16. Elio
ELIO
Vuelo de regreso a Italia con la tapadera de un viaje de negocios, solo y sin séquito.
Solo eso ha bastado para poner nerviosos a la mitad de mis hombres en cuanto mi anuncio ha recorrido la cadena de mando. Los subjefes no viajan sin sus sombras.
Se considera peligroso que hombres como yo recorran el mundo sin protección.
A menudo, cuando hacemos viajes de negocios parecidos a este, convertimos los hoteles en fortalezas provisionales y las reservas en restaurantes en inspecciones del perímetro.
Cada paso que damos en público se mide; cada paso en privado queda documentado por alguien leal o demasiado asustado por las consecuencias para no asegurarse de que sigamos respirando.
Durante los próximos dos días, sin embargo, solo estaremos yo, un itinerario falsificado, un jet privado registrado para una reunión con inversores en Milán y una oscura sospecha que me oprime el pecho.
El vuelo hasta allí se me hace interminable.
Al otro lado de la ventanilla, el cielo se extiende sin fin. Estoy sentado en la cabina, con un vaso de whisky intacto sobre la mesa que tengo delante y el móvil boca abajo a su lado, silencioso salvo por un mensaje cifrado que he enviado a mi hermano y a mi padre con los detalles del despegue.
Las largas horas se suceden y me dan tiempo para perderme en mis propios pensamientos, aunque intento no pensar en Isabella, a quien he dejado atrás en esa habitación.
Seguro que estará exultante al saber que me he ido, lo bastante lejos de ella como para que ya no pueda alcanzarla ni a ella ni a su hijo.
Puedo entender su odio. Puedo cargar con él porque me lo merezco, al igual que la mayor parte del veneno y los insultos que me ha lanzado hasta ahora.
Mantiene las distancias entre nosotros, aunque lo deteste, y me recuerda una vez más que fui yo quien irrumpió en su vida y la arrastró de nuevo hasta esta oscuridad.
Lo que nunca esperé fue que Isabella Russo me diera las gracias.
No buscaba obtener nada por reunirla con su hijo, y mucho menos eso.
Le devolví a Matteo porque contemplar cómo lo mantenía alejado de ella se había vuelto insoportable.
Durante años me permití imaginar que había desaparecido porque quería castigarme. Porque había encontrado una vida mejor que la que yo me negué a elegir y quizá, en algún lugar lejos de mí, había aprendido a respirar con mayor facilidad sin tenerme cerca.
Me aferré durante años a ese resentimiento y esa ira, y permití que sirvieran de excusa para el dolor que seguí infligiéndole cuanto más tiempo la mantuve separada de su hijo.
Sin embargo, con cada hora que los mantenía separados, algo se tensaba en mi interior.
Verla recorrer aquella habitación de un lado a otro, alzando los ojos hacia la cámara cada vez como si supiera que yo estaba allí, presenciando su inminente derrumbe, era sentir unas garras descender por mi pecho y abrirme en canal.
Me dije que devolvérselo era la única conclusión lógica. Una forma de calmarla y estabilizar una situación ya de por sí tóxica antes de que empeorase aún más.
No podía seguir observándola sufrir y fingir todavía que era algo distinto al hijo de mi padre.
Aquello debería haber sido el final, una injusticia un poco menos injusta, aunque jamás llegara a repararse del todo. Esperaba alivio por su parte y quizá rabia cuando comprendiera que aquel gesto no significaba libertad.
Pero entonces hizo algo con lo que nunca había contado. Alzó los ojos hacia la cámara a través de la cual la observo todas las noches y le dio las gracias; me dio las gracias a mí.
Aprieto el reposabrazos del asiento del jet y miro por la pequeña ventanilla ovalada hacia el cielo negro que se extiende al otro lado, pero allí fuera no hay nada a lo que aferrarme. Mi reflejo me devuelve la mirada desde el cristal.
La gratitud es algo pequeño y traicionero.
Se desliza bajo mi armadura, encuentra los escasos rincones blandos que aún quedan en mi interior y susurra que quizá, después de todo, ella crea que no estoy por completo más allá de toda salvación.
Si Isabella me odia, al menos sé cuál es mi lugar.
Puedo sobrevivir como el villano de su mundo porque eso es lo que he sido durante casi la última década.
Pero esto… esta ternura… No sé cómo enfrentarme a ella.
Está tramando algo. Lo sé por cómo observa el pasillo exterior cuando los guardias entran y salen para llevarle la comida. Eso debería alarmarme. En cambio, una especie de orgullo sombrío se alza en mi pecho antes de que pueda sofocarlo.
Claro que está planeando hacer algo. Isabella Russo podría estar encadenada en las entrañas del infierno y aun así buscaría piedras sueltas que mover para abrirse paso y escapar.
Nació para la estrategia, adiestrada por un hombre que comprendía que el poder no siempre lo ostenta quien empuña el arma. A veces pertenece a quien posee la paciencia suficiente para saber hacia dónde apuntará después.
Mi padre nunca entendió eso de ella. Por eso cree que no vale más que como punto de presión contra otra persona. Alessio sí lo entiende, y por eso teme la influencia que ejerce sobre mí.
La comisura de mis labios casi se curva hacia arriba a mi pesar. Entonces el orgullo se agria y se convierte en algo más pesado, que vuelve a borrar toda emoción de mi rostro. Si está tramando algo, también lo está tramando contra mí.
Tiene que hacerlo.
No soy ajeno al sistema en cuyo interior está atrapada. No soy un simple guardia apostado fuera de la jaula, con órdenes que no puedo desobedecer y pesar en el corazón.
He guardado en el bolsillo las llaves de su libertad mientras me decía que la protegía de peligros peores que yo, como si eso borrara el hecho de que sigue despertándose tras una puerta cerrada con llave todas y cada una de las mañanas.
Las palabras de Giovano vuelven a recorrerme.
Protégela de todo. Incluso de ti mismo.
Bajo la mirada hacia mis manos.
Son las mismas que han firmado órdenes, roto huesos, apretado gatillos, sacado a hombres a rastras de sus escondites y sostenido el rostro de Isabella cuando ya no tenía derecho alguno a volver a tocarla.
El Conti que hay en mí quiere reclamar lo que me pertenece, mientras que el hombre que queda en mi interior, lo poco que quede de él, sabe que no me he ganado ese derecho ni por asomo.
Volar de regreso al lugar donde nació su dolor, con el sabor de los pecados de mi familia todavía amargo en la lengua, resulta tan abrumador como imprudente.
Perseguir los restos del libro de cuentas de un muerto y la posibilidad de que cada mentira bajo la que he vivido fuera construida por las manos de mi propio padre tiene un precio muy elevado.
Uno que estoy dispuesto a pagar si con ello descubro por fin la verdad.
Italia se alza bajo mis pies en fragmentos centelleantes.
La costa, tenuemente iluminada, se desdibuja al encontrarse con las luces dispersas de las zonas residenciales del interior.
Las carreteras se extienden entre ellas como venas bajo la piel de la tierra.
Contemplo cómo aparece y no siento que vuelva a casa, solo una repugnante sensación de temor que poco a poco me invade.
Cuando el avión aterriza, ya he vuelto a encerrar cada sentimiento en su caja correspondiente y me he colocado la conocida máscara del subjefe de mi familia.
No tardo mucho en atravesar la terminal privada con un pasaporte falso y dirigirme hacia la entrada principal, que da al fresco aire matutino.
Ya hay un coche esperándome frente a la terminal, aparcado justo donde había acordado que lo dejaran.
Le quito las llaves al aparcacoches y me marcho.
La carretera que sale de la ciudad permanece silenciosa bajo el oscuro velo del amanecer.
La niebla aún se aferra a la calzada con tal densidad que resulta casi imposible ver a través de ella, incluso con los faros del coche abriéndose paso.
Cuanto más me acerco al antiguo territorio de los Russo, más parece replegarse el paisaje sobre sí mismo.
Recuerdo haber venido aquí con mi padre años antes de su caída y haberme aburrido ante tanta belleza porque era lo bastante joven y estúpido para pensar que se parecía en todo a lo que tenía en casa.
Recuerdo a Isabella caminando delante de mí por uno de los jardines de la finca mientras su padre nos mostraba la propiedad, y cómo me sentí atraído hacia ella sin saber por qué.
Su vestido era azul pálido y realzaba el color de su cabello, que llevaba suelto en gruesas ondas hasta la espalda.
Se volvió una vez para mirar por encima del hombro y me sorprendió observándola; en lugar de ruborizarse, arqueó una ceja como si me desafiara a negarlo.
Ya entonces la deseaba.
Quizá por eso Alessio vio el peligro antes que yo.
Pensaba que la atracción era algo que podía controlar, pero tal vez él había reconocido cómo el germen de la adoración empezaba a echar raíces y creyó que aplastarlo nos ahorraría futuros conflictos.
Visto en retrospectiva, había sido un noble esfuerzo.
Uno que llegó demasiado tarde.
La finca abandonada de los Russo aparece entre la niebla, que empieza a disiparse, y emerge lentamente mientras el coche asciende por la sinuosa carretera. Al principio no es más que una silueta imprecisa de piedra clara y hierro negro, medio engullida por la bruma matinal que se aferra al suelo.
Después la carretera vuelve a curvarse, los cipreses se apartan y la casa se revela poco a poco.
Incluso después de ocho años en los que el abandono la ha ido deshaciendo por las costuras, la finca conserva una presencia majestuosa, esa vieja arrogancia de los Russo tallada en piedra en sus altos ventanales, amplias terrazas y balcones de hierro enredados en vides muertas.
Aprieto las manos en torno al volante. Aparco lo bastante lejos de la entrada para que la maleza oculte el coche, encajándolo en un hueco entre unos setos silvestres y un tramo derrumbado del muro de piedra.
Apago el motor y permanezco allí un momento, escuchando cómo se asienta a mi alrededor el calor del coche con sus pequeños chasquidos. El silencio resulta antinatural sin que el engranaje habitual de mi vida se mueva a mi alrededor.