7. Isabella #3
Quizá ya había comprendido que la mujer al otro lado de la puerta nunca actuaría por impulso cuando estaba en juego su hijo, pero que al final sabría cuándo ceder.
Hay algo inquietante en ese escrutinio, en que alguien perteneciente al mundo del que tanto me esforcé por escapar me vea con tanta claridad.
Me hace sentir expuesta de formas para las que mi ropa sencilla y mi nombre falso jamás me prepararon, despojada de mi camuflaje y devuelta, aunque solo sea por un instante, a la versión de mí misma que sabía exactamente qué buscaban los hombres como él y cómo ocultárselo.
Solo que ahora ya no tengo el lujo de pensar únicamente en mí.
Por fin me aparto y los invito a entrar a todos sin decir una palabra más. Solo entonces se mueve Davide y cruza el umbral con la tranquila seguridad de un hombre acostumbrado desde hace mucho a entrar en lugares donde sabe que no es del todo bienvenido.
Se detiene justo al otro lado de la entrada y abarca la estancia con una sola mirada calculada.
Lo primero en lo que se demoran sus ojos son las fotografías familiares sobre la mesa auxiliar y los zapatos de Matteo, tirados de cualquier manera contra el rodapié.
Se adentra más en mi casa y pasa junto a los dibujos enmarcados en la pared que conduce al salón, todos ellos llenos de árboles y figuras de vivos colores trazadas con ceras. Ahora cada detalle de la vida que he construido está siendo contemplado a través de los ojos de otra persona.
Odio no ser capaz de saber qué piensa de ella.
Cruzo los brazos sobre el pecho y lo conduzco al salón. Nos sentamos en los sofás, uno frente al otro. Sus hombres se apiñan justo bajo el arco de entrada, manteniéndose a cierta distancia para dejarnos espacio.
Cuando Davide vuelve a mirarme, es la primera vez desde que he abierto la puerta que parece menos el jefe de un sindicato criminal. Aquí sentado, en mi salón, se asemeja más a un hombre que carga con un peso enorme que ya no puede soportar solo y bajo el cual se encorva de forma visible.
—Otra familia está invadiendo mi territorio —empieza, entrelazando los dedos sobre la rodilla—.
Han comenzado a apoderarse de mis activos poco a poco.
Al principio actuaron con discreción, alterando las cadenas de suministro de los almacenes y las rutas de transporte.
Hace poco han pasado a atacar las tapaderas financieras y han conseguido que me congelen varias cuentas.
Operaciones enteras que mantengo desde hace décadas empiezan a desmoronarse de la noche a la mañana.
Son despiadados y no tienen ninguna intención aparente de detenerse pronto.
Su voz permanece serena, pero alcanzo a oír la tensión que se esconde bajo ella.
—Necesito que una estratega brillante como lo fue tu padre me ayude a actuar contra ellos. Sé que te enseñó bien, Isabella.
Siento la atracción al instante, ese viejo instinto que se agita en mi interior mientras la sangre de los Russo vibra en mis venas.
Está entretejido en mí a mayor profundidad que el nombre falso de mis documentos y la persona que llevo casi una década fingiendo ser.
Análisis de patrones.
Puntos débiles.
Líneas de presión dentro de las filas enemigas.
Esa deliciosa y peligrosa satisfacción de ver tres jugadas por delante mientras el otro bando aún se cree a salvo en la primera.
Mi padre me adiestró en ese lenguaje antes de que tuviera edad suficiente para entender a cuántas hijas nunca se lo enseñaban. Me sentaba a su lado después de las reuniones y me preguntaba qué había visto.
Quién había mentido con el cuerpo en lugar de con la boca, qué alianzas comenzaban a resquebrajarse bajo la presión de la política y qué insultos se habían guardado para un futuro derramamiento de sangre.
Me enseñó a ver la partida que se ocultaba bajo el tablero, a oír lo que los hombres querían decir cuando se creían muy listos o tenían demasiado miedo para expresarlo abiertamente.
Durante un peligroso segundo, me imagino retomando ese papel.
Imagino el zumbido de mi mente cuando se concentra en esa clase de trabajo, la emoción de hacer encajar piezas invisibles, el íntimo escalofrío de tender una trampa tan elegante que el enemigo cree que ha sido idea suya hasta el preciso instante en que el suelo se abre bajo sus pies.
Sería fácil, comprendo con una frialdad que me inquieta. Demasiado fácil. Ocho años alejada y esa parte de mí sigue ahí, respirando justo bajo la superficie, paciente como un depredador en aguas profundas. No parece muerta. Parece hambrienta.
Entonces me viene a la mente el rostro de Matteo.
Lo veo exactamente como estaba hace cinco minutos, con las rodillas manchadas de hierba, el pelo sobre los ojos y la boca abierta en una carcajada porque un niño que vive dos casas más allá ha fallado un gol fácil y se ha desplomado presa de una desesperación teatral.
Veo el hueco que dejó uno de sus dientes de leche cuando por fin se le cayó la semana pasada, la redondez que aún conserva en las mejillas desde que era pequeño, la forma en que todas las noches se coloca bajo el brazo su tiburón de peluche y finge que ya es demasiado mayor para él si alguien se lo pregunta.
Toda la fantasía de mi vida como una Russo muere al instante.
Mi respuesta es inmediata e inquebrantable.
—No permitiré que ese mundo toque a mi hijo. Ni ahora ni nunca. Busca otra solución, Davide. No puedo.
La decepción titila tras sus ojos.
—¿Puedo ofrecerte algo que te convenza para que lo reconsideres?
Aprieto tanto las manos sobre el regazo que las uñas se me clavan en las palmas.
Ahí está, el trato que sabía que tenía que ocultarse bajo toda esa cortesía. No es una amenaza, aún no, sino una invitación abierta a seguir negociando. Una puerta entreabierta lo justo para comprobar si la cruzaré por voluntad propia o si tendrán que arrastrarme a la fuerza.