18. Isabella
ISABELLA
Los rayos dorados del sol naciente iluminan la casa fortificada con un efecto de halo cuando llegamos, confiriéndole un aspecto casi sagrado.
Detrás de la finca, el cielo aún luce amoratado en los confines del horizonte, con la noche aferrada obstinadamente a la línea de árboles mientras el amanecer derrama oro sobre los muros de piedra.
La luz alcanza primero las ventanas superiores y convierte los cristales en láminas de fuego; después desciende despacio por la fachada ahogada en hiedra, los balcones de hierro, las puertas arqueadas de la entrada y los hombres armados que patrullan los terrenos con los rifles apoyados contra el pecho.
A diferencia de la casa de seguridad de los Conti, esta es mucho más grandiosa y parece más una segunda residencia que un lugar donde ocultarse mientras se hacen negocios.
No posee la brutalidad aséptica de unos muros reforzados ni la distribución fría y funcional de una casa concebida para contener amenazas. Este lugar es más antiguo y más bonito. Y, por ese motivo, mucho más peligroso.
Detengo el coche bajo el pórtico de la entrada. Varios hombres armados recorren el perímetro del camino de acceso y se despliegan con soltura experta a medida que nos acercamos.
Uno se lleva una mano al auricular y habla por él unos instantes mientras los demás vigilan la carretera a nuestra espalda.
Matteo levanta un poco la cabeza para mirar por la ventanilla, con los ojos muy abiertos por el miedo. —¿Ya hemos llegado?
—Sí —respondo mientras pongo el freno de estacionamiento.
Su mirada pasa de largo y se posa en los hombres de fuera. Se hunde aún más en el asiento. —¿Tenemos que bajar?
La pregunta casi me rompe por dentro. Ningún niño debería parecer tan asustado.
No puedo imaginar qué aspecto tendrá todo esto para un niño que, hace menos de dos semanas, creía que lo peor que podía sucederle era volver a casa con una mala nota o romperse un hueso.
Le aparto el pelo de la frente. —Sí, cariño. Pero no te separes de mí.
Uno de los guardias se separa de los demás para recibirnos. No tiene la mano cerca del arma, pero su cuerpo está tenso de todos modos.
Es alto, tiene el pelo oscuro muy corto y una barba del mismo color.
Nos examina a ambos a través del parabrisas y nos dedica un asentimiento firme antes de detenerse junto a la puerta del conductor.
—Señorita Russo —dice cuando apago el coche y abro la puerta.
Asiento y después me vuelvo hacia Matteo. —¿Preparado?
Sus ojos recorren lo que se ve tras el parabrisas, pasando de los muros de piedra a los guardias armados y luego a las puertas abiertas de la entrada. Observa a los hombres con recelo antes de mirarme de nuevo.
Me dedica un leve asentimiento, pero sigue hundido en el asiento.
Me duele el pecho.
Se está esforzando muchísimo por ser valiente.
Me inclino para desabrocharle el cinturón, le paso los brazos por debajo de los suyos y lo deslizo sobre la consola central.
Viene sin oponer resistencia y me rodea el cuerpo con las extremidades igual que antes: me aferra el cuello con los brazos y recoge las piernas contra mi cadera.
Es demasiado grande para llevarlo así durante mucho tiempo, sobre todo con mi cuerpo clamando de dolor por la carrera y la caída, pero a estas alturas me da igual.
El guardia cierra la puerta a mi espalda cuando salimos y después nos acompaña escaleras arriba. La gravilla del camino cede un poco bajo mis zapatos y cada crujido resuena demasiado fuerte en el silencio expectante. Los hombres armados nos observan desde lejos.
Sus miradas no se detienen mucho tiempo en nosotros, cosa que agradezco. O quizá Davide les haya ordenado que no nos miren fijamente.
Los escalones son anchos, de piedra antigua, desgastada y lisa por el centro debido a los años de zapatos lustrados pasando sobre ella.
Una luz cálida, dorada y casi acogedora se derrama desde la puerta abierta.
Hay peligro en un lugar que sabe parecer acogedor. Los Conti siempre han preferido la brutalidad en su forma más pura. Parece que la violencia de los Bianchi viene envuelta en la hospitalidad del Viejo Mundo.
El vestíbulo reluce por dentro. Ante mí se extienden unos suelos de madera oscura y unos techos abovedados del mismo color.
Una araña de hierro cuelga en la entrada, con una iluminación lo bastante tenue para suavizar todas las sombras, pero no para desterrarlas.
Más allá, las paredes del pasillo más cercano están cubiertas de óleos: retratos de edificios antiguos y campos llenos de flores.
Una majestuosa escalera asciende trazando una curva junto a una pared, con la barandilla tallada y pulida en la misma madera que el suelo.
Matteo levanta un poco la cabeza. Contempla el vestíbulo con los ojos muy abiertos de asombro y gira el cuello para verlo todo mientras el guardia nos conduce por un largo pasillo. Al fondo, dos hombres montan guardia ante unas grandes puertas dobles. Las abren cuando nos aproximamos.
La estancia que hay al otro lado es un despacho.
Por supuesto.
Los hombres como Davide siempre prefieren habitaciones como esta.
Les gustan los escritorios, los sillones de cuero, las licoreras y las estanterías repletas de títulos que quizá nunca hayan leído, pero que tienen a mano de todos modos.
Les gustan las habitaciones donde el poder puede tomar asiento y aparentar civismo mientras decide qué enemigos deben ser enterrados antes del amanecer.
Davide Bianchi está junto a la ventana, con un teléfono en una mano.
Se vuelve cuando entro, habla en voz baja unos instantes y después cuelga y deja caer el brazo junto al costado.
De una forma extraña, tiene exactamente el mismo aspecto que cuando apareció ante la puerta de mi casa y, a la vez, parece otra persona.
Aquí, en su propia fortaleza, rodeado de sus hombres, sus muros y los silenciosos engranajes de su poder, encarna por completo al jefe que recuerdo de mi infancia.
Sus ojos.
Su traje está tan impecable como la última vez que lo vi; este es gris marengo, sin corbata y con el cuello de la camisa abierto.
Lleva una alianza que atrapa la luz matinal cuando levanta la mano para saludarme, aunque recuerdo vagamente que su esposa murió hace más de una década.
—Isabella —dice con una leve sonrisa curvándole los labios—. Me alegro mucho de verte. Aunque lamento que sea en estas circunstancias.
Estrecho a Matteo entre mis brazos. —Yo también.
Davide baja brevemente la mirada hacia Matteo, con cuidado de no demorarse. Esa contención es la primera muestra de bondad que alguien me ofrece desde que empezó todo este desastre. El fuego arde bajo en la chimenea pese a que el sol de la mañana empieza a colarse por las ventanas.
Las paredes están cubiertas de estanterías y la madera oscura reluce bajo el suave resplandor. Todo huele ligeramente a café y a cera de cedro.
Debería resultarme reconfortante después de la casa de seguridad de los Conti, pero no es así. No es más que una jaula más bonita que la anterior en la que me vi encerrada.
Me acomodo en el sofá junto a la ventana y recoloco a Matteo entre mis brazos.
Mi cuerpo protesta por el movimiento: el dolor se extiende por mi cadera y mi hombro, y ambos palpitan al ritmo de mi pulso.
Matteo se aparta un poco para volver a mirar a su alrededor, cada vez más curioso y menos asustado.
Davide vuelve la cabeza hacia el guardia que nos ha acompañado. —Gracias. Por favor, avisa a la cocina de que deben traer comida y agua de inmediato. Y pide al servicio que prepare las camas y traiga ropa limpia para los dos.
El guardia asiente con firmeza antes de marcharse y cierra la puerta con suavidad tras él.
Davide se reúne con nosotros un instante después y ocupa el sofá de enfrente. —Cuando hayáis comido, pediré a mis guardias que os acompañen a vuestra habitación. Seguro que estáis agotados.
No puedo evitar hundirme en el sofá. Después del catre y de estar encerrada en aquella habitación fría, este sofá me parece un lujo. El cansancio me golpea en oleadas pesadas, tirando de mis músculos y desdibujando los contornos de la estancia.
Después de convencer al recepcionista del motel para que me prestara el teléfono, llamé de inmediato al número que había memorizado de la tarjeta de Davide.
Por extraño que hubiera sido oírlo responder al otro lado de la línea, el alivio me invadió con tanta intensidad que casi me fallaron las rodillas.
Apenas había explicado la mitad de la situación en la que Matteo y yo nos habíamos visto atrapados cuando me interrumpió.
—¿Dónde estás? —me preguntó.
En cuanto se lo dije, me dio la dirección de esta casa de seguridad. Ahora que estoy sentada frente a él, todo lo sucedido en la casa de los Conti parece irreal.
—Gracias —le digo.
Davide inclina la cabeza. —Me alegro de que los dos hayáis conseguido salir con vida.
La ventana que tenemos al lado da al camino de entrada, donde la mañana ya se ha abierto por completo sobre los terrenos. La luz del sol reluce sobre la gravilla y los coches negros aparcados en el camino. Más allá del muro de piedra, los árboles se mecen suavemente al viento.
Un día tan hermoso resulta casi obsceno.
La puerta se abre unos minutos después y entra una mujer con una bandeja. Es mayor, lleva el cabello entreverado de plata pulcramente recogido y tiene unos ojos amables que, cuando me sonríe, procura no dejar demasiado tiempo fijos en mi rostro.
Deja la comida y el agua sobre la mesa que tenemos delante. Los platos están llenos de huevos, tostadas, fruta y pequeños dulces espolvoreados con azúcar.
Se marcha con la misma discreción con la que ha entrado.
Cojo una tostada y se la doy a Matteo. —Come.
La acepta despacio y mordisquea la corteza con obediencia. Le pongo un plato pequeño sobre el regazo y mantengo una mano cerca de su rodilla mientras come. Solo entonces doy un sorbo al café. El calor me acaricia la lengua y casi me hace llorar.
Davide espera hasta que Matteo se ha comido la mitad de la tostada antes de volver a hablar.
—Necesito saber exactamente qué sucedió.