15. Elio
ELIO
Ha pasado una semana entera desde mi noche con Isabella cuando mi hermano por fin encuentra un nuevo hilo del que tirar. Para entonces, el refugio se ha convertido en una suerte de purgatorio.
Siento que las paredes se me echan encima aún más que cuando llegamos, asfixiándome con cada día que pasa mientras veo salir y ponerse el sol sin apenas dormir entre medias.
En todos los pasillos hay demasiado silencio y hasta el aire me sabe rancio, por mucho que entreabra las ventanas para dejar pasar la brisa fresca.
Al menos Isabella y Matteo siguen en la habitación reforzada, ahora juntos. Los observo por los monitores cuando sé que no hay nadie más cerca.
La mayoría de las veces, Matteo está acurrucado contra ella en el catre mientras los dedos de Isabella se deslizan por su pelo para tranquilizarlo.
A veces se despierta llorando en plena noche, agitando brazos y piernas mientras contempla el techo con los ojos desorbitados.
Esas noches, ella lo mece hasta que se duerme y le susurra cosas que no alcanzo a oír a través de la transmisión, ni siquiera cuando subo el volumen.
Después, siempre mira directamente a la cámara. Tanto si sabe que la observo como si no, siento la acusación de todos modos. Tú has hecho esto.
Ahora cargo con ella allá donde voy.
Así que, cuando Alessio aparece en la sala principal con el primer atisbo de verdadera emoción que le he visto en el rostro en varios días, ya sé que, sea lo que sea, no va a resultar agradable.
Se planta frente a los monitores, tapándolos, con los ojos brillantes de satisfacción depredadora mientras alza un expediente que sostiene sin fuerza en una mano.
—Hemos encontrado a Giovano Russo.
El nombre paraliza la sala entera.
El hermano menor de Amos. El tío de Isabella. El último superviviente del círculo íntimo de su padre.
El consigliere que huyó tras el asesinato de Amos y desapareció antes de que la ciudad pudiera terminar de despedazar lo que quedaba de la familia Russo. Algunos decían que había escapado para proteger los vestigios de su linaje.
Otros cuestionaban sus motivos porque sospechaban que sabía más de lo que estaba dispuesto a morir por ocultar. En nuestro mundo, ambas cosas pueden ser ciertas, aunque ninguna bastaría jamás para salvarte.
No lo veo desde la semana posterior a la muerte de su hermano.
Por lo que recuerdo, era un hombre adusto, con las sienes plateadas y una actitud severa a juego con el ceño permanentemente fruncido que se le marcaba en el rostro.
En el funeral de Amos se había quedado junto a la abuela de Isabella, con una mano apoyada en su codo.
Tenía la cara tensa por el agotamiento y recorría el cortejo con la mirada mientras el sacerdote administraba los últimos sacramentos.
Yo estaba al otro lado del pasillo de la iglesia con mi familia y lo observaba desde lejos, preguntándome una y otra vez si había mantenido algún contacto con Isabella después de que ella desapareciera.
Recuerdo que Giovano me miró una vez y que el odio reflejado en sus ojos era tan puro que dejó una huella permanente en mi memoria.
Incluso ahora, recordarlo hace que un escalofrío me recorra la espalda.
Tardan menos de una hora en traerlo. Lo arrastran por la entrada trasera, atado y amordazado, con dos hombres de Alessio sosteniéndolo a suficiente altura del suelo para que apenas lo roce con los pies.
Ha envejecido desde la última vez que lo vi. Tiene el rostro más demacrado y el pelo más plateado que entonces. También luce un corte cerca de la sien del que mana sangre despacio, y uno de sus ojos ya empieza a hincharse.
Aun así, cuando le quitan la mordaza, nos enseña los dientes antes de pronunciar palabra.
—Que os jodan —escupe.
Un Russo hasta la médula.
Permanezco cerca de la pared del fondo, con los brazos cruzados y el rostro inexpresivo.
La estancia se encuentra en el extremo opuesto del refugio y la han vaciado y convertido en una improvisada sala de interrogatorios en cuanto Alessio ha hecho su anuncio. No está diseñada para esto, no como es debido, al menos, pero Alessio ha decidido apañárselas.
Una silla metálica está atornillada al suelo y unas láminas de plástico cubren casi cada centímetro de la habitación.
Delante de él hay una mesa con una grabadora, una pila de expedientes y una bandeja llena de instrumentos que reconozco demasiado bien. En cuanto su culo toca la silla, le esposan las manos y los pies a las patas y los brazos de esta, sin dejarle espacio para escabullirse e intentar huir.
Alessio se planta frente a él y parece casi elegante bajo la luz fluorescente, con el pelo peinado hacia atrás y las dos mangas pulcramente remangadas hasta los antebrazos.
Se apoya contra el borde de la mesa, dejando descansar el peso del cuerpo en una postura despreocupada. A mi hermano siempre le ha gustado disfrazar los interrogatorios de conversaciones formales.
Y eso es precisamente lo que lo convierte en un monstruo.
Levanta la carpeta que lleva en la mano y gira el torso lo justo para estamparla contra la mesa.
El sonido quiebra el silencio. —Lo hemos encontrado todo.
Meses de correspondencia entre tú y la rama de los Bianchi.
Llevas tiempo proporcionándole información a Davide sobre nuestra familia, ¿verdad?
Planeabas valerte del último leal a los Russo para acabar con nosotros.
Cuando no obtiene respuesta, Alessio echa el puño hacia atrás y le asesta un golpe en plena mandíbula. La fuerza hace que la cabeza de Giovano salga despedida hacia atrás y se le escapa un leve gruñido antes de poder reprimirlo.
—¿Verdad? —repite mi hermano.
Giovano deja caer la cabeza hacia delante durante un instante e inspira trabajosamente una bocanada de aire. La sangre se acumula en la comisura de su boca antes de que vuelva a levantar la cara.
—Jamás me aliaría con otro sindicato después de lo que le hicieron al mío —dice con voz áspera—. Sé que los Conti tuvisteis algo que ver con lo que le ocurrió a Amos. ¿Crees que no sospechamos de vuestra implicación cuando sucedió?
Alessio resopla por lo bajo. —¿Y por qué ibais a sospecharlo? Lo único que hicimos fue ofrecer nuestra ayuda para encontrar al verdadero asesino. ¿Qué habríamos ganado matando al jefe de nuestro aliado más cercano?
Giovano vuelve a enseñar los dientes a mi hermano. —Dímelo tú. En cuanto ocurrió, os abalanzasteis sobre nuestro territorio para absorberlo.
Mi hermano se encoge de hombros con despreocupación. —Estabais demasiado ocupados peleándoos entre vosotros. Alguien tenía que hacer vuestro trabajo para impedir que nuestras operaciones quedaran destruidas.
El hombre se abalanza contra sus ataduras, y la silla chirría con violencia contra el suelo hasta que los pernos la frenan.
—Sois unos buitres. A los Conti os encanta disfrazaros de aliados.
Entretanto, aguardabais para picotear los huesos de mi hermano antes incluso de que lo enterraran.
Vuestra familia sacó buen provecho de lo que nos arrebatasteis.
—Cuidado, Giovano —retumba mi padre desde la puerta—. Amenazar a alguien estando en tu situación no te llevará a ninguna parte, salvo a una tumba sin nombre.
La atmósfera de la sala cambia en cuanto su voz irrumpe en ella.
Su autoridad lo precede como un frente meteorológico, oprimiéndonos desde todas partes hasta que cada hombre de esta sala reconoce que la única forma de atravesarlo es someterse.
Hasta Alessio se queda un poco inmóvil al oírlo, aunque preferiría arrancarse la lengua antes que admitirlo en voz alta.
Vittorio Conti parece inmune tanto a lo avanzado de la hora como al antiguo consigliere de los Russo atado a la silla frente a nosotros.
Recorre despacio la sala con la mirada, sin mostrar la menor sorpresa ante la violencia, apenas una leve contrariedad porque aún no haya dado resultados.
Giovano se ríe, pero su risa suena húmeda y algo ronca. —Mi hermano fue un necio por confiar en ti. Ese fue su error.
La expresión de mi padre no cambia, aunque la mía está a punto de hacerlo.
Pienso en Amos Russo durante los días previos a su asesinato, sentado frente a mi padre con un vaso de whisky escocés entre ambos.
Desde fuera, sus reuniones siempre habían parecido inocuas, encuentros informales entre dos fuerzas poderosas convertidas en aliadas.
Conversaciones en voz baja, tras oscuras puertas cerradas, de las que ni Alessio ni yo teníamos permitido enterarnos jamás.
Por lo que vi, nunca había existido entre ellos una verdadera hostilidad. No la suficiente para que la familia Russo sospechara que la nuestra estaba detrás del ataque. Que mi padre matara a Amos Russo no tendría ningún sentido.
La alianza con los Russo aportaba estabilidad, mantenía constantes los beneficios de ambas partes y obligaba a nuestros enemigos a actuar con cautela. Amos poseía una influencia que mi padre respetaba, y mi padre respeta muy pocas cosas que no le pertenezcan.
Matarlo habría desatado el caos. De esa clase que cuesta dinero y atrae a buitres, justo lo que Giovano nos acusa de ser ahora.
El siguiente pensamiento me asalta, afilado e inoportuno.
Salvo que… nosotros sí nos beneficiamos del caos.
Tras la muerte de Amos, la familia Russo se fracturó casi de inmediato.
Las viejas lealtades se volvieron quebradizas, mientras que los hombres del círculo íntimo de Amos que antes se sonreían de un lado a otro de las mesas en bodas y cenas formales empezaron a susurrar sobre la sucesión y el territorio, y ninguno quería compartir nada.
Después de aquellos primeros meses, no quedó lealtad alguna. Cuando el conflicto interno se agravó, no permanecía ni una sola mano con fuerza suficiente para mantener unido el sindicato.
Fue entonces cuando intervino mi familia. Para estabilizar las operaciones, había dicho mi padre, e impedir que otros se aprovecharan de la situación, a fin de proteger los intereses compartidos.
En aquel momento me tragué esas explicaciones porque necesitaba que fueran ciertas. Porque, si no lo eran, ¿en qué me convertía eso?