Accidental Alliance (Mafia Lords of Sin 15) 19. Isabella
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19. Isabella

ISABELLA

Trabajamos durante toda la mañana y hasta bien entrada la tarde.

Al principio, me digo que solo escucho para asimilar los detalles que expone Davide.

No tiene sentido extralimitarme y tomar las riendas de un plan cuando aún no sé dónde está el problema, qué hombres lo han traicionado ni qué partes de su territorio han cambiado ya de manos.

Lo apunto todo porque mis manos necesitan mantenerse ocupadas. Si dejo de moverlas, quizá intente alcanzar a Matteo, aunque está sentado a menos de un par de metros, acurrucado contra un extremo del sofá con una tableta apoyada en el regazo.

Uno de los hombres de Davide se la ha traído después del desayuno, junto con unos auriculares y una manta suave que le ha colocado doblada sobre las piernas.

Me consuela un poco verlo bien atendido.

Sin embargo, lo que no me consuela es que, cuanto más habla Davide, menos puedo fingir que el antiguo ritmo no regresa a mí. Para cuando su segunda taza de café se enfría a su lado, ya no me limito a tomar notas.

Estoy moviendo las piezas por el tablero en mi cabeza. Ya veo qué hombres se vendrán abajo bajo presión, cuáles se doblegarán ante el dinero y quién sonreirá mientras vende a ambos bandos al mismo postor.

La constatación me revuelve el estómago porque recaer en esos viejos hábitos resulta demasiado natural.

Durante años intenté convencerme de que todo cuanto mi padre me había enseñado murió con Isabella Russo. Al parecer, hay veces en que esos rasgos se limitan a hibernar, pacientes como el invierno, hasta que el mundo exige que despierten de nuevo.

Davide se recuesta en el sofá, con el rostro tenso por el cansancio y la furia contenida.

—Los Conti son quienes han estado abriéndose paso por la fuerza en mi territorio. No sé cuándo empezaron a considerar enemigo a mi sindicato. Pero durante los dos últimos años he hecho todo lo posible por frenar su avance.

Aunque sabía que iba a decirlo, aprieto el bolígrafo con tanta fuerza que el plástico cruje suavemente entre mis dedos.

Vittorio Conti siempre ha sido peligroso. Ya lo sabía cuando aún era una niña que escuchaba desde las sombras del despacho de mi padre.

Mi padre confiaba plenamente en muy poca gente, pero una quietud especial se apoderaba de él cada vez que el nombre de Vittorio surgía en una conversación.

De cara al exterior, eran aliados que trabajaban por un objetivo común.

Sin embargo, a puerta cerrada, mi padre siempre contaba una historia muy distinta.

Vittorio —me dijo una vez— no es de los que te traicionan a la cara. Lo hará con una sonrisa en los labios y una mano escondida a la espalda. Cuando alargue esa mano hacia ti, no será para estrecharte la tuya.

Tenía dieciséis años cuando me lo dijo, edad suficiente para comprender lo que insinuaba y, a la vez, demasiado joven para entender la profundidad y la gravedad de sus palabras.

Vivía bajo la absurda ilusión de que nuestra familia jamás podría convertirse en el blanco del ansia de expansión infinita de los Conti.

Ahora sé de primera mano lo ingenua que fui entonces.

—Dudo que te consideren un enemigo —digo.

Davide frunce el ceño.

Me obligo a relajar la mano antes de que el bolígrafo se parta y revele más de lo que quiero que vea.

—Apostaría a que ven esto como una oportunidad para expandirse, no como un castigo contra tu sindicato por algo que hayas hecho.

Una expresión complicada cruza su rostro. No es sorpresa, exactamente, sino más bien la reacción de alguien que no quería que se confirmase algo que ahora no tiene más remedio que aceptar. No lo culpo por estar preocupado.

Si hay algo que temer en una situación como esta, es la imprevisibilidad. Si hubiera ocurrido algo que diese a los Conti un motivo para desatar la violencia contra los Bianchi, al menos sus actos tendrían cierta justificación.

No una justificación moral, por supuesto. Estratégica.

Ese tipo de violencia se puede negociar porque busca algo concreto, ya sea un pago en dinero o sangre, o una disculpa por cualquier agravio que se haya considerado lo bastante grave como para romper relaciones.

¿Pero la expansión?

Esa es un hambre que no negocia con la mano a la que pretende morder.

Davide se inclina despacio hacia delante y apoya los codos en las rodillas.

—Crees que esto es ambición.

—Creo que el apetito de los Conti se ha cansado de lo que tienen ahora. Buscan algo nuevo que devorar.

Aprieta los labios mientras me observa en silencio.

Continúo:

—Si Vittorio quisiera una compensación por algo, ya habría exigido que se la pagasen. Si quisiera venganza, habría puesto precio a su agravio. Nada de eso ha sucedido, así que me lleva a pensar que lo que desea en realidad es aquello que no puede tener.

—Todo hombre tiene un precio —dice.

Me encojo de hombros.

—Pero no todos los hombres quieren dinero. Él desea tu territorio simplemente porque cree que puede arrebatártelo. No existe ninguna versión de esta historia en la que los dos os estrechéis la mano y acordéis un alto el fuego.

La mirada de Davide se endurece.

La puerta del despacho se abre de golpe y sin previo aviso.

El sonido restalla en la estancia como un disparo, rebota contra las paredes y desgarra de parte a parte la frágil calma que se había apoderado del lugar.

Matteo se sobresalta con tanta violencia a mi lado que la tableta casi se le escapa de las manos.

Me vuelvo y lo agarro para sentarlo en mi regazo y protegerlo con mis brazos. Sus manitas se aferran a mi blusa, retorciendo la tela entre los dedos, mientras hunde la cabeza contra mi pecho.

Noto cómo se le entrecorta el aliento contra mí y algo primitivo se desgarra en mi interior.

Davide se pone en pie al instante.

Todo rastro del hombre que estaba sentado frente a mí hablando de estrategia desaparece.

El cansancio abandona su rostro. La leve dulzura que se había permitido mostrar unos instantes antes se ha desvanecido. Lo que queda es el jefe de un sindicato.

Los tres sicarios se detienen nada más entrar en el despacho, con el cuerpo en tensión; uno de ellos aún respira con dificultad por la carrera que lo ha llevado hasta aquí.

Solo eso basta para que un escalofrío me recorra la espalda.

Es probable que estos sicarios hayan visto a hombres suplicar, sangrar y morir sin que se les moviese un solo músculo del rostro. Ahora mismo parecen conmocionados.

La mirada de Davide los atraviesa.

—¿Qué ocurre?

Uno de ellos da un paso al frente. Es más joven que los demás, aunque no tanto como para justificar que trague saliva antes de hablar.

—Ha habido un incidente en la entrada principal.

El corazón se me contrae con tanta fuerza que duele. Miro rápidamente a Davide en busca de confirmación de que no soy la única que percibe el cambio en el ambiente, como si de pronto toda la estancia se preparase para recibir el impacto de la información que están a punto de soltar.

Veo que su expresión se tensa aún más.

—¿Qué clase de incidente? —pregunta.

El primer sicario vacila.

No dura ni un segundo, pero, en ese instante, mi mente se convierte en una máquina de una eficiencia aterradora.

Produce una situación espantosa tras otra, y todas terminan con Matteo y conmigo arrancados de la propiedad de los Bianchi mientras Davide se desangra en el suelo, a los pies de otro hombre.

Un segundo sicario interviene:

—Elio Conti está aquí... Pide que lo dejemos entrar.

Por un instante, olvido cómo respirar.

Hundo más los dedos en la espalda de Matteo, no lo suficiente para hacerle daño, pero sí tanto que tengo que obligarme a aflojar el abrazo. El corazón me da un golpe violento y después otro; cada latido aprieta más el nudo que tengo en el estómago.

¿Qué coño hace aquí?

¿Cómo nos ha encontrado?

¿Cómo sabe que estamos con Davide?

¿Nos ha seguido alguien?

¿Tiene Davide un topo entre sus hombres?

¿Ha rastreado Elio de algún modo el coche robado? ¿Me tenía vigilada? ¿Vigiló la carretera desde el principio?

Las preguntas se suceden demasiado deprisa, cada una peor que la anterior. De repente me siento expuesta, con todas las decisiones que he tomado desde que abandonamos nuestra antigua vida al descubierto bajo un foco del que no puedo escapar.

Creía que la propiedad de Davide significaba muros y seguridad, un poco de tiempo para respirar antes de que el pasado encontrase otra forma de regresar.

De algún modo, Elio nos ha encontrado en menos de veinticuatro horas.

Davide suelta una maldición entre dientes.

—¿Con cuántos hombres ha venido?

Esta vez responde el primer guardia:

—Está solo.

Por un instante, hasta Davide parece desconcertado. He pasado el día entero recordando cómo interpretar a hombres poderosos como él, y la sorpresa de Davide reluce como un cuchillo a la luz de una vela antes de que vuelva a ocultarla.

Solo. Suena absurdo incluso con la tensión que se ha apoderado de la estancia. Elio Conti no entra solo en territorio enemigo a menos que esté desesperado, sea un arrogante o cuente con algo más letal que sus hombres cubriéndole las espaldas.

Davide entrecierra los ojos.

—¿Solo?

—Sí, señor.

—¿No hay ningún vehículo detrás de él? ¿Ningún segundo coche esperando carretera abajo para comprobar que lo dejamos entrar?

—No que hayamos visto —responde el sicario—. Hemos revisado las cámaras y todas las imágenes del perímetro. Solo está él.

¿Por qué?

La pregunta irrumpe en mi mente como una válvula que por fin cede ante una presión extrema.

¿Por qué haría algo tan temerario?

¿Por qué ponerse a merced de Davide cuando su padre ya está invadiendo el territorio de los Bianchi en un intento de hacerse con él por la fuerza?

¿Por qué venir a casa de un hombre al que tiene motivos de sobra para considerar su enemigo sin refuerzos visibles, sin ninguna demostración de fuerza, sin más protección que su apellido?

Davide me lanza una breve mirada antes de volver a fijarse en sus sicarios.

—¿Ha dicho por qué ha venido?

Esta vez es el segundo sicario quien vacila.

La voz de Davide se reduce a un gruñido.

—Habla.

—Ha dicho que viene a por Isabella.

¿Qué?

No tengo ni idea de cómo afrontar eso. Odio que me escruten ahora mismo. Odio que todos en la estancia parezcan esperar que les dé una razón, una explicación, alguna confesión sencilla y ordenada que convierta la llegada de Elio en algo que tenga sentido.

No sé por qué ha venido, y esa incertidumbre me asfixia más de lo que podría hacerlo cualquier certeza. Si hubiese venido para amenazarme, podría responderle con mi propia fuerza.

Davide no tendría ningún problema en proporcionarme las herramientas necesarias para librar una guerra contra alguien que amenaza a la única persona que tiene de su lado y que está dispuesta a ayudarlo a intentar desmantelar el régimen de los Conti.

Si Elio hubiera venido como portavoz de Vittorio para ofrecer una negociación antes de que las cosas alcanzasen un punto sin retorno, sería comprensible.

Podría descubrir qué propósito se oculta bajo esa maniobra calculada y desvelar el verdadero motivo tras unas palabras inofensivas.

Pero esto... esto no se parece en absoluto a nada que hubiese podido esperar.

—Isabella, ¿sabías que vendría? —me pregunta Davide en voz baja.

Niego con la cabeza.

—No tenía ni idea de que supiera dónde estábamos. No sabía que lo supiera nadie. Perdimos a cualquiera que pudiera seguirnos mucho antes de llegar aquí.

Asimila mis palabras sin inmutarse, aunque sus ojos se endurecen ligeramente.

Entonces hay un topo.

O Elio es mejor encontrando fantasmas de lo que ninguno de nosotros quería admitir.

Ninguna de las dos opciones me tranquiliza.

Davide hace un gesto hacia los sicarios.

—Inmovilizadlo y registradlo con el detector antes de dejarlo cruzar la entrada. Llevadlo a la sala de interrogatorios cuando podáis confirmar que no lleva ningún dispositivo oculto.

—Sí, señor —responden al unísono.