Accidental Alliance (Mafia Lords of Sin 15) 16. Elio #3
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16. Elio #3

Durante varios segundos no me muevo mientras lo contemplo.

Dentro hay un diario encuadernado en piel, exactamente como lo describió Giovano.

La piel está rígida bajo mis dedos, que dejan un suave rastro entre el polvo al deslizarse por la cubierta.

Pesa más de lo que esperaba, grueso por las páginas de pruebas y por cualquier verdad que albergue después de haber permanecido encerrada en él durante demasiado tiempo.

Las primeras páginas están cubiertas por la letra inclinada de Amos. Hojeo las entradas iniciales, repletas de detalles sobre las alianzas y estrategias de su familia, así como de pagos efectuados a distintos sindicatos de Italia antes de llegar a un acuerdo con el nuestro.

A algunos los describe con palabras frías y concisas mientras cataloga sus debilidades; otros son simples apuntes acompañados de reflexiones más profundas sobre relaciones interpersonales y futuros acuerdos aún por cerrar.

Sigo pasando las páginas una tras otra. Mis manos no empiezan a temblar hasta que llego a las últimas.

Las primeras entradas están escritas con serenidad, aunque impregnadas de una evidente preocupación por los cambios en las alianzas de nuestras dos familias.

La presión derivada de las disputas por las rutas orientales ha hecho que las peticiones de mi padre de lanzar ataques preventivos contra los sindicatos menores se vuelvan más agresivas.

Después, las notas pasan a centrarse en mi hermano: en cómo presiona a través de intermediarios, mientras el nombre de Bianchi aparece cada vez con mayor frecuencia vinculado a posibles contramedidas a las que quizá haya que recurrir para sofocar la incipiente hostilidad.

Entonces cambia el tono. La caligrafía se vuelve un poco más enérgica, cada letra hundida con mayor fuerza en la página, la tinta clavándose más profundamente en el papel hasta casi traspasarlo.

Mis ojos se posan en una entrada y se me hiela el cuerpo.

Alessio Conti se ha reunido conmigo en privado para ofrecerme un acuerdo destinado a consolidar nuestro territorio con el de los Conti.

Me ha prometido dinero a cambio de que me aparte.

Quiere hacerse con el control de ambas familias y fusionarlas en una sola, creando una fuerza mayor con la que actuar contra otros sindicatos.

Cuando me he negado, ha amenazado con eliminarme como obstáculo en su camino.

Lo leo una y otra vez y, con cada lectura, las palabras se vuelven menos comprensibles y más categóricas.

Mi primer instinto es negarlo. No porque Alessio sea incapaz de asesinar.

Dios, no. Mi hermano tiene suficiente sangre en las manos para llenar diez veces esta habitación. Pero ¿atentar contra Amos, nuestro aliado más cercano?

¿Contra un hombre cuya muerte alteraría deliberadamente el equilibrio de poder de forma tan absoluta que, incluso ahora, ocho años después, el suelo bajo nuestros pies continúa moviéndose con incertidumbre?

Jamás sería tan estúpido, tan temerario, como para creer que las repercusiones del asesinato de Amos se asimilarían con facilidad.

Paso la página con unos dedos que ya no parecen míos.

Esta noche me he reunido con Davide para pedirle consejo. Le he advertido de que Alessio está actuando contra nosotros. Algo va mal dentro de la familia Conti; puede que Vittorio conozca los planes, aunque por ahora no hay confirmación. Mantienen a Elio al margen. Él no querría esto.

Se me escapa una respiración áspera.

Él me veía, quizá mejor de lo que jamás lo ha hecho mi propio padre.

Sabía que yo no encabezaría el ataque contra él porque no tenía ningún motivo para hacerlo.

No comprendía que se estaba disputando una partida a mi alrededor, que me encontraba en una sala llena de traidores con los cuchillos desenvainados a la espalda, esperando el momento perfecto para atacar.

Esas palabras deberían absolverme de esta culpa aplastante, pero lo único que hacen es ahondar la herida que se está abriendo.

La ceguera no es una virtud digna de celebrarse. Fue lo que me convirtió en alguien útil, lo que permitió que mi hermano conspirara a mis espaldas y que el imperio de mi familia permaneciera intacto mientras la vida de Amos ardía hasta quedar reducida a cenizas.

Si hubiera confiado menos, quizá nada de esto habría sucedido.

Sigo leyendo.

Giovano: si me ocurre algo, protege a Isabella. Es la única capaz de ver el tablero con claridad. Enséñale estos diarios.

Me arde la garganta cuando paso a la última entrada. Está fechada la noche en que murió Amos.

La letra continúa siendo tan pulcra como siempre, pero hay tensión en cada trazo, una presión que casi rasga la página con cada curva de las letras.

Alessio ha llamado. Ha dicho que ha llegado el momento de elegir bando. He elegido a mi hija y a nuestra familia. He elegido lo que construyeron mis antepasados. Que Dios me perdone por lo que viene ahora.

Contemplo la prueba fría e irrefutable de que mi familia... No, de que Alessio orquestó el asesinato de Amos Russo.

Mi hermano.

El chico junto al que crecí.

El heredero que sonreía frente a Amos durante las cenas mientras planeaba retirarlo del tablero porque se interponía inoportunamente en su camino.

Nada de esto había sido por el sindicato ni porque nuestra familia se enfrentara a un final catastrófico y estuviera acorralada sin ninguna otra salida.

Todo ha sido por su ambición personal de monopolizar el mercado. Para apoderarse de un poder que no estaba dispuesto a esperar a heredar y ampliarlo aún más.

¿Y qué le hizo creer a mi padre?

¿Que Amos se había vuelto inestable y había que eliminarlo?

¿Que Bianchi estaba implicado y que por eso llevamos los últimos seis años intentando borrar su sindicato de la existencia?

O quizá mi padre nunca lo supo, quizá solo descubrió la verdad después y eligió guardar silencio porque el resultado lo beneficiaba más.

Ese pensamiento se asienta en mi interior como veneno.