Accidental Alliance (Mafia Lords of Sin 15) 14. Isabella
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14. Isabella

ISABELLA

Los días posteriores se desdibujan en una bruma.

El tacto de Elio aún perdura en mi piel como una marca a fuego: moratones en las caderas con la forma de sus dedos, el leve dolor entre los muslos que, cada vez que me muevo, me recuerda con cuánto desespero se ansiaban nuestros cuerpos incluso cuando nuestros corazones están en guerra.

Desde entonces, evito mirar a la cámara.

No ha vuelto a entrar en la habitación desde que me devolvió a Matteo. Procuro no interpretarlo como una señal de que van a dejarnos en paz y, en vez de eso, decido prepararme para lo que venga a continuación.

No soy tan ingenua como para creer que nuestro asunto ha terminado. Sé que está muy lejos de acabar, sobre todo porque sé que no han obtenido de mí una respuesta satisfactoria respecto a Davide.

Matteo también lo percibe, aunque intento protegerlo de mis peores temores.

Me observa con esos ojos inquietantemente perspicaces, hace pocas preguntas, pero absorbe cada interacción que tengo con los guardias que nos traen comida y agua con la misma clase de interés que ha heredado de su padre.

—¿Estamos en apuros? —me pregunta una vez, acurrucado contra mi costado en el catre después de cenar, con una voz tenue y queda en el espacio vacío.

Le paso la mano por el pelo mientras lucho contra el impulso de mentirle y decirle que he encontrado una forma de sacarnos de aquí.

Necesito desesperadamente infundirle esperanza, ahuyentar ese miedo que todavía veo persistir en su mirada después de haber estado separado de mí tanto tiempo. —No, cariño. No hemos hecho nada malo.

Inclina la cabeza hacia atrás para mirarme bien. —Entonces, ¿por qué no podemos volver a casa?

La pregunta me vacía por dentro mientras el estómago se me encoge con fuerza.

Ya echo de menos nuestra casita azul, con las flores del porche que siempre olvidaba regar y la nevera cubierta de trabajos del colegio llenos de comentarios elogiosos.

Echo de menos las estrellas que brillan en la oscuridad pegadas al techo de su dormitorio, las que yo señalaba por las noches mientras él se quedaba dormido; su balón de fútbol abandonado junto a los escalones de la entrada, con el que casi tropiezo cuando salgo corriendo a recoger el correo, y sus botas tiradas al lado de la puerta.

Toda nuestra vida ha quedado reducida a recuerdos sencillos y lejanos que ahora parecen imposibles de alcanzar. Recuerdos a los que temo que nunca podremos volver.

¿Qué ocurrirá cuando los Conti ya no tengan paciencia para seguir teniéndonos aquí?

No nos dejarán marchar, eso lo sé. Nuestra libertad no será un premio que vayan a concedernos, ni siquiera si de algún modo encuentro la información que buscan.

Entonces, ¿qué vendrá después? ¿La muerte? ¿El aislamiento en otra celda aún más remota que esta?

Aprieto los labios contra su frente. —Porque ahora mismo no estamos seguros en casa.

Permanece callado durante mucho rato. Después pregunta: —¿Es por tu otro nombre? ¿Isabella?

Suena extraño en sus labios, ese nombre del que llevo huyendo los últimos ocho años. Mis brazos se cierran con más fuerza alrededor de él antes de que pueda evitarlo. —Más o menos.

Me observa durante un largo rato. —¿Ese es tu nombre de verdad?

Me aparto lo suficiente para mirarlo de frente y le acaricio con el pulgar la piel bajo uno de sus ojos cansados.

Parece tan joven y tan mayor al mismo tiempo, mi precioso niño, con el miedo tensando ya sus facciones francas y formando inquietantes surcos alrededor de sus ojos y su boca.

Los aliso con el pulgar, tratando desesperadamente de borrarlos antes de que se vuelvan permanentes.

—Sí —digo al fin, porque no puedo seguir llenando su mundo de mentiras si la verdad que se esconde bajo ellas ya empieza a resquebrajar la superficie y salir a la luz—. Fue mi primer nombre. Marina es el nombre que he estado usando para mantenernos a salvo.

Frunce el ceño. —Entonces… ¿Marina no es mentira?

—No. Marina sigo siendo yo. Solo es… la parte más discreta.

Reflexiona sobre ello con la misma arruguita entre las cejas que le sale a Elio cuando trata de ordenar sus emociones. Entonces Matteo pregunta: —¿Quién es ese hombre? ¿Elio?

El nombre de su padre queda suspendido en el espacio entre nosotros como una guillotina oscilante.

Podría mentir.

Debería mentir.

Un instinto antiguo y desesperado busca el refugio familiar de las verdades a medias que he utilizado desde que nació para escapar de las crueles realidades de mi pasado y protegerlo de este mundo.

Podría decirle que Elio es un hombre peligroso. No sería exactamente mentira. Que me conoció hace mucho tiempo, lo cual también es cierto.

Bajo la vista hacia él, hacia la curva cansada del rostro de mi hijo y la forma en que su pelo oscuro le cae sobre los ojos después de que yo haya pasado las manos por él una y otra vez.

Abro la boca para decir precisamente eso, pero las palabras mueren en mi lengua justo cuando mis labios empiezan a darles forma.

Me observa con esa quietud inquietante, captando cada vacilación y cada detalle que ve reflejados en mi rostro, aunque ni siquiera entienda por qué están ahí.

—Es… alguien a quien conocí hace mucho tiempo —digo finalmente.

Los ojos de Matteo se entornan un poco. —¿Te gustaba entonces?

La pregunta casi me hace reír. O llorar. Tal vez ambas cosas, a juzgar por el repentino escozor que me invade los ojos y que me obliga a parpadear y apartar la mirada un instante, fingiendo que recoloco la fina manta que le cubre las piernas.

—Sí —respondo en voz baja—. Me gustaba.

Durante unos instantes, Matteo no dice nada. Junta las cejas como si tratara de encajar esta nueva parte de mí en la imagen que tiene de la madre que conoce.

La madre que hace tortitas y le recuerda que use el hilo dental antes de acostarse, que dobla la ropa los domingos por la mañana mientras tararea por lo bajo la misma melodía de sus dibujos matutinos.

Su madre, que se llama Marina, no Isabella.

—¿Todavía te gusta? —pregunta.

No sé cómo responder a eso.

Esta es una de esas preguntas que hacen los niños y que, sin saberlo, cortan mucho más hondo de lo que jamás llegarán a comprender. Matteo no pretende reabrir una herida así.

Su inocencia no tiene ni idea del nervio que acaba de rozar. Solo intenta entender la situación imposible en la que nos han metido.

—No sé qué siento —le digo.

Es lo más sincero que he dicho en días.

Matteo vuelve a apoyarse contra mí, callado.

Cierra una mano en torno a la tela de mi jersey, igual que se aferraba a mi camiseta cuando era pequeño y le daban miedo las tormentas.

Le paso los dedos por el pelo y desenredo con suavidad los mechones. Durante un rato, ninguno de los dos dice nada.

—No confío en él —murmura.

Me parte el corazón oír que mi niño dulce y despierto ya comprende que, en este mundo, no se le debe confianza a un hombre por el mero hecho de que se alce imponente o afirme estar protegiéndote de alguna amenaza invisible al otro lado de una puerta cerrada con llave. No debería tener que saberlo.

No debería tener que clasificar a los adultos entre seguros y peligrosos a los siete años.

Ese era el propósito de huir. De esconderme y convertirme en Marina Hayes en un pueblecito adormecido donde lo peor que podía pasar era el tráfico de los lunes por la mañana o llegar tarde al campo para su entrenamiento de fútbol.

—No tienes por qué hacerlo —respondo.

Exhala suavemente.

Cuando se acurruca contra mí, no queda espacio de verdad en el catre para estar cómodos. El colchón es demasiado estrecho para los dos y la manta demasiado fina para mantenernos calientes en esta habitación fría y aséptica.

Aun así, envuelvo su cuerpo con el mío para intentar que esté lo más cómodo posible.

Su cuerpo encaja contra el mío igual que cuando era pequeño y, durante un rato, casi puedo fingir que vuelve a tener tres años, que está febril y a salvo entre mis brazos mientras el resto del mundo nos deja en paz.

Le susurro los mismos cuentos para dormir que recuerdo de nuestra antigua vida: su favorito, el del conejo de la luna que robaba estrellas para hacer sopa, y el del principito testarudo que se convirtió en pájaro para encontrar el camino de vuelta a casa.

Matteo los ha oído todos cientos de veces, pero esta noche escucha en silencio, sin interrumpir.

—El del zorro, por favor —murmura, con la voz espesa por el sueño.

Así que se lo cuento.

Le hablo de la zorra que burla a los cazadores fingiendo ser más pequeña y dócil de lo que es en realidad.

Cuento la historia apenas por encima de un susurro, con una mano acariciándole el pelo y la otra apoyada en su espalda, sintiendo bajo la palma el latido constante de su corazón.

Para cuando la zorra escapa al bosque, la respiración de Matteo se ha vuelto lenta y profunda y su cuerpo queda flácido contra el mío.

En algún rincón de mi mente, el leve dolor de mi cuerpo me recuerda a Elio cada vez que cambio de postura en el catre; una molestia que debería saber solo a vergüenza y que, sin embargo, no deja de transformarse en algo mucho más complicado.

He descubierto que el deseo es mucho más cruel que el odio. Al menos, el odio tiene una dirección.

Sabe lo que quiere destruir. El deseo se arrastra entre las ruinas de lo que un día fue y aviva las brasas de aquello que ya solo debería ser ceniza.

Odio lo que me ha hecho. Que nos encontrara y arrancara a Matteo y a mí de la única vida tranquila que mi hijo ha conocido, que nos encerrara tras esta puerta de acero y de algún modo tergiversara todo hasta redefinirlo como protección.

Odio que la sombra de su hermano se extienda sobre mi hijo y lo amenace sin motivo. Odio que el apellido Conti, aquello de lo que huí incluso antes de que Matteo respirara por primera vez, haya terminado por encontrarlo.

Y, sin embargo, por encima de todo eso, mi cuerpo recuerda a Elio como el dolor recuerda a los vivos.

El hecho de que, tras ocho años repitiéndome que había arrancado a fuego a Elio Conti de mi ser, bastara un instante con su boca sobre la mía para demostrar que aún quedaba algo vivo bajo toda aquella devastación.

Permanezco despierta y dejo que mi mente de estratega dé vueltas sin descanso.

Tiene que haber una grieta en esta prisión.

Siempre la hay.

La voz de mi padre regresa a mí en la oscuridad.

Ninguna estructura es perfecta, Isabella.

Los hombres construyen prisiones en torno a aquello que temen y dejan puntos débiles allí donde se exceden para compensarlo.

Ninguna jaula carece de resquicios. No hay fortaleza sin una falla.

Utilízala en tu beneficio. No te permitas creer que han sido más listos que tú.

Inspiro despacio.

Aprovecharé la próxima oportunidad que se presente.

Aunque me cueste la vida.