Accidental Alliance (Mafia Lords of Sin 15) 12. Isabella #2
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12. Isabella #2

Durante un segundo, todo mi ser se paraliza cuando Elio entra solo. Sus ojos oscuros se clavan en mí con una intensidad que me roba el aire de los pulmones.

No se parece en nada al impecable subjefe que invadió mi casa ni al monstruo contenido que estuvo en esta habitación hace tres días con una pregunta que sabía que yo no podía responder.

Está desaliñado de una forma en que rara vez lo he visto. No lleva la chaqueta y tiene las mangas de la camisa remangadas hasta los codos, dejando al descubierto unos antebrazos cubiertos de cicatrices y salpicados de vello oscuro.

Un moratón reciente florece a lo largo de su mandíbula, de un morado intenso bajo la barba incipiente que ensombrece su rostro.

Tiene una grieta cerca del labio inferior, que ya no está del todo abierta, pero presenta un aspecto lo bastante irritado como para que mis ojos se detengan en ella antes de que pueda evitarlo.

Su pelo, normalmente peinado hacia atrás para despejarle la frente, está un poco revuelto, como si se hubiera pasado las manos por él demasiadas veces.

Parece… cansado.

Elio cierra la puerta tras él. La cerradura encaja con una rotunda pesadez que suena a rendición y condena al mismo tiempo. No me habla; se limita a mirarme fijamente, con el pecho subiendo y bajando despacio.

El silencio se prolonga entre nosotros.

Abro la boca para preguntarle qué ha pasado, pero vuelvo a cerrarla poco a poco.

No me corresponde entrometerme en lo que sucede en la vida fuera de esta celda.

No soy su amante ni su confidente. No tengo el privilegio de ser la chica que lo ve regresar magullado de algún desagradable encargo familiar y le cura la sangre reseca de los nudillos.

Esa persona desapareció hace mucho tiempo.

Pero… bien pensado, nunca he podido contenerme cuando se trata de él. Esa siempre ha sido la primera grieta de mi propia armadura.

—¿Qué ha pasado?

Se le tensan las comisuras de los ojos. No me ofrece nada durante varios largos instantes. Solo esa mirada oscura y la leve contracción de su mandíbula me indican que no se ha convertido en una estatua delante de mí.

El moratón se mueve con la tensión; su rostro se contrae por el dolor lo suficiente para que resulte perceptible antes de que vuelva a dominarlo.

Es un detalle insignificante, de los que se pierden con un parpadeo. Por desgracia para él, me he pasado la mayor parte de la vida sobreviviendo gracias a que reparo en las cosas que los hombres intentan ocultar.

—Nada por lo que debas preocuparte —dice al fin.

Se me escapa una risa carente de humor.

—Entonces, ¿una discusión con tu familia?

Entorna un poco los ojos. No es sorpresa, exactamente. Elio Conti no permite que se le escape algo tan vulnerable como esa clase de emoción, a menos que esté solo o muriéndose. Pero algo parecido titila en sus ojos antes de que las compuertas vuelvan a cerrarse.

Una parte de mí, pequeña y enterrada bajo mi ira, se divierte con ello. Odia que aún sea capaz de interpretarlo.

No habíamos mantenido una relación íntima durante mucho tiempo antes de que todo lo que había entre nosotros volara en pedazos y desapareciera, pero yo llevaba mucho tiempo observando a Elio Conti antes de que acabáramos enredados en aquella gala.

Mucho antes de que su boca me destrozara y esas manos suyas enseñaran a mi cuerpo un idioma que pasé años fingiendo haber olvidado.

Lo había observado desde el otro extremo de salones abarrotados mientras los ancianos que nos rodeaban intercambiaban amenazas envueltas en sonrisas corteses.

Había admirado cómo los soldados se apartaban antes incluso de que llegara hasta ellos y cómo los lugartenientes de su padre nunca dejaban de bajar la voz cuando él se acercaba.

La mayoría de la gente veía al subjefe de los Conti siempre que lo miraba.

Ese era el error que cometían con él. Confundían la disciplina con la falta de sentimientos.

Miraban los trajes negros de confección carísima, la voz serena, la violencia que nunca parecía mostrarse hasta el instante exacto en que debía atacar, y decidían que no era más que el hijo de su padre.

Yo sabía que no era así, pero quizá ese fue mi primer error. Tal vez las chicas como yo nunca deberían buscar ternura dentro de los lobos.

Entonces alzo los ojos hacia la cámara.

—La has apagado.

—Sí.

—¿Por qué? —La pregunta se me escapa demasiado rápido para mi gusto.

Él también mira la cámara y luego vuelve los ojos hacia mí.

—Porque lo que ocurra en esta habitación no necesita testigos.

La habitación parece encogerse a nuestro alrededor, atrayendo el catre, las paredes de hormigón, la puerta cerrada y a nosotros, dos personas destrozadas, hacia la misma órbita pequeña y cruel en la que nunca parecemos capaces de evitar caer.

Mi pulso tropieza una vez y luego recupera el ritmo con un latido violento.

—Eso suena a amenaza.

—No lo es, Isabella.

Odio cuando hace eso. Cuando se niega a seguir el juego y se limita a dejar que la verdad repose entre nosotros, sin disfrazarla con nada de esa crueldad que ya me ha mostrado.

Necesito que esta ira se mantenga lo bastante fuerte para impedir que mi cuerpo recuerde cómo era estar con él cuando aún creía que algunas partes de su ser eran humanas. Si no lo consigo, haré alguna temeridad que sé que lamentaré.

Durante un segundo, la habitación desaparece. Vuelvo a tener diecinueve años y estoy de pie en su apartamento, con la ciudad derramando luz dorada a través de las ventanas, convencida de que soy lo bastante mayor para comprender el peligro porque crecí rodeada de él.

Creyendo que podía amar a un hombre como Elio sin que me consumiera, porque sabría impedir que eso ocurriera. Pensando que la forma en que me miraba significaba que había encontrado dentro de él un lugar al que nadie más podía llegar.

Entonces llega la mañana y él se ha ido.

Se marchó.

Los eligió a ellos.

Dejó que despertara sola en aquel apartamento.

Esos son los mantras de siempre, los que me he repetido una y otra vez durante años. Se han convertido en una especie de credo privado, versos que recito en la oscuridad cada vez que el recuerdo echa dientes y me los clava en lo más hondo del corazón.

Recuerdo haberlos susurrado durante noches en vela, con Matteo ardiendo de fiebre contra mi pecho; haberlos murmurado mientras lavaba sola los biberones y cada vez que mi hijo se reía de un modo que arrancaba al fantasma de Elio de su tumba.

Cruzo los brazos sobre el pecho, necesitada de esa barrera aunque no sirva de nada.

—Quiero ver a Matteo.

—Lo sé.

—Pues llévame con él.

—No puedo hacerlo.

Claro que no puede, y ya sé exactamente por qué. Su padre se enterará y cuestionará su criterio; su hermano lo verá y lo someterá a un interrogatorio.

Todo el imperio Conti se sostiene sobre personas que fingen haber nacido con el corazón limpiamente extirpado del pecho, y Elio, pese a toda su oscuridad y a su disciplina empapada en sangre, siempre ha adolecido del defecto fatal de sentir demasiado.

Es una pena que nunca haya tenido el valor de hacer nada al respecto.

—Eres un cobarde —le espeto.

Una breve chispa de ira relampaguea en sus ojos.

—¿Crees que yo quería esto?

—Creo que lo que tú quieras no influye en absoluto en lo que nos ocurra a mí o a mi hijo. Así que ¿qué más da?

Sostiene mi mirada. Por un instante, creo ver algo atravesarlo; dolor, tal vez.

¿Frustración?

Entonces su rostro se endurece.

—No estás en situación de exigir nada, al margen de que me sienta o no lo bastante magnánimo para concederte un favor. Mientras sigas sin colaborar, las cosas serán así. En nuestro mundo, esa puede ser la única diferencia entre la vida y la muerte. Lo sabes.

Ahí vuelve a estar el Conti que lleva dentro. El príncipe de un reino podrido, recordándole a la cautiva que la misericordia es un don que se niega a conceder a quienes están por debajo de él.

Para él y para el resto de su familia no soy más que un medio para conseguir un fin, mugre adherida a las suelas de sus zapatos que están deseando restregar contra la primera superficie áspera que encuentren.

—¿Nuestro mundo? —me burlo. Increíble. De todo lo que podía decirme... Podría haber disfrazado cualquier otro insulto para hacerlo pasar por lógica y elige precisamente ese—. Abandoné vuestro mundo y construí otro. ¿Lo has olvidado?

—Y, aun así, acabó encontrándote.

Solo consigo oír a Matteo riéndose en aquel campo de fútbol antes de que todo se derrumbara a nuestro alrededor.

Su mano dentro de la mía mientras regresábamos a casa y él regateaba para conseguir más ingredientes en su helado. Después, sus gritos mientras los hombres de Elio lo arrancaban del único hogar que había conocido.

La rabia me inunda tan deprisa que calcina hasta el último vestigio de miedo que me queda. Doy otro paso hacia él antes de pensármelo mejor, con una furia subiéndome por el cuerpo, tan ardiente que un leve sudor febril me eriza la piel.

—Porque hombres como tú no dejan de arrastrarlo hasta mi puerta —replico.

Entonces se estremece, aunque apenas resulta perceptible. No lo suficiente para que la mayoría se dé cuenta, pero yo sí.

Verlo no me satisface tanto como habría deseado. Quiero sentir la satisfacción de aquel odio profundo que me invadió cuando descubrí que mi padre había muerto, que él lo sabía y que, aun así, me había abandonado.

Quiero mirar al hombre que ha atormentado cada instante de mi vida consciente y no sentir absolutamente nada salvo una furia sin filtros.

Durante un momento, ninguno de los dos habla.

Él está de pie, de espaldas a la puerta. Sus ojos danzan en la tenue luz mientras saltan de uno de los míos al otro.

Yo estoy descalza ante él, en una habitación en la que me ha encerrado, fingiendo todo el tiempo que no siento despertar de nuevo la terrible fuerza de atracción que existe entre nosotros.

Se agita bajo la ira y el miedo, bajo ese muro de hierro que llevo años construyendo entre la mujer que soy y la chica que fui.