9. Elio #2
Celos es una palabra demasiado sencilla para describirlo. Sugiere algo casi mezquino y juvenil, un ramalazo amargo de posesividad que debería haberse extinguido hace años. Lo que albergo dentro es peor. Más oscuro y mucho más humillante.
Una repulsión visceral ante la idea de otro hombre ocupando un espacio que antes imaginaba mío. Otro hombre oyendo su risa en la cocina de esa casita azul, sabiendo cómo suena su voz cuando susurra un nombre en lugar de pronunciarlo.
Otro hombre presente en la vida a la que renuncié antes siquiera de saber lo que tenía, antes de perderlo.
Odio que incluso ahora, después de todo el tiempo transcurrido y de toda la sangre que desde entonces ha manchado mis manos, una parte primitiva de mí siga rebelándose con violencia ante la idea de que haya construido una vida con otro.
Me paso una mano por la boca y me obligo a alejarme de la puerta antes de cometer una estupidez monumental, como abrirla.
Es absurdo sentir celos de un hombre que, a todas luces, ya no forma parte de su vida.
He investigado lo suficiente para saber que no hay ningún marido o novio visible entrando y saliendo de esa casa, ninguna presencia masculina constante ligada a sus rutinas y a su hijo que sugiera la existencia de una figura paterna.
Ningún segundo coche que pase allí la noche, ningún documento escolar que mencione a un cónyuge autorizado a recoger al niño, nada.
Quienquiera que la ayudase a construir esa vida se marchó hace mucho.
Esforzarme por averiguar más detalles sobre él solo me enfurecería aún más de lo que ya estoy desde que descubrí, para empezar, que ella tiene un hijo.
Al menos, esa es la excusa que me doy. Porque cuanto más pienso en ello, más me tienta la satisfacción que me produce imaginarme matándolo con mis propias manos por haberla abandonado.
La voz de Alessio me recibe en cuanto entro en la sala principal.
—Así que, por lo que he oído, finge no tener nada que ver con Bianchi. Qué previsible.
Las palabras brotan con esa facilidad exasperante que solo posee mi hermano, ligeras en apariencia, casi propias de una conversación casual, como si estuviéramos hablando del tiempo que hará esta semana en vez de sobre una mujer en la que no he dejado de pensar durante años.
Contengo un suspiro y atravieso la habitación sin responder de inmediato.
En las pocas horas transcurridas desde nuestra llegada, la sala principal se ha convertido en un centro de operaciones.
Unas pantallas enormes ocupan la pared del fondo, y cada una muestra un ángulo distinto del perímetro exterior.
Sobre la larga mesa de comedor situada delante del sofá hay mapas extendidos, sujetos con cargadores de repuesto y una taza de café a medio terminar que se enfrió hace horas.
Me dejo caer en uno de los cojines del sofá y, en cuanto dejo de moverme, noto con mayor claridad el dolor de los hombros y la mandíbula.
Frente a mí, Alessio está junto a uno de los monitores, con la atención fija en la cámara que enfoca el camino de acceso al refugio.
Tiene una mano apoyada en el respaldo de una silla y la otra cerrada sin fuerza en torno a la misma taza de café que no ha tocado desde que se la sirvió.
Parece perfectamente sereno, aunque por supuesto que lo está. Ya de niños, cuando yo aún aprendía a ocultar mis emociones, él comprendía que la quietud asustaba más que cualquier voz alzada.
A sus cuarenta años, tiene la altura de nuestro padre y la belleza suficiente de nuestra madre para que su brutalidad resulte inesperada a cualquiera que tenga la mala suerte de encontrárselo.
Hace mucho que se quitó la chaqueta. Lleva las mangas de la camisa remangadas hasta los antebrazos.
Su pelo oscuro, como el mío, está peinado hacia atrás, apartado del rostro. Para alguien ajeno a todo esto, podría estar en una sala de juntas en lugar de en un refugio fortificado donde retenemos contra su voluntad a una mujer y a su hijo.
Y, aunque su tono sigue siendo ligero, una satisfacción depredadora le curva los labios y hace que se me tensen los hombros.
Para Alessio, la ira de Isabella demuestra que es una amenaza.
Demuestra que su instinto de hace ocho años, cuando la acusó por primera vez de conspirar en la ofensiva contra su padre, no solo era acertado, sino profético.
Siempre le ha gustado más que le den la razón que casi cualquier otra cosa.
Sobre todo cuando tener razón justifica su crueldad personal.
—No le ha dicho nada concreto a nadie —respondo al fin, con voz inexpresiva—. Solo que fue a su casa para visitarla y pedirle un favor.
Alessio deja escapar una risita. Gira la cabeza lo justo para mirarme por encima del hombro, y sus ojos dejan claro que considera que insulto su inteligencia por el mero hecho de repetir en voz alta la versión de los acontecimientos que ha dado ella.
—Hermano —dice con una amabilidad que, de algún modo, vuelve su tono todavía más irritante—, haz el favor de ser racional.
Es evidente que le está pasando información sobre algo.
¿Davide se presenta en su puerta como si fueran viejos amigos que se reúnen para tomar el té y ponerse al día?
No digas tonterías. Está jugando contigo. Otra vez.
No lo niego.
Tampoco la defiendo.
No tendría sentido, porque lo cierto es que ignoro por qué Davide se puso en contacto con Isabella ni qué ocurrió entre ellos en aquella casa antes de que llegáramos.
Por ahora, ella no ha dicho nada aparte de que la reunión duró menos de diez minutos. Él fue, le pidió un favor y ella se negó. Eso es todo cuanto nos ha contado.
Ningún nombre, ningún detalle, ninguna estrategia y absolutamente ninguna explicación de por qué Bianchi la ha encontrado ahora, después de años de silencio.
Pero no sé hasta qué punto dice la verdad.
Ninguno lo sabemos.
Y esa incertidumbre es precisamente el alimento de Alessio.
Entonces se vuelve por completo, abandona el monitor para mirarme y, antes incluso de que vuelva a abrir la boca, ya sé adónde conduce esta conversación. Cree que estoy condicionado de algún modo.
Quizá no de forma irreparable, todavía no, pero sí lo suficiente para haber empezado a rondar en torno a ello como un sabueso que olfatea debilidad en el viento.
Deja la taza sobre la consola que hay bajo las pantallas, se apoya de espaldas contra ella y cruza las piernas a la altura de los tobillos.
—No desapareció sin más porque estuviera harta de la vida del sindicato.
Lo hizo para evitar que la arrastrasen con el resto de su familia.
Solo eso ya debería decirte algo, hermano.
Las mujeres que se encuentran en su situación no desaparecen con tanta eficacia sin ayuda.
Y ahora Bianchi aparece sin avisar en el porche de su casa, ¿y se supone que debemos creer que es una mera espectadora inocente?
Es evidente que fue él quien la ayudó a salir del lío en el que estaba metida hace ocho años.
Me recuesto en el sofá y mantengo el rostro inexpresivo, aunque aprieto los molares con tanta fuerza que me duelen.
—Ella se negó. Fuera cual fuese el favor que vino a cobrarle, es evidente que no lo consiguió.
—Ella dice que se negó —corrige Alessio mientras abre las manos en el aire con un movimiento casi indolente—. ¿Cómo vamos a saber si esa es la verdad? Tiene sobrados motivos para mentirnos.
Por desgracia, no se equivoca del todo. Ese es el problema.
Que Davide se haya puesto en contacto con Isabella da mala espina. Que nuestra guerra fría haya estallado justo ahora hace que parezca aún peor.
Si lo contemplara desde fuera, sin ningún vínculo previo, y si Isabella no fuera más que otra hija de un linaje ya desaparecido, me plantearía las mismas preguntas.
Quizá otras más duras.
Sé que estaba aterrada cuando nos la llevamos. Luchó con uñas y dientes al ver que nos llevábamos a su hijo, y no porque creyera que montar una escena despertaría nuestra compasión.
Aquello no tuvo nada de teatro y sí todo de miedo auténtico.