12. Isabella #3
Es la misma fuerza que en otro tiempo me atraía hacia él a través de habitaciones abarrotadas, antes de que supiera que su boca se convertiría en un recuerdo que jamás lograría destruir por completo. El mismo pulso que hacía que su mano en mi cintura pareciera peligro y refugio al mismo tiempo.
Veo al hombre destrozado que es y recuerdo que, hace mucho tiempo, para mí no fue solo un monstruo.
—¿Qué ha pasado? —vuelvo a preguntar, esta vez con más suavidad a pesar de mí misma.
Sus cejas se juntan despacio.
—¿Por qué te importa?
—No me importa.
Su boca se curva ligeramente, pero en el gesto no hay humor alguno.
—Veo que sigues mintiendo de maravilla.
Alzo la barbilla.
—Y tú sigues eludiendo la pregunta.
Exhala por la nariz y aparta la mirada por primera vez, hacia la cámara apagada, el catre, la pared de hormigón; hacia cualquier sitio salvo hacia mí. Eso me revela más de lo que seguramente querría.
Elio siempre ha sido capaz de soportar el fuego directo, ya fueran acusaciones, amenazas, balas o puñetazos, pero siempre ha habido ciertas verdades de las que no puede evitar apartarse.
—Alessio y yo... —Hace una pausa—. Tuvimos una discrepancia.
Un escalofrío me atraviesa. Aprieto aún más los brazos sobre el pecho.
—Por mí.
Su mirada regresa a la mía.
—Sí.
—Y por Matteo.
El silencio que sigue es respuesta suficiente para que punzadas de ansiedad me recorran la columna. La habitación parece encogerse a mi alrededor, cerrándose sobre el escaso espacio que queda entre nosotros.
Odio a Alessio Conti más de lo que jamás he odiado a su propio hermano. Es una de las pocas emociones sencillas que me quedan después de todo lo ocurrido, y nunca ha cambiado ni se ha suavizado con el paso de los años.
Incluso hace ocho años, recuerdo que me miraba como si fuera una podredumbre que se extendía por nuestros dos linajes, como si mi mera existencia amenazara algún grandioso plan que hubiera concebido.
Alessio siempre ha sido la hoja pulida junto al fuego oscuro de Elio, el que sonríe mientras corta porque cree que la contención hace más fácil de digerir la crueldad que esgrime.
En mi opinión, no es más que la otra cara de la misma moneda que su hermano menor.
—¿Qué ha dicho de mi hijo? —pregunto.
No responde; se limita a seguir mirándome.
—Elio. —Esta vez su nombre abandona mis labios en voz baja. Eso parece captar su atención, porque se le tensan los hombros—. ¿Qué ha dicho?
El moratón de su mandíbula palpita levemente cuando vuelve a apretar los dientes.
—No es nada de lo que debas preocuparte.
Lo observo durante un momento.
—Tu hermano quiere matar a mi hijo. ¿Es eso?
No habría ningún otro motivo para que Elio se mostrara tan reservado al respecto. Si Alessio estuviera centrado en cualquier cosa que no fuera mi hijo, no tendría razones para ocultármelo. No es que me sorprenda demasiado que me amenacen.
Pero cuando se trata de mi hijo... eso es harina de otro costal.
Entonces levanta una mano, aunque no para agarrarme. Queda suspendida en el aire cerca de mí durante medio segundo, como si algún instinto lo impulsara a alargarla y tocarme, a deslizarme suavemente los nudillos por la cara como solía hacer. Espero, preparándome para que suceda.
La baja con la misma rapidez.
—Nadie va a matarlo.
Frunzo el ceño.
—Eso no lo sabes.
—Sí lo sé.
—¿Y por qué? —exijo, alzando la voz—. ¿Porque les has ordenado que no lo hagan? Qué tonta soy, había olvidado que los hombres Conti sois conocidos por obedecer siempre los deseos de los demás en vez de llevar adelante vuestros propios planes.
Sus ojos vuelven a relampaguear.
—No va a ocurrir porque detendré a cualquiera que lo intente.
Lo miro fijamente, abriendo un poco los ojos. Se me cierra la garganta hasta dolerme y la siguiente pregunta escapa antes de que pueda contenerla.
—¿Por qué? —susurro.
Traga saliva y su nuez sube y baja de forma visible.
—Sabes por qué.
Entonces se mueve.
En dos zancadas, salva la distancia que nos separa y me agarra de la cintura con una posesividad que deja moratones.
Me hace girar hasta acorralarme contra la fría pared de hormigón.
Su boca se estrella contra la mía sin previo aviso.
Este beso no tiene nada de delicado. Ocho años de hambre y deseo reprimidos estallan de golpe.
Percibo el sabor metálico de la sangre cuando nuestros dientes chocan y nuestras lenguas se enredan.
Debería apartarlo de un empujón y decirle que no vuelva a tocarme jamás.
Gritar, patear y luchar contra él hasta que retroceda y salga por esa puerta del mismo modo en que ha entrado.
En lugar de eso, cierro los puños sobre su camisa, tiro de él para acercarlo y gimo en cuanto su cuerpo se amolda al mío.
Un gruñido grave retumba en su pecho mientras me levanta sin esfuerzo y mis piernas se ciñen por instinto a sus caderas.
La dura longitud de su miembro presiona mi sexo a través de la ropa, gruesa e insistente, frotándose justo donde lo necesito.
Se me escapa un pequeño gemido entrecortado antes de que pueda contenerlo, y él engulle el sonido, devorándome como un hombre que se estuviera muriendo de sed y por fin hubiera encontrado agua.
Cada enfrentamiento de la última semana y cada palabra cruel arrojada a través de un campo de batalla interminable alimentan el incendio prendido con gasolina hasta que arde y lo consume todo.
Me separa de la pared y me lleva hasta el catre, dejándose caer prácticamente sobre él conmigo.
Sus manos tiran de mi jersey y me lo sacan por encima de la cabeza. El aire fresco me golpea la piel al arrancármelo, pero su boca lo sigue de inmediato y se cierra sobre uno de mis pechos cubiertos de encaje.
Succiona con fuerza a través de la tela, rozándome el pezón con los dientes hasta que arqueo el cuerpo con un jadeo agudo.
La espalda se me curva.
—¡Elio!
—Mía —gruñe contra mi pecho, con una voz oscura y posesiva—. Siempre has sido mía. Incluso cuando fui demasiado jodidamente estúpido para conservarte a mi lado.
Sus manos me desabrochan los vaqueros y, con un brusco tirón, me los bajan por las piernas junto con las bragas.
El ruido que hacen al caer al suelo es la única advertencia que recibo antes de que se aparte del catre y se arrodille sobre el suelo de piedra. Me incorporo sobre los codos para mirarlo y veo sus anchos hombros separándome los muslos.
Jadeo cuando hunde el rostro entre mis piernas.
—¡Oh!
La primera pasada de su lengua a lo largo de mis pliegues me arranca un grito ahogado.
Me lame hasta que mis caderas se alzan del catre, hundiendo la lengua entre mis pliegues con pasadas profundas, trazando círculos alrededor de mi clítoris con una precisión implacable y penetrándome después como si quisiera devorar hasta la última gota de mi excitación.
Cierro las manos sobre su espeso pelo negro y muevo las caderas desesperadamente contra su boca mientras el placer se enrosca en mi interior, tenso y despiadado. Ocho años de negación forzada han vuelto cada sensación mucho más devastadora.
Gime contra mí.
—Sigues siendo jodidamente dulce. Sigues tan mojada para mí. Nadie más ha tenido esto nunca, ¿verdad?