8. Isabella #3
El parabrisas refleja demasiada luz y las lunas tintadas son demasiado oscuras para distinguir nada desde esta distancia. No hay ningún movimiento evidente en el interior, ninguna brasa de cigarrillo que se encienda durante la espera ni una silueta que se remueva en el asiento del conductor.
Resulta ridículo estar tan paranoica.
Este pueblo está lleno de familias, visitantes de fin de semana y coches que no pertenecen a mis vecinos.
Un todoterreno negro con lunas tintadas no demuestra nada. Si alguien del colegio me viera ahora, medio escondida detrás de la casa de un vecino con mi hijo pegado al costado, pensaría que he perdido la maldita cabeza.
Pero, desde la visita de Davide, cada nervio de mi cuerpo vibra con el peligro de antaño.
Cuando vuelvo a ocultarme tras la casa, me giro hacia Matteo y por fin le suelto la mano para agarrarlo por ambos hombros.
—¿Preparado para nuestro juego?
Me observa con recelo.
—Supongo…
Esbozo una sonrisa radiante que parece casi de dibujos animados.
—Vale. El primero que llegue a la puerta trasera gana una bola extra de helado.
Entorna aún más los ojos. Se asoma por detrás de mí hacia nuestra casa, situada dos parcelas más allá, y después vuelve a mirarme con toda la solemne sensatez de un abogado que se prepara para un interrogatorio.
—¿Y qué hacemos con la valla?
Durante un segundo, podría echarme a reír, aunque no porque nada de esto tenga gracia. Es porque, incluso ahora, con el pulso atronándome y el pasado respirándome en la nuca, Matteo sigue siendo Matteo.
Sigue siendo reflexivo y preciso, recuerda todas las normas que le he impuesto y se niega a traspasar esos límites sin una causa probable.
Dios, sería un capo increíble…
—Vamos a saltarla —le digo.
Los ojos casi se le salen de las órbitas.
—Pero me dijiste que nunca querías que me subiera porque es peligroso.
—Lo sé —respondo deprisa, manteniendo la voz suave—. Pero esto es solo para nuestro juego, ¿vale?
Veo la batalla que se libra tras sus ojos.
La emoción de una misión secreta, el atractivo de la promesa que lo espera al final, la confusión porque le permita hacer algo que siempre le he prohibido.
Resulta increíble contemplar, en tiempo real, cómo florece ese instinto heredado de ambos lados de su linaje que lo impulsa a mirar más de cerca cuando algo no tiene sentido.
—Vale —dice por fin, aunque noto que no está del todo convencido.
De momento, me basta.
A estas alturas, no necesito convencerlo. Necesito que obedezca.
—Bien —digo mientras vuelvo a erguirme—. Muévete rápido. Como en una misión secreta.
Ante eso, una chispa de emoción se abre paso entre sus dudas. Se endereza un poco, echa los hombros hacia atrás, entorna los ojos y baja la voz de forma automática.
—¿Como espías?
—Exactamente como espías —le susurro, inclinándome hacia él con aire conspirador.
Una diminuta sonrisa le tira de la comisura de los labios y parte de la tensión lo abandona, la suficiente para que pueda seguirme el juego.
El alivio me recorre con tanta rapidez que casi duele. Si consigo que esto siga siendo un juego durante dos minutos más, quizá logre meterlo en casa sin que perciba el miedo que emana de mí como una ola de calor.
La valla que separa las propiedades no es especialmente alta, pero sí lo bastante para que Matteo necesite ayuda para saltarla.
Le he dicho una docena de veces que no trepe por ella, por las astillas y el riesgo de caerse, y porque los buenos vecinos no tratan las vallas compartidas como si fueran juegos de parque.
Ahora examino la madera rugosa, calculando ya dónde puede apoyar los pies.
—¿Preparado? —susurro, agachándome como si fuera a echar a correr. Resulta absurdo estar allí acuclillada con mi hijo, en el jardín trasero de un desconocido, y convertir el pánico en una representación, pero el absurdo no tiene cabida en el mismo círculo que la supervivencia.
Me imita al instante, con las rodillitas flexionadas y los hombros inclinados hacia delante.
—Preparado.
Obligo a mi boca a abandonar la rígida línea en la que se ha convertido.
—Preparados... ¡ya!
Sale disparado delante de mí al instante y cruza a toda velocidad el jardín trasero de nuestros otros vecinos, con los tacos de las botas clavándose en la hierba y los brazos bombeando con fuerza a los costados.
Durante una fracción de segundo, verlo correr con todo ese ímpetu intrépido casi parece normal, como si de verdad solo estuviéramos haciendo una carrera por diversión.
Echo un último vistazo por la esquina del revestimiento de ladrillo antes de seguirlo, con la silla plegada rebotándome contra el costado. La hierba es irregular bajo mis pies, blanda en algunos puntos y dura y compacta en otros.
El pie se me engancha en un pequeño hoyo y, durante una fracción de segundo espantosa, pierdo el equilibrio y mi propio impulso hace que el cuerpo se me vaya hacia un lado, pero el instinto me endereza antes de que pueda entrar en pánico.
Sigo avanzando con el pulso golpeándome con tanta fuerza que duele.
Él llega primero a la valla. Sus manitas tantean en busca de una de las tablas horizontales clavadas a lo largo de la parte trasera y la utiliza para auparse.
Me detengo en cuanto alcanzo el límite de nuestra propiedad y me pego un instante al borde de la casa, con el aliento atascado en la garganta mientras vuelvo la mirada hacia el todoterreno.
Sigue sin moverse, pero desde aquí el ángulo es distinto. Puedo ver el interior a través del parabrisas.
Hay dos hombres en los asientos delanteros y ambos miran hacia la fachada de nuestra casa. Ninguno baja la vista hacia el móvil mientras espera algo, ni hablan entre ellos. Lo único que hacen es permanecer sentados y observar.
La imagen provoca en mi cuerpo una oleada fría e inmediata tan intensa que casi me fallan las rodillas.
Están vigilando la casa.
No la de los Thomason.
La mía.
Maldiciendo entre dientes, me vuelvo hacia Matteo, me quito la silla plegada del hombro y la arrojo al otro lado de la valla. Unos segundos después, aterriza con un golpe sordo.
Él ya tiene ambas manos apoyadas en lo alto de la valla e intenta impulsarse más arriba a fuerza de brazos, mientras sus zapatillas raspan las tablas con pequeños tirones desesperados y obstinados. Levanto las manos de forma automática y entrelazo los dedos para formar un escalón.
—Pon el pie aquí, cariño —le digo, intentando mantener firme la voz.
Obedece sin vacilar y planta uno de los tacos justo en mis manos unidas. Los clavos se me hunden en la piel de forma desagradable, con fuerza suficiente para saber que después tendré pequeños moratones en forma de media luna, si es que al acabar todo esto me molesto en fijarme.
Ahora mismo, sin embargo, apenas lo noto. Lo único que siento es la espantosa lentitud de cada segundo mientras esos hombres permanecen sentados en el todoterreno, orientados hacia nuestra puerta principal como cazadores a la espera de algún movimiento.
Durante un instante terrible, Matteo se tambalea. El cuerpo se le inclina hacia un lado, se le resbala una rodilla y sus dedos buscan a tientas un agarre mejor. Ya puedo imaginar el desastre: verlo caer hacia atrás y hacerse daño.
Pero entonces logra pasar la rodilla por encima del borde y se arrastra hacia arriba con un gruñido de esfuerzo hasta quedar encaramado en la parte superior como un gatito triunfante.
Me mira desde arriba con los ojos desorbitados.
—¡Lo he conseguido!
—Muy bien, cariño —le digo, y oigo el temblor de mi propia voz por mucho que intente ocultarlo—. Quédate ahí. Te ayudaré a bajar.
Trepo tras él deprisa, con mucha menos elegancia que Matteo. Las palmas se me aferran a la madera rugosa, un pie se me resbala y la manga se engancha en un borde astillado cerca de la parte superior.
Oigo rasgarse la tela, un desgarro breve y seco que me habría fastidiado en cualquier otra circunstancia, pero ahora mismo me da igual. Bajo primero a nuestro jardín y aterrizo sobre los pies con más fuerza de la que pretendía; el impacto me sacude las rodillas.
Después me vuelvo hacia la valla y extiendo los brazos.
—Vale. Salta.
Se deja caer sobre mí con un gruñido ahogado. Lo atrapo contra mi cuerpo con una fuerza que me hace retroceder medio paso y lo estrecho durante un largo segundo, con un brazo firmemente ceñido alrededor de su cintura y el otro sosteniéndole la espalda para estabilizarnos a ambos.
Suelta una risita sin aliento contra mi hombro.
—¡Ha sido increíble!
Su inocencia está a punto de romper algo en mi interior.
Estar a salvo en nuestro propio jardín trasero debería proporcionarme alivio, pero no es así. Ni siquiera un poco.
No puedo dejar de pensar en esos dos hombres sentados en la parte delantera del todoterreno.
Ahora ya no me cabe la menor duda de que están vigilando nuestra casa.
¿Por qué iban a mirar en esta dirección si no? La nuestra es la única casa al final del callejón sin salida. Cualquiera que aparque allí tiene una vista directa de nuestra propiedad.
Matteo se remueve entre mis brazos hasta que por fin lo dejo de nuevo en el suelo. Tiene las mejillas algo arreboladas por la carrera y la escalada, y el pelo aún revuelto de antes. Incapaz de contenerme, se lo aparto de la frente.
—¿Me sigue correspondiendo el helado extra aunque hayas sido la primera en saltar la valla? —pregunta.
Durante un segundo de estupor, estoy a punto de echarme a reír.
—Claro que sí, cariño.
Me obligo a soltarlo y me agacho para recoger la silla plegada del suelo, aunque todos mis instintos quieren mantenerlo apretado contra mi pecho para siempre.
Sonríe y sale disparado hacia los escalones traseros; yo lo sigo de cerca. Odio lo expuesto que parece el jardín a pesar de la valla. Incluso aquí, al otro lado de la casa, siento el peso de esas miradas invisibles.
Cuando Matteo llega a la puerta trasera, yo ya estoy buscando las llaves a tientas con unos dedos que no parecen dispuestos a obedecerme. Los siento torpes y distantes, como si pertenecieran a otra persona.