Accidental Alliance (Mafia Lords of Sin 15) 8. Isabella
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8. Isabella

ISABELLA

Me llevo una mano a los ojos mientras veo a Matteo atravesar el campo como una exhalación con el balón por delante, el pelo oscuro saltándole a cada paso y los ojos color miel entornados en una feroz concentración mientras prepara el disparo.

Durante un segundo suspendido en el tiempo, todo se ralentiza.

Solo existe mi hijo en movimiento, todo brazos y piernas desgarbados y obstinada determinación, con el sol de media mañana iluminándole la coronilla mientras avanza con esa misma concentración implacable que ahora aplica a todo, ya sea al fútbol, a los deberes de matemáticas o a insistir en que puede llevar él solo toda la compra desde el coche sin que se le caiga en cuanto pone un pie en el recibidor.

Espera hasta el último segundo posible para lanzar la pierna y entonces su pie conecta con el balón. Este sale disparado en línea recta, pasa a toda velocidad junto al portero y se hunde en el fondo de la red.

Un clamor estalla alrededor del campo.

Matteo alza ambos brazos en señal de triunfo y su rostro se abre en una sonrisa de alegría pura e incandescente justo antes de que tres de sus compañeros se abalancen sobre él al mismo tiempo y lo derriben sobre la hierba, formando un caótico montón de miembros y carcajadas.

Los demás chicos se lanzan tras ellos mientras el árbitro hace sonar el silbato para que todos vuelvan al campo y reanuden el juego.

Algunos de los padres que están a mi lado aplauden desde la banda y asienten en mi dirección con una aprobación cálida y espontánea.

—Menudo gol —dice uno de los padres.

—Cada vez juega mejor —añade otra madre con una sonrisa que le llega a los ojos.

Le devuelvo la sonrisa sin enseñar los dientes porque eso es lo que hace Marina Hayes.

Estoy entre ellos con unos sencillos vaqueros y un jersey azul marino, el pelo recogido en mi habitual moño bajo, y aplaudo con los demás mientras se me encoge el estómago por motivos que nada tienen que ver con el partido.

Este debería ser un domingo corriente como cualquier otro: una mañana fría que dará paso a un mediodía cálido.

Sillas plegables hundidas en la hierba húmeda a pocos metros de la banda, padres bebiendo café tibio y gritando palabras de ánimo, niños pequeños vestidos con camisetas enormes corriendo de un extremo a otro del campo como si una liga recreativa de barrio tuviera de algún modo la misma importancia que un mundial.

Esta es la clase de día que antes ansiaba sin llegar a comprender siquiera qué buscaba exactamente. Visto desde fuera, eso es justo lo que parece.

Nadie sabe que he inspeccionado el perímetro del campo tres veces antes del saque inicial y memorizado todos los coches aparcados cerca de la entrada.

No saben que he elegido este lugar en la banda porque me ofrece una vista despejada del aparcamiento, del camino a los baños y de la carretera que discurre tras el puesto de comida, porque llevo toda la semana con el pulso demasiado acelerado.

La visita de Davide se me ha instalado bajo la piel como un veneno que se extiende despacio, como un cáncer que empieza a resultarme imposible seguir ignorando. Lo ha cambiado todo a mi alrededor sin alterar una sola cosa visible.

Vuelvo a aplaudir cuando Matteo se desenreda del montón de chicos que ríen y se pone en pie, sonriendo con tanta fuerza que deja a la vista el hueco de uno de sus dientes delanteros, que todavía está saliendo.

Mira de inmediato hacia la banda, buscándome.

Levanto la mano y lo saludo cuando sus ojos se posan en mí. Su rostro se ilumina aún más, por imposible que parezca, antes de echar a correr hacia el otro extremo del campo para reunirse con los demás chicos.

No tiene ni idea de que, mientras él duerme por las noches, yo permanezco despierta y repaso cada palabra que dijo Davide hasta que el amanecer empieza a asomarse por mis ventanas.

Ni de lo culpable que me siento por rechazar a uno de los aliados más cercanos de mi padre.

Todavía no he encontrado una versión de todo esto que no termine arrastrándonos de vuelta a un mundo que creía haber dejado atrás hace años.

Matteo rebota sobre las puntas de los pies mientras espera a que se reanude el partido.

Tiene una rodilla embadurnada de tierra y uno de los calcetines ya se le ha metido dentro de la bota.

Uno de los cordones amenaza con desatarse, pero no le presta atención antes de abalanzarse hacia el balón en cuanto suena el silbato del árbitro.

A su padre le habría encantado verlo así.

El pensamiento aparece sin invitación y, por un momento, me odio incluso por haberlo tenido. Lo odio a él por seguir existiendo en alguna parte de mi interior después de tantos años.

Por aflorar fragmentado en mis recuerdos cuando Matteo corre de determinada manera, alza la barbilla en un destello de desafío o sonríe después de ganar como si la victoria fuera un derecho de nacimiento.

No es justo que se parezcan tanto.

Me llevo las manos a la boca y grito su nombre con la misma calidez espontánea de siempre.

—¡Vamos, Teo!

Mientras tanto, mantengo la mirada clavada en el aparcamiento, siguiendo un todoterreno negro de lunas tintadas que entra desde la calle.

Me pregunto si es así como empieza esta nueva forma de supervivencia. No huyendo de inmediato de los disparos o de los gritos que siguen a una explosión, sino con la silenciosa corrosión de todo cuanto empieza poco a poco a parecer inestable.

¿Será así como me sentiré a partir de ahora?

¿Viviré sin poder ver un partido de fútbol sin trazar una vía de escape ni charlar con otra madre sin preguntarme cuánto tardaría en llevar a Matteo hasta el coche si fuera necesario? ¿Ya no podré oír reír a mi hijo sin que el terror se enrede con ese amor que continúa haciendo latir mi corazón?

Lo que más odio es que el miedo intente mancillar incluso algo tan pequeño como eso.

Cuando por fin termina el partido, me agacho para recoger la silla plegable y sacudo la hierba húmeda de las patas metálicas antes de plegarla y guardarla de nuevo en su funda.

A mi alrededor, el campo se disuelve en el caos habitual de después del partido, con los entrenadores recordando en voz alta la hora de inicio del próximo sábado.

Los niños corren en círculos, como si de algún modo recobraran las fuerzas en cuanto suena el pitido final. Los padres recogen sudaderas tiradas, botas de fútbol y botellas de agua medio vacías mientras gritan nombres al cálido aire de la tarde.

Oigo a Matteo correr hacia mí antes de verlo. Sus pisadas son rápidas e irregulares sobre la hierba, y su voz me alcanza cuando aún está a mitad de camino, atropellando ya las palabras a tal velocidad que su respiración no logra seguirles el ritmo.

—¿Has visto eso, mamá? ¡Dos goles yo solo! Y Luca ha dicho que el segundo ha sido mucho mejor porque he chutado desde más lejos, y hasta el entrenador ha dicho que, si sigo practicando con el pie izquierdo, va a ser imposible pararme, y Tyler solo ha marcado uno y…

Al segundo siguiente, me rodea la cintura con los brazos y todo su cuerpo choca contra el mío con fuerza suficiente para casi hacerme perder el equilibrio.

Se me escapa una risa sorprendida antes de poder contenerla. Afirmo mejor el pie en la hierba y lo estrecho contra mí, dejando caer la silla plegada a mi lado para poder abrazarlo como es debido.

Está acalorado y sudoroso y respira con dificultad; tiene húmeda la espalda de la camiseta y la piel le huele a hierba y tierra.

Lo abrazo con más fuerza de la que pretendía, quizá demasiada. Pero él solo me aprieta aún más en respuesta, todavía embriagado por esa alegría sencilla que la mayoría de los adultos se pasan la vida intentando encontrar.

Cuando me aparto lo suficiente para mirarlo, le retiro el pelo húmedo de la frente. Como siempre, vuelve a caer de inmediato.

—Lo he visto. Eres imparable, cariño —le digo, sonriendo a pesar del dolor que siento en el pecho.

Él me dedica una sonrisa radiante.

Durante un segundo, no hay más que júbilo sincero; todo su rostro parece iluminado desde dentro, luminoso, cálido e inocente como el sol de la mañana.

Entonces algo cambia. Es sutil, tan sutil que a la mayoría se le pasaría por alto. Pero Matteo no es como la mayoría. Tiene mis ojos y, detrás de ellos, demasiado de mi mente.

Esa mirada suya de una perspicacia inquietante se desvía hacia mi sonrisa. Entorna ligeramente los ojos y me observa con una atención demasiado curtida para un niño de siete años y que, sin embargo, en él parece del todo natural.

Siempre se ha dado cuenta de aquello que desearía que no viera.

Por desgracia, mi hijo no solo heredó el rostro y la obstinación de su padre. También me heredó a mí.

—¿Estás bien, mamá?

La pregunta suena suave, casi despreocupada, pero percibo lo que hay debajo. Sabe que algo no va bien.

Obligo a mi sonrisa a ensancharse, procurando no exagerarla.

—Claro que sí.

La mentira surge con facilidad y odio que así sea. No debería tener que fingir ante mi hijo. Y menos aún cuando siento que las paredes se cierran poco a poco a nuestro alrededor sin dejarnos escapatoria.

Antes de que pueda seguir estudiándome, ladeo la cabeza y añado:

—¿Qué te parece si preparamos unos helados cuando lleguemos a casa?

Con la misma rapidez con que apareció, el escrutinio de Matteo desaparece bajo un júbilo absoluto. Se le iluminan los ojos y toda sospecha queda borrada por la promesa de azúcar y celebración. Jadea de forma teatral.

—¿De verdad?

Me río, con más sinceridad esta vez.

—Sí.

Alza los brazos por encima de la cabeza con un sonoro ¡yupi!

Antes de que se entusiasme demasiado, lo señalo con un dedo.

—Pero después de ducharte.

El gemido que recibo en respuesta es inmediato y lo bastante teatral para arrancarle una sonrisa a una de las otras madres, que pasa junto a nosotros arrastrando una nevera portátil.

—Pero, mamáááá —alarga, echando la cabeza hacia atrás y balanceándose en un esfuerzo por resistir el impulso de desplomarse sobre la hierba por puro dramatismo—. ¡Ni siquiera estoy tan sucio!