15. Elio #3
Ahora ve el peligro que supone la fractura que atraviesa de parte a parte la casa Conti, conmigo a un lado y ellos al otro. Me mira como si fuera un desconocido, una entidad extraña que habita el cuerpo de su hermano pequeño.
Mi hermano siempre ha creído que nuestra familia podría sobrevivir a cualquier cosa mientras siguiéramos siendo leales al origen que nos convirtió en lo que somos. Lo que no entiende es que esa misma estructura lleva devorándonos vivos desde que éramos niños.
O quizá sí lo entienda y se limite a considerarlo el precio del poder.
Los ojos de mi padre se reducen a dos rendijas.
—¿Desenfundarías contra tu propia familia por ellos?
Mi mano no se mueve.
—Solo si me obligáis.
Su mirada se endurece, aunque, durante un instante fugaz, veo algo casi parecido al orgullo atravesar la ira que bulle en ella. Me repugna más de lo que lo habría hecho su desprecio, porque sé lo que ve.
No ve el valor de un hombre que por fin se interpone entre su familia y quienes no desean otra cosa que destruirla. Ve la violencia que hay en mí, mi disposición a trazar una línea y hacerla respetar sin vacilar; solo que ahora el arma apunta en la dirección equivocada.
Sé que una parte de él admira mi tenacidad, aunque odie ser el objetivo.
La familia ha sido el altar ante el que he sacrificado cada pedazo de mi alma sin pedir jamás nada a cambio.
Me arrebató a Isabella y me robó la vida que quería tener con ella, torturándome con la certeza de que la había encontrado junto a otro mientras yo vivía y moría por las mismas personas que ahora ansían hacerle daño.
Nunca había cuestionado nada de eso. Hasta ahora.
Mi padre me estudia durante largo rato. Cuando exhala, acompaña el suspiro con una risa queda.
—¿Lo ves? Esto es lo que hace el amor. Los vuelve débiles y poco fiables. —Entonces se da la vuelta y se dirige hacia la puerta—. Disfruta de tu victoria, Elio. Las pequeñas suelen ser las más caras.
No me muevo. Mantengo la mano cerca del arma hasta que su espalda desaparece por la puerta. Alessio lo sigue, pero no sin antes dedicarme una última mirada.
Está llena de advertencia y decepción, y de algo más triste que ambas cosas. Dolor, quizá, enterrado a tanta profundidad que preferiría degollarse antes que admitirlo.
Sus ojos se desvían un instante hacia Giovano y luego regresan a mí, con una promesa silenciosa brillando en ellos.
Esto no ha terminado.
Le respondo tan solo con la mirada.
Cuando la puerta se cierra tras él, me quedo en la sala de interrogatorios, con la sangre de Giovano Russo en el suelo y sus ojos clavados en mí.
La sangre se le ha secado en regueros oscuros a lo largo de la barbilla y ha teñido la parte delantera de su camisa en finos hilillos; el ojo izquierdo se le está cerrando por la hinchazón causada por el golpe de Alessio.
Sé lo que ve: a alguien que se interpone entre él y la muerte, pero que sigue siendo un Conti.
El hijo del hombre que, según cree, destruyó a su hermano. La confianza no es algo que hombres como yo podamos exigir después de algo así.
Se construye despacio con el tiempo o se destruye deprisa, y, por lo visto, todo lo que mi familia ha tocado ha terminado en ruinas.
Pero eso no acalla la pregunta que lleva royéndome el interior del cráneo.
—¿De verdad crees que mi padre estuvo detrás de la muerte de Amos?
Durante un instante, no responde. Su pecho sube y baja con respiraciones superficiales y dolorosas, mientras el aire le sale por la nariz con un tenue estertor.
Entonces tose, un sonido húmedo y brutal que lo obliga a inclinarse hacia delante hasta donde se lo permiten las ataduras. La silla cruje bajo su peso mientras el dolor le cruza el rostro, con tanta intensidad que ni siquiera su odio logra ocultarlo del todo.
Cuando se recupera, escupe sangre sobre el plástico que cubre el suelo a sus pies y hace una mueca al volver a levantar la cabeza.
—Sí.
Noto que algo en mi interior se resiste por instinto. Una parte antigua y leal de mí que todavía rehúye la posibilidad de que mi familia esté implicada y busca explicaciones o alguna versión de la historia con la que me alimentaron y que yo engullí obedientemente.
—¿Qué pruebas tienes? —pregunto—. Aparte de lo que ya has dicho.
Toma aire de manera entrecortada y escupe más sangre antes de echar los hombros hacia atrás.
—Por aquel entonces, mi hermano anotaba todo escrupulosamente en un libro de cuentas. Nunca salía de la finca sin él. Después de su muerte, busqué información que me ayudara a reconstruir la cronología de sus movimientos el día del asesinato. Fue entonces cuando encontré el libro.
Hay un dolor tenue detrás de sus ojos.
Amos Russo con un libro de cuentas.
Por supuesto. Encaja demasiado bien.
Recuerdo haberlo visto en reuniones con una mano apoyada a veces sobre un libro de cuero cerrado junto a su copa. Por aquel entonces no le di demasiada importancia.
Amos siempre había parecido la clase de hombre que mantenía las pruebas cerca, aunque no exactamente porque temiera una traición. Siempre daba la impresión de esconder otra intención. Una que nunca me molesté en cuestionar hasta ahora.
¿Planeaba necesitar una garantía? ¿Pruebas de algo?
Giovano traga con dificultad.