9. Elio #3
Lo que ocurrió en esa casa no fue en absoluto una actuación. No se puede fingir esa clase de furia maternal, ni siquiera para salvar el pellejo cuando te interrogan los enemigos de un aliado.
Levanto la mirada hacia Alessio.
—Lleva mucho tiempo alejada de nuestro mundo. ¿Qué motivo tendría para volver a él?
Él se encoge de hombros con indiferencia.
—La venganza, para empezar.
Es la respuesta más fácil. La venganza impulsa a la gente a cometer actos irracionales a todas horas; transforma la paciencia en virtud y la obsesión en propósito. Mantiene abiertas las heridas mucho después de que deberían haber cicatrizado y lo llama justicia.
Aun así, me oigo preguntar:
—¿Ocho años después?
—¿Desde cuándo prescribe la venganza? —replica, arqueando una ceja.
En los archivos de nuestra familia constan guerras que sobrevivieron a los hombres que las iniciaron.
Enemistades que pasaron de padres a hijos como reliquias familiares, rencores que perduraron más que las alianzas.
La venganza no se pudre en nuestro mundo. Fermenta y se vuelve más potente con el tiempo, no menos. A algunos les basta un único motivo para terminar lo que ya se ha empezado.
Me paso una mano por la boca y la mantengo allí un segundo, respirando por la nariz mientras esa idea se instala donde no la quiero.
Odio que tenga sentido.
Puedo mirar a Isabella Russo, brillante y furiosa, desaparecida durante años, e imaginar a la perfección cómo la venganza podría haberla ayudado a esperar el momento oportuno.
Aguardando la ocasión adecuada, el motivo indicado para regresar al tablero, donde por fin podría pedir cuentas a los viejos fantasmas por todo lo que le arrebataron.
Si la venganza sigue siendo un posible móvil y existe siquiera la posibilidad de que haya regresado a este mundo de la mano de Davide por razones que se remontan hasta nosotros, entonces no podemos permitirnos ninguna clase de sentimentalismo.
No podemos dar por sentado que, por haber construido una vida más apacible, ha dejado de ser capaz de tomar decisiones difíciles.
Después de todo, sigue siendo una Russo.
Alessio se separa de la consola en la que estaba apoyado y su elegancia indolente se desvanece en un abrir y cerrar de ojos. Lo que la sustituye es más frío, más definitivo.
—Tendremos que matarlos a los dos antes de que Davide descubra que tenemos a su preciada estratega. No podemos permitirnos vacilar en esto.
No digo nada.
Mantengo la mirada fija en el monitor que tiene detrás, en la imagen del camino de entrada.
Una ardilla trepa a saltos por el tronco de uno de los árboles situados en el borde de la imagen; su diminuto cuerpo se mueve con espasmos frenéticos que parecen casi cómicos frente a la rígida geometría del resto del mundo que la rodea.
Años de entrenamiento han hecho que me resulte fácil mantener impasible el rostro. No cierro las manos, aunque noto cómo los tendones se tensan, deseosos de convertirlas en puños. La ardilla asciende entre las ramas y desaparece de la vista con la misma rapidez con la que llegó.
Acabo de presenciar una pequeña muestra de lo que Isabella hará por ese chico si alguien le hace daño. Si amenazaran su vida, hablaría.
El amor, como siempre han predicado mi padre y mi hermano, vuelve débiles hasta a los más fuertes. La amenaza adecuada, dirigida al punto de presión preciso, puede forzar casi cualquier puerta si se insiste con la fuerza y durante el tiempo suficientes.
Alessio tiene razón en una cosa. Ya no podemos vacilar.
Su presencia aquí ya es una debilidad.
Con cada minuto que permanece cerca, con cada segundo que paso frente a esa puerta reforzada en vez de hacer lo que debe hacerse, la debilidad que albergo se vuelve más profunda y aumenta mi certeza de que no permitiré que nadie —ni mi hermano, ni el sindicato, ni siquiera mi propio padre— vuelva a arrebatármela.
Precisamente por eso tiene que morir.
Aunque para ello deba convertirme en el monstruo que ella ya cree que soy.
Sin pretenderlo, miro hacia el pasillo, en dirección a la habitación cerrada donde ahora descansa la mujer por la que una vez fantaseé con abandonarlo todo.
El recuerdo de esa fantasía resulta ahora casi risible en su inocencia.
Reducirlo todo a cenizas por amor... como si el amor hubiera construido alguna vez algo en mi mundo aparte de blancos más vulnerables.
—Le sacaré la verdad —me oigo decir, y mi voz suena distante incluso para mí—. Para confirmar tus sospechas.
Por el rabillo del ojo, descubro que mi hermano me observa. Me conoce demasiado bien. Quizá mejor que cualquier otra persona que siga con vida. Mejor de lo que me gustaría, en realidad. Giro despacio la cabeza y sostengo su mirada.
—Asegúrate de estar buscando de verdad la verdad. Y no una excusa para evitar aceptar lo que es en realidad —dice al fin.
Me levanto sin añadir una palabra. Si me quedo otros treinta segundos a solas con él, quizá le hunda el puño en la garganta y convierta esta habitación en un problema de una naturaleza totalmente distinta.
Sus labios se curvan, pero no hay humor alguno en el gesto.
—Buena suerte.