Accidental Alliance (Mafia Lords of Sin 15) 8. Isabella #2
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8. Isabella #2

Arqueo una ceja y bajo la mirada hacia los rastros de hierba y tierra que le recorren las espinillas y el cuello húmedo de la camiseta.

Él sigue mi mirada, vuelve a mirarme y suspira.

—Vale, está bien… Pero ¿puedo echarle salsa de nubes y sirope de chocolate?

—Ya lo discutiremos durante las negociaciones.

Me mira entornando los ojos.

—Eso suena a que sí.

—Eso suena a que te estás adelantando.

Sonríe, seguro ya de haber ganado.

Vuelvo a colgarme la silla plegada de un hombro, recojo su botella de agua y el par de botas de repuesto con la mano libre, y él desliza la suya en la mía.

Aún tiene los dedos un poco pegajosos y la palma cálida cuando me aprieta la mano. Emprendemos el camino a casa cogidos de la mano.

Matteo parlotea durante todo el trayecto, y sus palabras rebotan sobre la acera ante nosotros como piedras que saltan sobre el agua.

Me explica con todo detalle cómo ha marcado el primer gol, aunque yo misma lo he visto.

Recrea el segundo con movimientos exagerados de los brazos que casi lo hacen tropezar con el bordillo y me informa con absoluta certeza de que entrará sin duda en el equipo del colegio cuando empiecen las pruebas dentro de unas semanas, porque el entrenador ha dicho que su visión de juego se está volviendo «superavanzada».

Habla de cuáles de sus compañeros cree que también podrían ascender, de qué niño le parece en secreto malísimo en defensa y de por qué jugar de portero es «importante, pero un poco aburrido».

Solo lo escucho a medias, pero no porque no me importe.

Me importa tanto que me duele físicamente.

Cada una de las maravillosamente corrientes cosas que dice alcanza un punto sensible en mi interior.

Cada frase es otro recordatorio de lo que intento preservar y de lo que está en juego, de todo cuanto quizá tenga que arrancar de raíz antes de que él entienda siquiera por qué, si llega lo peor.

La calle que conduce a nuestro fondo de saco tiene exactamente el mismo aspecto que esta mañana. Unos niños en bicicleta circulan junto a la calzada trazando círculos amplios y desordenados, y sus risas flotan en la brisa.

A lo lejos, el rumor de los cortacéspedes llega desde algún lugar detrás de las casas con ese ritmo suburbano y perezoso que, cuando me instalé aquí, me parecía casi cómicamente absurdo.

Más adelante, una mujer con sandalias de goma y sombrero para el sol riega los parterres de la entrada y nos saluda con la mano al pasar. Un carillón de viento tintinea con suavidad en uno de los porches.

Todo el barrio resplandece con esa seguridad serena y bañada por el sol por la que lo elegí.

Y, aun así, no puedo dejar de ver el peligro oculto entre las sombras.

Cuando doblamos hacia nuestra calle, la pequeña casa azul aparece al final del fondo de saco, con el mismo aspecto de siempre.

Las flores de la maceta del porche están mustias porque ayer olvidé regarlas. El patinete de Matteo yace volcado de lado junto a los escalones de la entrada.

La puerta de nuestro buzón está ligeramente entreabierta desde que el cartero pasó por aquí hace unas horas.

Es nuestro hogar.

Esa palabra debería tranquilizarme. Normalmente, basta con ver nuestra casita azul al final del fondo de saco para que algo se relaje en lo más profundo de mi pecho.

Hogar significa las zapatillas de Matteo tiradas de cualquier manera junto a la puerta y las listas de la compra pegadas a la nevera con imanes del colegio.

Significa el sofá con un cojín hundido, el armario que se atasca cuando hay humedad y el tenue aroma a vainilla de la vela que enciendo por la noche después de que él se duerma. Es la versión más pequeña y tierna de la felicidad que alguna vez me he permitido desear.

Hasta que veo el todoterreno negro aparcado dos casas más allá.

Todo en mi interior se vuelve gélido. Mis pies se detienen sin previo aviso.

Está parado frente a la entrada de los Thomason, pero no del todo orientado hacia su casa.

Hay algo extraño en su posición. Las lunas están lo bastante oscuras para engullir cualquier indicio de movimiento en el interior y, aun desde aquí, distingo que la matrícula es de otro estado.

El pulso se me dispara en cuanto reparo en él y, de pronto, cada nervio de mi cuerpo cobra vida de la peor manera posible.

El cambio es tan brusco que Matteo da medio paso por delante antes de que nuestras manos enlazadas queden tensas entre ambos. La fuerza del tirón hace que se vuelva un poco, pero apenas me doy cuenta.

Tengo la vista demasiado fija en el todoterreno, inspeccionando el exterior de su carrocería con una precisión frenética en busca de algo que me resulte familiar. Algún emblema o modificación sutil que pueda vincularlo con el convoy de Davide de hace unos días.

Pero no veo nada.

De algún modo, eso es peor. Porque, si coincidiera, al menos sabría a qué me enfrento.

La mano de Matteo tira de la mía.

—¿Mamá?

Su voz suena pequeña y confusa, y ese sonido atraviesa el fragor estático que me ruge en los oídos lo suficiente para que baje la mirada hacia él.

Sus grandes ojos color miel me observan desde abajo, sinceros e inquisitivos, y su entusiasmo anterior por los helados empieza ya a transformarse en preocupación.

Percibe el cambio, como siempre. Basta con que me mire a la cara para que yo sepa que nota que algo va mal, aunque todavía no tenga palabras para expresarlo.

Abro la boca para responderle, pero no sale nada. El corazón me golpea el pecho con tanta fuerza que su sonido me impide oír bien. Cada latido cae como un puñetazo contra el esternón y ahoga la corriente banda sonora suburbana que debería seguir ahí.

Podría no ser nada. En esta ciudad hay mucha gente que conduce enormes todoterrenos negros con lunas tintadas. Mucha gente viene de fuera a pasar el fin de semana en nuestro pequeño pueblo, a pocos kilómetros de la costa.

Quizá los Thomason tengan visita: ese sobrino de Boston del que siempre les gustaba presumir o el amigo de Connecticut que se dedica a instalar tejados.

Quizá la matrícula de otro estado signifique vacaciones, no vigilancia. Las lunas tintadas podrían no ser más que señal de gustos caros y demasiado dinero para gastar.

Ninguna de esas explicaciones me tranquiliza. Sé demasiado bien qué hacen los hombres en coches como ese cuando esperan a que su objetivo pase por delante sin sospechar nada.

Desvío la mirada hacia la casa contigua, situada a dos puertas de la nuestra y perteneciente a un matrimonio de ancianos que rara vez viene de la ciudad en primavera.

El porche está vacío y no hay ningún coche en la entrada. No veo ninguna luz encendida desde aquí, ni siquiera a través del resplandor de la tarde.

Mi mente se aferra de inmediato a la disposición del terreno y traza el recorrido como antaño hacía con las vías de escape de los salones de banquetes y las entradas laterales de los refugios: atravesar su jardín lateral, rodear la casa por detrás, pasar junto a la piscina cubierta, cruzar la parte trasera hasta la valla de nuestra propiedad y saltarla para entrar en la nuestra.

Si hay alguien sentado en ese todoterreno vigilando la fachada de mi casa, no advertirá que entramos por detrás. Desde la calle no hay visibilidad alguna.

Vuelvo a mirar a Matteo y obligo a mis facciones a adoptar una expresión más suave, una que pueda pasar por distracción en vez de terror.

—Vamos a vivir una pequeña aventura.

Él parpadea y frunce las cejas oscuras.

—¿Una aventura?

La suspicacia de su rostro resulta casi dolorosa.

Es demasiado listo y observador para tener siete años.

Antes de que pueda preguntar nada más, tiro de él con suavidad y lo conduzco fuera de la acera. Cruzamos despacio el césped de la pareja de ancianos, como si no hubiera nada extraño en atravesar el jardín de un vecino en un barrio como este.

La hierba está quebradiza y amarillenta en las zonas donde las lluvias primaverales aún no han reparado por completo los estragos del invierno, y cruje bajo nuestros pies con pequeños chasquidos secos que a mí me parecen ensordecedores.

Matteo guarda silencio mientras rodeamos la casa por detrás, y esa quietud me asusta casi tanto como lo habría hecho su parloteo.

Significa que sabe lo suficiente para percibir que algo va mal, aunque no entienda por qué. Su mano aprieta la mía con más fuerza que antes y yo le correspondo de inmediato.

Atravesamos el jardín trasero, manteniéndonos alejados de la piscina vallada. La cubierta oscura está tensa sobre el agua, salpicada de hojas semejantes a papeles de color óxido.

Todo el jardín huele ligeramente a madera húmeda y a mantillo viejo y podrido. El viento agita las ramas de los árboles sobre nuestras cabezas. Cerca de allí, una puerta mosquitera se cierra de golpe. Cada sonido corriente me pone los nervios de punta.

—Mamá, ¿qué estamos haciendo? —pregunta Matteo por fin.

Ahora habla en voz baja, desprovista ya de la ligereza de su entusiasmo tras el partido.

Se mantiene pegado a mi costado mientras avanzamos, con pasos más cortos que los míos y la mirada saltando entre mi rostro y la dirección hacia la que nos dirigimos.

—Estamos jugando, tontorrón —respondo, intentando mantener un tono ligero y despreocupado, con esa calidez burlona que espera de mí.

Odio mentirle.

Odio aún más que se me esté dando bien.

Llegamos al extremo del jardín y alcanzamos la siguiente esquina.

Nos arrimo con suavidad a ambos contra el lateral de la casa, pegando nuestros cuerpos a la fachada de ladrillo.

Matteo deja escapar un pequeño resoplido de sorpresa, pero permite que lo guíe adonde quiero.

Noto la aspereza del ladrillo a través de la manga del jersey mientras me inclino lo justo para asomarme hacia la calle.

El todoterreno sigue allí y no se ha movido ni un centímetro. Desde aquí continúo sin poder saber si hay alguien al volante.