hay un desagüe en el centro del suelo y una única luz en el techo. Dos sillas, atornilladas al suelo, quedan separadas por una mesa de acero que tiene una anilla metálica en el centro y una cadena corta unida a unas esposas.
Sientan a Elio en una de las sillas, con los brazos extendidos ante él y ambas muñecas atrapadas en las esposas.
Las esposas no parecen encajar con él. Ese es mi primer pensamiento, y me odio por tenerlo. No porque me dé lástima —no me la da—, ni porque pueda permitírmelo en un ambiente tan hostil como este.
Compadecer a un hombre así es un lujo que, de todos modos, no tengo derecho a permitirme. Pero, aun así, ver a Elio encadenado provoca algo extraño en mí.
Por lo general, él es el único de la sala que tiene las llaves.
Permanezco detrás de un espejo de visión unilateral, rodeándome el cuerpo con los brazos con tanta fuerza que los dedos se me clavan en las costillas.
El cristal refleja tenuemente mi imagen sobre su cuerpo, una proyección fantasmal superpuesta a un prisionero. Aún tengo el pelo húmedo de la ducha que apenas recuerdo haberme dado antes de bajar aquí.
Después de ducharme, el ama de llaves principal de Davide me ha dado un jersey negro y suave y unos pantalones holgados, ambas prendas demasiado elegantes para alguien como yo.
Mi reflejo en el cristal me hace parecer más limpia de lo que me siento. La sangre seca ha desaparecido de mis manos, pero todavía puedo sentirla bajo las uñas, aunque ya no esté ahí.
Solo han pasado unos días desde la última vez que vi a Elio, pero parece que haya transcurrido toda una vida.
Verlo aquí atrapado, sin forma de salir de esa habitación, me resulta extraño de un modo que no sé definir del todo. Nunca pensé que llegaría el día en que Elio Conti sería quien estuviese sometido a un interrogatorio, y no al revés.
Una parte de mí quiere sentirse satisfecha, quiere apoyar la palma contra el cristal y reírse de la poética ironía de la situación.
Que sienta una fracción de lo que me hizo sentir a mí y quede a merced de otro, con sus opciones reducidas a la compasión que decida concederle el hombre sentado frente a él.
Davide entra en la sala y cierra la puerta tras de sí.
Sigo sus movimientos con la mirada a través del espejo mientras se dirige despacio hacia la otra silla y toma asiento. Junta las manos ante sí y entrelaza los dedos.
—Aunque siento curiosidad por saber cómo has encontrado este lugar, supongo que a estas alturas ya no importa demasiado.
La voz de Elio llega con claridad a través de los pequeños altavoces situados a ambos lados del cristal. —Tengo que hablar con Isabella.
Davide suelta una risa fría. —¿Crees que estás en posición de exigir nada, Conti?
—No he venido a negociar contigo —responde Elio.
Sus ojos se desplazan por encima del hombro de Davide y se clavan en el espejo como si pudiera atravesarlo con la mirada y verme al otro lado.
Un escalofrío me recorre la espalda.
No puede verme. La parte racional de mi mente lo sabe. Solo se ve a sí mismo, la mesa, a Davide y la luz despiadada que tiene encima. Es imposible que sepa dónde estoy y, sin embargo, su mirada encuentra la mía con la misma precisión imposible de siempre.
Durante un instante, la sala de interrogatorios desaparece y vuelvo a estar en su apartamento, con las luces de la ciudad ardiendo a nuestras espaldas.
Vuelvo a estar en el refugio de los Conti, con su cuerpo demasiado cerca y mi odio incapaz de impedir que reaccione a su contacto como debería.
—No estás en posición de negociar con nadie —dice Davide.
Elio vuelve a centrar la atención en él. —Cinco minutos. Es lo único que quiero. Después te daré lo que tú quieres.
—¿Lo que yo quiero? —pregunta Davide.
—Un respiro ante el avance de mi familia sobre tu territorio. Te ayudaré a hacerlos retroceder.
Davide se queda inmóvil durante una fracción de segundo.
El tiempo suficiente para que Elio lo advierta, a juzgar por la leve tensión que se forma alrededor de sus ojos mientras observa al hombre sentado ante él. Davide guarda silencio unos instantes antes de levantarse despacio.
Elio lo sigue con cautela, aunque ahora que me permito observarlo más de cerca distingo el agotamiento bajo la máscara que mantiene su expresión hermética.
Tiene los ojos inyectados en sangre y unas leves sombras oscuras debajo, como si dormir se hubiera convertido en algo que ya no recuerda cómo hacer.
Me odio por la pequeña punzada de ternura que siento a continuación.
Davide cruza la sala al mismo tiempo que yo me muevo en el cuarto de observación, con el cuerpo actuando antes de que sea plenamente consciente de ello. Abre la puerta y sale al pasillo.
Me reúno con él allí y la puerta se cierra a su espalda con un chasquido amortiguado. Hay dos guardias de los Bianchi apostados cerca de las escaleras y otro al final del pasillo, todos fingiendo no observarnos con demasiada atención.
Siento que una oleada de ansiedad helada me invade.
—¿Qué crees que quiere? —pregunta Davide.
Niego con la cabeza. —No lo sé. No me imagino que haya venido hasta aquí para preguntarme cómo escapé o por qué. Es imposible saber qué lo ha llevado a hacer esto sin ningún tipo de apoyo.
Davide asiente despacio, adoptando una expresión pensativa. —Sí. Yo también estoy un poco desconcertado.
Vuelvo la mirada hacia la puerta de la sala de interrogatorios.
Odio que siga afectándome tanto. Quiero que se vaya y, sin embargo, al mismo tiempo quiero que me dé respuestas.
Quiero dejar de sentir esta atracción gravitatoria hacia él desde cualquier estancia que nos separe. A estas alturas, se ha convertido en una especie de enfermedad incurable.
Davide baja la voz. —Isabella, no le debes esos cinco minutos.
Suspiro y vuelvo a mirarlo. —Lo sé.
Conozco el peligro. Siento que emana de Elio incluso desde el otro lado de la puerta cerrada. Pero algo más profundo me susurra que necesito oír lo que tiene que decir.
La parte de mí que antaño confió en él más que en nadie sigue viva en mi interior, por muy rota que esté ahora.
Davide acaba cediendo, aunque a todas luces le disgusta hacerlo. —Cinco minutos. Si intenta algo, le pego un tiro en la cabeza.
Asiento.
En cuanto entro en la sala de interrogatorios y la puerta se cierra tras de mí, el ambiente cambia.
Los ojos oscuros de Elio se clavan de inmediato en mí. Se inclina hacia delante tanto como se lo permiten las ataduras que lo retienen en la silla, abrasándome con su mirada sombría.
Me siento despacio en la silla que ocupaba Davide hace solo unos instantes. El cuero aún está un poco cálido bajo mi cuerpo. Junto las manos sobre la mesa y entrelazo los dedos con tanta fuerza que los nudillos amenazan con volverse blancos.
Bajo la mesa, mantengo las rodillas juntas, la espalda recta y la barbilla alzada. Mi rostro muestra la serenidad que mi padre me enseñó a adoptar.
Por fuera, estoy segura de parecer la estratega impecable que Amos Russo hizo de mí. El último miembro de un imperio muerto y la única Russo que aún lleva la sangre de mi padre.
Todo es una máscara destinada a impedir que nadie vea lo que se esconde en realidad debajo.
El corazón me golpea con tanta violencia que noto cada latido contra el esternón.
Su sonido me llena los oídos y ahoga el leve zumbido de la luz que tenemos encima y el murmullo de los movimientos al otro lado de la puerta.
Que Elio y yo estemos enfrentados no es ninguna novedad. Tal vez haya sido inevitable desde el principio. Un Russo y un Conti nunca estuvieron destinados a estar en el mismo bando.
Nuestras familias han construido legados enteros sonriendo por encima de las mesas mientras afilaban debajo las hojas destinadas a apuñalarse mutuamente. Encontrarnos en lados opuestos de una misma mesa no debería sorprenderme y, sin embargo, por algún motivo, esta vez lo hace.
Porque esta noche el equilibrio no es el correcto.
El lobo está enjaulado y soy yo quien tiene la llave.
Es lo último que esperaba cuando huí del refugio. Nunca imaginé que Elio entraría por su propio pie en la casa de un rival ni que todo el poder quedaría dispuesto, al menos durante este breve instante, de mi lado de la mesa.
Elio entreabre los labios.
Antes de que pueda hablar, lo interrumpo. —Mi tío. ¿Está...?
No puedo terminar la frase. Odio que, después de todo, aún haya una parte pequeña y estúpida de mí incapaz de obligarme a pronunciar la palabra vivo.
La sorpresa cruza fugazmente su rostro. No me insulta negando que mi tío estuviera allí ni finge no saber qué le estoy preguntando.
Solo exhala con suavidad y niega con la cabeza.
El corazón se me desploma tan deprisa que siento como si cayera a través del hielo.
Ya lo sabía. Claro que sí.
En cuanto oí aquel disparo, una parte de mí comprendió sin lugar a dudas que el hombre que tanto había arriesgado por ayudarme a desaparecer ya no estaba en este mundo. Lo sentía en los huesos incluso antes de ahora, aunque me negara a aceptarlo.
Solo... pensé que quizá existía la posibilidad de que me equivocara.
Que tal vez lo que había oído fuese otra cosa: un disparo de advertencia, una bala que no acertó. Pensé que quizá, solo quizá, el mundo me permitiría recordar mal una única cosa terrible. Por desgracia, el mundo nunca ha sido tan benévolo conmigo.
Bajo la mirada hacia mis manos antes de que Elio pueda ver demasiado, pero ya sé que lo ve. Siempre ha sido capaz de verlo todo. Esa ha sido siempre una de las cosas más peligrosas de él.
Aprieto aún más los dedos entrelazados. La presión duele, pero agradezco el dolor. Me ofrece algo a lo que aferrarme que no es la pena.
Mi tío.
El único hermano de mi padre.
Un hombre que una vez me llevó a hombros por los jardines de mi familia mientras mi madre lo regañaba por dejar que me manchara de barro la ropa limpia.