Accidental Alliance (Mafia Lords of Sin 15) 17. Isabella
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17. Isabella

ISABELLA

Esta noche es la noche.

Lo dijo a modo de queja, un murmullo aburrido sobre un detalle de su rutina que no creyó importante que oyéramos, porque se supone que las mujeres como yo están demasiado aterradas para hacer otra cosa que caminar de un lado a otro, llorar y esperar a que los hombres armados decidan qué ocurrirá después.

Se supone que una prisionera como yo debe contemplar una casa franca plagada de sicarios y ver algo imposible.

A los hombres así suelen acabar perdiéndolos sus propias suposiciones.

Durante la última semana lo he estudiado todo. Si las cosas suceden como predigo, el pasillo que conduce hasta esta habitación estará poco vigilado, si es que lo está, mientras la mayoría de los sicarios se encuentran fuera metiendo las cajas.

Tendrán la atención dispersa entre el perímetro exterior y los vehículos que traen todo cuanto permite mantener este lugar abastecido, armado y operativo.

Matteo y yo no hemos supuesto una amenaza hasta ahora, y ha sido deliberado.

Nos hemos mantenido lo bastante callados para que nos subestimen, dando a todos y cada uno de los guardias tiempo suficiente para acostumbrarse a vernos asustados y dóciles.

Con suerte, eso hará que nadie cuestione que retiren a más hombres de nuestro turno de vigilancia y los asignen a la entrega, lo que nos dará tiempo suficiente para escapar sin que nos atrapen antes siquiera de poner un pie en el porche delantero.

El único problema será Elio…

No lo he visto desde que nos acostamos, pero eso no significa que haya estado ausente. Mis ojos se desvían despacio hacia la cámara y su luz intermitente. Ya no puedo predecirlo, al menos no por completo.

Y eso lo vuelve más peligroso que todos los demás factores contra los que lucho juntos. Si nos atrapara a Matteo y a mí, no sé qué ocurriría.

Como mínimo, imagino que nos separarían.

Bajo la mirada hacia mi hijo, dormido a mi lado en el estrecho catre. Tiene la mejilla hundida en la fina almohada, una mano recogida bajo la barbilla y el pelo oscuro cayéndole sobre los ojos. Incluso dormido parece tenso.

Debería estar en su propia cama, bajo sus estrellas fosforescentes, con las botas de fútbol tiradas sin cuidado cerca del armario porque nunca se acuerda de guardarlas por muchas veces que se lo pida.

Debería estar quejándose de los deberes de matemáticas, no preocupado por si ambos viviremos para ver el día de mañana.

Le paso una mano por el pelo. Lo toco con suavidad, apenas apartándole los mechones de la frente.

Se agita de inmediato y sus dedos se aferran con más fuerza a la fina manta que lo cubre.

Me quedo inmóvil mientras lo observo cambiar de postura, con una mano suspendida sobre su hombro, y espero a que su respiración vuelva a hacerse profunda con el sueño.

—Chis, no pasa nada —susurro.

Cuando vuelve a relajarse, me deslizo en silencio fuera del catre y me pongo de pie.

La habitación continúa casi a oscuras, bañada por el tenue destello rojo de la cámara y la estrecha franja de luz gris que se cuela desde el pasillo por debajo de la puerta.

A estas alturas conozco cada centímetro de este lugar, memorizado durante las horas que he pasado caminando de un lado a otro hasta que me dolían los pies.

Me arrodillo junto al catre y meto la mano bajo la delgada colchoneta hacia el rincón más alejado, el más próximo a la pared.

Mis dedos se cierran en torno al trozo de metal doblado de la parte inferior de la estructura, el que he ido soltando durante las últimas tres noches después de que apagaran las luces.

Ha requerido paciencia, más de la que creía que aún me quedaba.

Cada roce de metal contra metal sonaba ensordecedor en la oscuridad, cada mínimo movimiento se prolongaba durante minutos que parecían casi horas, mientras Matteo dormía acurrucado contra mi costado y la cámara parpadeaba despacio sobre nosotros con su ojo rojo.

Cuando saco ahora el metal, le doy varias vueltas en la mano.

No es gran cosa, solo una tira fina y deformada, con un borde dentado y una ligera curva en el lugar donde la doblé de un lado a otro hasta que por fin se partió. No me permitiría ganar una pelea contra un sicario entrenado, ni siquiera me ayudaría a forzar la cerradura de la puerta.

Pero el borde serrado está lo bastante afilado para hacer sangre si necesito defenderme.

Me meto el metal por la manga hecha jirones y lo deslizo por la cara interior del antebrazo, donde la tela holgada lo oculta.

La presión fría contra mi piel me serena más de lo que esperaba. Me incorporo despacio, manteniendo los movimientos bajo control mientras regreso junto a Matteo.

Me arrodillo a su lado y le sacudo el hombro con suavidad.

—Matteo —susurro.

Abre los ojos con un parpadeo, desenfocados y cargados de sueño. Durante un segundo parece cualquier otro niño somnoliento al que han arrancado demasiado pronto de un sueño. —¿Mamá? ¿Qué pasa?

—Chis. —Me llevo un dedo a los labios de inmediato—. Calladito, cariño. Necesito que me escuches.

El miedo disipa su sueño. Me rompe el corazón ver cómo lo asalta esa súbita comprensión de dónde está. Debería mostrarse malhumorado, con las extremidades flojas, quejándose de que quiere dormir cinco minutos más antes de ir al colegio, no alerta y dispuesto a obedecer.

Frunce el ceño. —¿Qué está pasando?

Me obligo a esbozar una pequeña sonrisa, odiando la mentira incluso mientras la empleo. —¿Recuerdas el juego del patio al que jugamos cuando volvíamos de tu partido de fútbol? ¿Cuando saltamos la valla?

Asiente, esta vez más despacio. Sus ojos vuelan un instante hacia la puerta y después regresan a mí.

Tomo aire lentamente. —Vamos a tener que hacerlo otra vez.

Su pequeña garganta se mueve al tragar. —¿Nos vamos?

Vacilo un segundo antes de responder.

El problema es que no sé si llegaremos tan lejos. No sé si esta noche terminará con nuestra libertad, con un castigo o con Elio de pie al final del pasillo, la traición escrita en el rostro, los ojos oscuros endurecidos por la ira y el cuerpo bloqueando la única salida.

Pero tenemos que intentarlo.

Le sostengo la cara entre ambas manos y susurro: —Sí, pero necesito que seas un niño muy valiente. ¿De acuerdo?

Sus ojos se llenan de lágrimas que no llegan a caer, pero se las contiene. Asiente levemente. —De acuerdo.

Le aprieto las mejillas con suavidad y deslizo los pulgares bajo sus ojos. —Tienes que hacer exactamente lo que te diga. Si te digo que corras, corres. Si te digo que te escondas, te escondes. Si te digo que no mires, no miras. ¿Entendido?

Vuelve a asentir.

Le sujeto la barbilla con delicadeza, asegurándome de que oiga la parte más importante. —Matteo.

Clava los ojos en los míos. —Lo entiendo.

—Buen chico.

Lo ayudo a incorporarse y le paso por la cabeza el jersey enorme que supliqué a uno de los guardias que le consiguiera hace unos días.

Le queda gigantesco; las mangas le cubren las manos incluso cuando le subo los puños por los brazos y le aliso la tela sobre el pecho.

Cojo sus zapatillas, se las calzo, aprieto los nudos y compruebo cada cordón con un cuidado obsesivo.

Es absurdo concentrarse en algo así, pero el pánico que corre por mi interior tiene que ir a alguna parte. Si dejo que me inunde, me ahogaré en él antes incluso de que se abra esa puerta.

Cruzo hasta la puerta y me agacho hasta el suelo para observar la luz que brilla al otro lado bajo el marco. Una sombra pasa frente a nuestra puerta, seguida rápidamente por varias más.

A lo lejos oigo débilmente voces masculinas. Vuelvo a ponerme de pie y cierro el puño con fuerza. Entonces aporreo la puerta sin descanso.

Durante un momento no ocurre nada y lo único que oigo es el sonido de mi puño contra el metal y los latidos de mi propio corazón.

Cuando por fin se aproximan unos pasos, me aparto rápidamente de la puerta. Esta se abre y al otro lado aparece una porción del rostro de un hombre.

Lo reconozco al instante: es el que evita mirar a Matteo cada vez que nos trae comida porque está claro que la culpa ya ha anidado en su interior.

Es perfecto para aprovecharme de él.

—¿Qué? —me masculla.

Hago que mi voz suene frenética y apremiante. —Mi hijo está enfermo.

Los ojos del guardia pasan de largo junto a mí para mirar a Matteo y los míos siguen su mirada. Mi hijo está perfectamente encorvado en el borde del catre, con la cabeza gacha, una mano apretada contra el estómago y los hombros encogidos junto a las orejas.

El guardia se pone rígido. —¿Qué quiere decir con «enfermo»?

—Está muy mareado —miento—. Creo que algo de la comida de antes le ha sentado mal. Necesita ver a un médico.

Vacila. Mira por encima del hombro hacia el ruido procedente del fondo del pasillo, ahora más lejano. No hay nadie lo bastante cerca para ayudarlo a decidir.

—Puedo llamar a alguien para que venga en coche a…

—No. —Dejo que el pánico dé un filo cortante a mi voz—. Mírelo. Por favor. Llévelo al hospital para que lo vea un médico.

El guardia traga saliva. Sus ojos recorren mi cara, buscando claramente alguna clase de incongruencia. Al no encontrar ninguna, abre más la puerta. —Apártese de la puerta.

Obedezco y le dejo espacio suficiente para cruzar el umbral sin tocarme. A su espalda, la puerta queda abierta justo lo necesario para que pueda ver el resto del pasillo. En lugar del habitual grupo de guardias apostados al otro lado de la entrada, solo veo sombras oscuras.

Perfecto.

Me muevo en cuanto empieza a acercarse a Matteo. Deslizo el trozo de metal de la manga a la mano y me abalanzo sobre él. Cuando mi cuerpo choca contra su espalda, no apunto a su garganta. Sería demasiado engorroso y haría demasiado ruido si lograra gritar antes de que pudiera acabar con él.

En vez de eso, le rajo un lado de la cara, cerca del ojo. Sisea y se echa hacia atrás por instinto. Desde detrás, le clavo el hombro en el suyo y lo derribo con cada ápice de fuerza que me ha regalado el terror.

Se tambalea y cae de rodillas.

—¡Corre, Matteo! —susurro.

Sale disparado.