15. Elio #2
¿Qué significaba eso para la decisión que tomé cuando abandoné a Isabella? ¿Que había sido estúpida? ¿Equivocada?
Mi padre se acerca ahora a Giovano, con sus zapatos lustrados casi silenciosos contra el suelo. —Tu hermano comprendía la naturaleza del poder. Tú nunca lo hiciste. Por eso Amos dirigía y tú aconsejabas.
Giovano le gruñe, mostrando los dientes ensangrentados. —Le aconsejé que no confiara en las serpientes. Mira de qué sirvió que no me hiciera caso.
Mi padre se detiene ante él, imponiéndose sobre Giovano con la serenidad de un viejo rey. —Quizá eso diga más de tu valía como consigliere que de su buen juicio.
Giovano vuelve a arremeter contra las ataduras.
Por el rabillo del ojo, veo que Alessio observa la escena con una ínfima sonrisa de satisfacción curvándole los labios, pero no lo miro mucho tiempo.
Tengo la atención clavada en mi padre y en la línea contenida de sus hombros. En el tenue hastío de su voz y en el hecho de que no haya negado nada ni una sola vez.
No directamente, al menos.
Algo inquieto empieza a moverse bajo mi piel.
Giovano escupe sangre al suelo, cerca de los zapatos de mi padre.
—Mi hermano iba a alejarse de ti. De eso ha tratado siempre todo esto.
Amos vio en qué te estabas convirtiendo.
Vio cuánto control querías ejercer sobre un territorio que no era tuyo y hasta dónde estabas dispuesto a llegar para apoderarte de él.
Mi padre se encoge de hombros en respuesta. —Amos era un hombre de negocios. Entendía la negociación. A veces eso provocaba discrepancias.
—Se negó a darte lo que querías.
—No estuvimos de acuerdo —lo corrige mi padre.
—Se negó —repite Giovano, y su voz cobra fuerza impulsada por la pura furia—. Dos días después, estaba muerto.
La boca de mi padre se tensa. —Parece que has pasado ocho años alimentando el rencor a partir de un dolor mal encauzado. Es comprensible. Patético, pero comprensible.
Giovano vuelve a reírse y, esta vez, la risa casi se convierte en tos. —Siempre confundiste las emociones con la debilidad. Ya veo que nada ha cambiado.
Alessio suspira entonces, y el sonido interrumpe la conversación. —Nos estamos desviando del tema.
Los fluorescentes zumban sobre nuestras cabezas con un volumen irritante. Giovano respira con dificultad a través de sus labios ensangrentados antes de erguirse por completo y echar los hombros hacia atrás.
Sus manos atadas se flexionan en vano contra las sujeciones, aunque ahora eso parece importarle poco mientras aparta la mirada de mi padre para centrarla en mi hermano.
Alessio le sonríe. —¿Hacemos venir entonces a tu sobrina?
Los ojos de Giovano se abren de par en par.
Por primera vez desde que lo arrastraron hasta esta habitación, un miedo verdadero resquebraja el desafío del anciano.
No teme por sí mismo. Un hombre como Giovano hizo las paces hace mucho con el dolor e incluso con la muerte.
Ese ha sido y siempre será el desenlace inevitable para el consigliere de una familia antaño poderosa.
Los hombres como él no sobreviven al derrumbe de todo un linaje sin aprender a contemplar su propia tumba inminente y responderle con el dedo corazón.
No, ese miedo es únicamente por Isabella.
Alessio también lo ve, y la satisfacción se extiende despacio por su rostro. —Seguro que tenerla aquí para presenciar esto ayudará a cerrarte esa bocaza. Quizá hasta consiga que hables de lo que hemos descubierto en la correspondencia entre Davide y tú.
Golpea dos veces con los dedos el expediente que tiene detrás.
El corazón me da un traspié en el pecho y la habitación se inclina durante medio segundo mientras todo en mi interior se altera peligrosamente.
La idea de que arrastren aquí a Isabella y dejen atrás a Matteo gritando por ella —o, peor aún, de que también lo traigan— hace que se me revuelva el estómago con violencia.
No podré soportar la expresión de Isabella cuando vea a su tío atado y ensangrentado frente a ella. Giovano intentará enderezarse en la silla a pesar del dolor porque no querrá que ella lo vea destrozado, pero dará igual. Isabella verá lo que le han hecho.
¿Y si Giovano no le da a Alessio lo que quiere?
Entonces ella lo verá morir.
Antes de poder contenerme, me aparto de la pared y dejo caer los brazos a los costados. —No hace falta involucrarla.
Alessio vuelve lentamente la mirada hacia mí. Casi parece divertido, pero sus ojos son de cristal negro. —¿Y por qué no?
Abro la boca para replicar porque ya ha perdido bastante y no permitiré que utilices su dolor contra ella como una herramienta hasta que la destroces, pero me contengo.
Si entra en esta habitación y ve lo que le estamos haciendo al último vínculo vivo con su padre, nunca volverá a mirarme sin ver al monstruo que ya ha acusado a mi linaje de ser. No puedo quedarme ahí plantado y verla romperse. Puede que eso llegue a matarme de verdad.
La boca de Alessio vuelve a curvarse ante mi silencio.
—Lo único que ha hecho desde que llegó es consumir recursos.
Guardias, comida, atención médica. Tu atención.
—Entorna los ojos al pronunciar las dos últimas palabras—.
Más nos vale sacarle algún provecho, aunque solo sea como punto débil de otro.
Lo que tiene Alessio es que sabe hacer que la crueldad parezca práctica. Coge el horror y lo reviste de una lógica que ningún argumento en contra consigue hacer parecer menos razonable.
Revelar mi flanco cada vez más vulnerable, en el que se ha convertido Isabella Russo, no solo será perjudicial para mí, sino también para ella.
La crueldad de mi hermano hacia Isabella la obligará a contemplar en primera fila cualquier depravación que tenga pensado cometer para castigar a su tío por negarse a cooperar.
Cierro los puños a ambos lados del cuerpo. Noto la mirada de mi padre clavada en un costado de mi cara mientras se prolonga mi silencio. Pesa más que cualquier arma que me hayan apoyado en la frente.
Giovano gruñe con debilidad.
—Déjala al margen de esto.
—Si aún sientes afecto por tu sobrina, su presencia debería darte motivos más que suficientes para empezar a hablar.
—A continuación, posa la mirada en mí—. Y, si ha dicho la verdad sobre su implicación, o falta de ella, con Davide, quizá ver desenmascarado como traidor al hombre que sin duda la ayudó a desaparecer aclare ciertas lealtades.
Giovano vuelve a forcejear contra sus ataduras.
—¡Ella no tiene nada que ver con esto!
—Pues demuéstralo —dice Alessio.
—Preferiría morir.
Se inclina hacia Giovano, con un deje de diversión en la voz.
—Sí. Creo que sí. ¿Lo comprobamos?
—Basta —espetó.
Se endereza despacio y se vuelve para mirarme, frunciendo el ceño, confuso.
Por el rabillo del ojo, veo que mi padre entorna los suyos y gira el cuerpo entero hacia mí. Noto que toda la sala se vuelve en mi dirección, aunque la mayoría de los hombres apenas abandona su postura de estatua.
Mi hermano inclina la cabeza.
—¿Perdona?
Lo miro y le permito ver la línea proverbial que he trazado en la arena, porque la sutileza ya no tiene ningún sentido.
Murió en algún punto entre la negativa de mi padre a desmentir la verdad sobre la muerte de Amos y la decisión de mi hermano de convertir el dolor de Isabella en otro instrumento con el que jugar a su antojo.
—Me has oído —digo.
La diversión desaparece por completo de la expresión de mi hermano.
Mi padre baja la voz.
—Elio.
La advertencia debería funcionar. Lo ha hecho durante toda mi vida, hasta este instante. Antes, oír mi nombre en ese tono me obligaba a enderezar la espalda y devolvía mi conciencia al cajón cerrado con llave donde él prefiriera guardarla.
He matado a hombres sin vacilar después de oír ese tono. Me he tragado cada pregunta que nacía en mi interior porque Vittorio Conti no educó a sus hijos para que cuestionaran al arquitecto del imperio familiar.
Esta noche, ese tono solo me irrita. No lo miro a él, sino a mi hermano.
—Isabella se queda donde está. No hay razón para involucrarla en nada de esto.
Alessio suelta una carcajada incrédula.
—¿Ahora das órdenes?
—Soy el subjefe.
Me observa durante un largo instante.
—¿Crees que te lo agradecerá?
—No.
La respuesta es inmediata.
Isabella no me agradecerá que la mantenga fuera de esta habitación, ni tampoco que la proteja de cualquier dolor relacionado con su familia después de haberlo llevado yo mismo hasta la puerta de su casa.
Nunca me perdonará porque haya impedido una crueldad tras cometer otras diez. Quizá nunca vuelva a mirarme sin ver al hombre que hizo añicos la vida que tenía.
Lo sé y, aun así, no cambia nada.
Protegerlos abiertamente coloca una diana en las espaldas de Isabella y su hijo, una que sé muy bien que ya está empezando a dibujarse aquí mismo, en esta sala.
Les ofrece a mis enemigos, a mi hermano, a mi padre y a cualquiera dispuesto a intentar hacerles daño una vía directa hasta mis mayores vulnerabilidades. En cuanto los reclamo como míos, los pongo en peligro. En cuanto me niego a hacerlo, los abandono.
Aquí no hay forma de ganar.
A decir verdad, nunca la hubo. Ni desde el momento en que Davide encontró a Isabella ni siquiera ahora.
Todos los caminos están envenenados, construidos sobre los restos de una dinastía de la que mi propia familia intentó apoderarse tras su caída.
Durante toda mi vida me han enseñado a buscar la vía más eficaz, la solución menos engorrosa.
Pero se acabó fingir que esas son las únicas decisiones que merece la pena tomar.
Levanto la barbilla y sostengo la mirada de mi padre.
—Si alguien los toca, antes tendrá que pasar por encima de mí.
—Retírate —ordena.
En respuesta, bajo la mano hasta el arma que llevo al costado. Todos los hombres de esta sala comprenden el lenguaje de ese gesto, y todos se quedan paralizados. El rostro de Alessio se tensa. Durante un segundo, puedo leerlo con tanta claridad como Isabella me lee a mí.