Accidental Alliance (Mafia Lords of Sin 15) 7. Isabella #4
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7. Isabella #4

Aunque quisiera, aunque permitiera que esa parte temeraria y enterrada de mí resurgiera y se desperezase tras años sumida en la oscuridad, la seguridad de Matteo me devuelve al instante a la realidad con una fuerza brutal.

No hay ninguna versión de esto en la que yo regrese al mundo que habité en otro tiempo y consiga mantener a mi hijo al margen.

Los bajos fondos no toleran la inocencia durante mucho tiempo. Detectan la vulnerabilidad como los tiburones detectan la sangre en el agua.

Identifican los puntos débiles, los catalogan y después deciden si explotarlos en ese momento o reservarlos para usarlos como arma más adelante.

Allí, los niños nunca son solo niños. Son herederos, puntos de presión, futuros peones y pólizas de seguro. Así es como funciona siempre la maquinaria.

Tritura y consume a cuantos se cruzan en su camino.

Aunque intentara mantener escondido a Matteo, no serviría de nada durante mucho tiempo.

Tarde o temprano, alguien miraría con demasiada atención, algún enemigo haría las preguntas adecuadas y mi hijo dejaría de ser el dulce niño de siete años que todavía cree en los trucos de magia y en Papá Noel para convertirse en aquello que ese mundo decidiera hacer de él.

Útil.

Preferiría morir antes que permitirlo.

—Lo siento —digo. Mi voz me suena distante incluso a mí, como si la respuesta procediera de una versión de mí misma más fría y serena—. Pero no.

Davide asiente despacio. Y entonces hace algo que no espero: lo acepta.

Al menos en apariencia.

No se inclina hacia delante para recordarme de qué son capaces los hombres en su posición cuando alguien les niega lo que quieren. Tampoco desvía los ojos significativamente hacia la ventana tras la cual Matteo continúa jugando. Se limita a permanecer sentado, asimilando mi negativa.

Por un momento, casi me sorprende que no me amenace.

La mayoría de los dones en su posición lo harían. Acorralado hasta el punto de tener que buscar ayuda externa, un hombre como él no entraría en una habitación como esta sin esconder al menos un cuchillo a la espalda.

Si de verdad está tan desesperado como para venir hasta aquí, localizarme después de ocho años y pedirme lo único que juré que nunca volvería a darle a nadie, entonces la situación debe de ser grave.

Lo bastante grave como para imponerse a su orgullo y arriesgarse a asustarme.

Ese pensamiento se instala incómodamente en mi pecho.

Davide baja un instante la mirada hacia sus manos enlazadas antes de volver a levantarla hacia mí.

—Me quedaré en el pueblo unos días más. Por favor, piénsatelo hasta entonces. Te dejaré mis datos de contacto. Si no sé nada de ti en unos días, entenderé que tu negativa es definitiva.

Lo único que puedo hacer es asentir antes de ponerme en pie.

Después de eso, no se queda ni un momento más.

Él y sus hombres salen de mi casa en fila sin oponer resistencia, con la misma discreción con la que llegaron.

Desde el porche delantero, los observo subir a sus coches mientras me rodeo el cuerpo con los brazos, apretándome con fuerza en un intento de calmarme.

Los todoterrenos negros se deslizan por el fondo de saco como un mal presagio. Cuando desaparecen tras la esquina, la calle recupera su apacible ritmo. Después de vigilar la carretera unos minutos más para asegurarme de que no den la vuelta y regresen, entro de nuevo en casa.

En cuanto cierro la puerta con llave, me apoyo contra ella. Para mi sorpresa, la culpa se filtra por las grietas de mi determinación como agua salada en una herida abierta.

¿Qué habría querido mi padre?

¿Amos Russo me llamaría cobarde por darle la espalda a un viejo amigo como Davide? ¿O me exigiría que corriera más deprisa y quemara todos los puentes por los que la violencia pudiera alcanzar a mi hijo?

Mi mente se convierte en un campo de batalla de contradicciones. Lealtad contra supervivencia, deber contra maternidad.

Bajo todo ello yace una única y dolorosa verdad. Ojalá mi padre siguiera vivo. Él vería los ángulos que yo aún no soy capaz de ver. Sabría encontrar el camino que mi miedo me oculta.

Pero ya no está, abatido a tiros hace ocho años en una traición que lo destrozó todo y para la que aún no tengo respuestas.

La voz inocente y alegre de Matteo llega flotando desde el pasillo.

—¿Mamá? ¿Es hora de ir al colegio?

Me aparto de la puerta y me vuelvo hacia el sonido de su voz. Contrólate.

—Sí, cariño. Coge la mochila y ponte los zapatos.

Llega dando saltos por el pasillo con las botas de fútbol en la mano y los ojos dorados como la miel brillantes de emoción mientras corre hacia la puerta para coger la mochila. Le revuelvo el pelo oscuro y lo estrecho en un abrazo que dura un segundo más de la cuenta.

Cuando por fin lo suelto, parpadea y alza la mirada hacia mí.

—¿Estás bien, mamá?

—Perfectamente —miento mientras le beso la coronilla.

Salimos de la mano al cálido aire matinal. El apacible pueblo se extiende a nuestro alrededor, la ilusión de seguridad que llevo años luchando por mantener. Pero las sombras de mi pasado nunca han desaparecido de verdad.

Solo esperan el momento adecuado para atacar.

Y hoy han vuelto a encontrarme.