6. Elio
ELIO
Durante tres días, no tengo noticias de ella.
Ni una llamada.
Ni un mensaje.
Ni un susurro a través de un contacto común ni un avistamiento transmitido por alguno de los hombres en quienes confío. Ni siquiera uno de esos mensajes indirectos que la gente de nuestro mundo sabe enviar cuando no quiere dejar un rastro documental que conduzca hasta ella.
Desaparece de una forma tan absoluta que parece intencionada.
Quizá esa sea la intención.
Al terminar el primer día, el silencio se me instala en los huesos como un veneno lento que no puedo escupir.
Al principio me digo que necesita espacio. Que el dolor tiene una fuerza gravitatoria propia de la que nadie puede escapar y que ninguna mujer en su sano juicio querría cerca al hombre que permitió que despertara sola y sin saber nada después de un golpe así.
Me digo que está con su familia o escondida en algún lugar, protegida y lo bastante segura para derrumbarse sin tener que preocuparse por quién pueda verla.
Ya de por sí no duermo mucho, pero las pocas migajas de descanso que antes conseguía desaparecen por completo después de eso.
La noche se convierte en una sucesión de vueltas por mi apartamento, mientras la botella de whisky que nunca había tocado se vacía poco a poco y la ciudad resplandece tras las ventanas como un reino en cuya posesión no tengo arte ni parte.
Me descubro mirando el teléfono durante periodos tan largos que me hacen sentir como un loco, esperando que la pantalla se ilumine con su nombre.
Pero nunca lo hace.
Nunca he suplicado por nada en mi vida. Ni por lealtad, ni por clemencia, ni por honor y, desde luego, tampoco por amor.
Pero, con cada hora que pasa sumido en su silencio, estoy más cerca de comprender qué clase de hombre caería de rodillas por una sola palabra de la mujer adecuada.
Y lo peor es que me lo merezco.
Merezco cada segundo sin saber dónde está, cómo se encuentra, si duerme, si come o si se ahoga bajo el peso de su dolor. Merezco mirar una pantalla en blanco hasta que me ardan los ojos.
Merezco que se me opriman los pulmones cada vez que el teléfono vibra con el nombre de otra persona.
Respondo cuando no me queda más remedio. Doy órdenes, asisto a reuniones, me pongo el traje, la máscara y la voz, y, para todos los que me rodean, soy exactamente lo que siempre he sido: un hombre construido a base de disciplina y forjado mediante la violencia.
Un hombre que no sangra en público, por muy hondo que penetre el cuchillo.
Pero, por dentro, me deshago puntada a puntada.
He deseado a otras mujeres. He deseado cuerpos, bocas, unas horas de alivio de la presión constante de la vida en la que nací, porque el deseo es sencillo. El deseo es barato. Arde con intensidad y luego se extingue deprisa.
Esto no es eso.
Esto es despertar con la rabia cerrándose cada vez más en torno a mi corazón con cada latido, asfixiándome despacio porque el lado de la cama donde ella durmió una noche está frío ahora y lleva días así.
La tercera noche, me quiebro.
Abandono otra reunión antes de que termine del todo e ignoro la mirada que Alessio me lanza desde el otro extremo de la mesa cuando me levanto y me dirijo hacia la puerta.
Pronuncia mi nombre una vez, con una advertencia teñida de preocupación en la voz, pero sigo andando.
Recorro la ciudad en coche, al principio sin destino, impulsado con más fuerza en cada manzana por el pulso enfermizo de la necesidad.
Ha empezado a llover y las calles adquieren tal brillo que todas las luces de la ciudad parecen manchas de luminosidad fracturada.
Los neumáticos sisean sobre el asfalto mientras la música de la radio murmura por los altavoces, un viejo tema de blues empapado de arrepentimiento que apago porque no soporto otra voz más dentro del coche.
Acabo ante uno de los muchos áticos que posee la familia Russo y solo me doy cuenta cuando reconozco el número del edificio en un lateral de la fachada de ladrillo.
Permanezco sentado al otro lado de la calle con el motor aún al ralentí, una mano aferrada al volante, y observo las puertas del vestíbulo como un hombre que aguarda a que la absolución salga caminando bajo la luz fluorescente de las farolas.
Al cabo de dos horas, por fin me marcho.
Me digo que debo dejarlo ahí. Que, si quisiera que supiese dónde está, habría encontrado la forma de decírmelo.
Sin embargo, pese a que esos pensamientos lógicos repiquetean dentro de mi cabeza, los otros —más ruidosos y mucho más tentadores— me instan a seguir adelante.
Así que recorro la ciudad hasta que el indicador de combustible emite un pitido, perseguido poco a poco por mis propios pensamientos.
A medianoche, estoy de vuelta en mi apartamento.
No recuerdo casi nada del trayecto.
En algún momento, aparco. En algún momento, apago el motor, salgo y me arrastro hasta el ascensor. Pero los detalles no importan.
A estas alturas, tengo el cuerpo completamente frío. Atravieso el garaje guiado solo por el instinto, con cada movimiento reducido al hábito.
Las paredes de espejos del ascensor me devuelven mi reflejo y, durante un segundo, apenas reconozco al hombre que me mira desde ellas.
Una barba incipiente y oscura me ensombrece la mandíbula.
El agotamiento ha excavado líneas duras en mi rostro, aguzando mis facciones hasta convertirme en algo más cruel… más despiadado. Mis ojos parecen vacíos.
Me paso una mano por la boca y cierro los ojos medio segundo, apenas lo suficiente para dejar que la caja de acero me transporte hacia arriba mientras la ciudad se aleja bajo mis pies.
Debería pensar en mañana, en los hombres que estarán esperando órdenes y en la fractura que se extiende por nuestras dos familias como podredumbre bajo los cimientos de unas tablas viejas.
En cambio, solo puedo pensar en ella.
Cuando el ascensor reduce la marcha al llegar a mi planta y el viejo y conocido gemido mecánico se apaga, lo percibo antes de comprenderlo; mi cuerpo ya lo sabe antes de que mi mente pueda alcanzarlo.
Todos mis instintos se tensan a la vez y el agotamiento se evapora en una oleada abrasadora y violenta.
Las puertas se abren con una lentitud exasperante y revelan el recibidor tenuemente iluminado.
Salgo del ascensor y alzo la mirada de forma automática hacia las ventanas que dan a la ciudad.
Y entonces me quedo petrificado al ver una figura frente a ellas.
Durante un segundo, mi mente se niega a dar sentido a lo que veo. La estancia solo está iluminada por el resplandor disperso de las luces de la ciudad tras el cristal, que la deja casi por completo en sombras.
Permanece inmóvil, recortada contra el horizonte como un fantasma que ha venido a atormentarme.
Tiene el rostro vuelto, ligeramente orientado hacia el tráfico de abajo, pero aun así distingo la suave línea de su mejilla y la delicada pendiente de su hombro, la imposible familiaridad de su porte, seguro incluso en un lugar desconocido como este.
El alivio me golpea primero y con tal brusquedad que casi me fallan las rodillas.
Mis pulmones se liberan con una bocanada entrecortada y, durante un latido, se me nubla la vista.
Llego a tambalearme y me sostengo rozando con una mano la pared junto al recibidor para no caer. Está aquí.
Está viva.
Es real, respira y está lo bastante cerca para tocarla.
¿Por qué está aquí?
Debería haber tenido más juicio que para volver conmigo.
Sé lo que soy. Los hombres como yo no recibimos ternura sin sufrir un castigo.
No podemos perdernos en chicas radiantes e intrépidas, de lengua afilada, y creer ni por un segundo que la oscuridad que nos persigue se detendrá ante la puerta del dormitorio.
Y, sin embargo, aquí está, de nuevo en la guarida del león.
Aun así, doy un paso hacia delante, con cuidado, como si un movimiento en falso pudiera hacer añicos la frágil realidad de verla en mi casa.
Mis zapatos apenas hacen ruido sobre el suelo de madera, pero ella se pone rígida de todos modos. Es un gesto mínimo, una tensión casi imperceptible en los hombros, pero lo capto como si se hubiera estremecido.
De repente, cada parte de mí es demasiado consciente del agotamiento que lastra mis extremidades y de la humedad fría que la lluvia aún ha dejado adherida a mi abrigo.
Cuanto más me acerco a ella, más se adaptan mis ojos y completan lo que las sombras habían ocultado al principio.
Viste toda de negro: una sencilla blusa oscura y unos pantalones ajustados, elegante de esa forma natural que siempre le confiere un aspecto impecable. El cabello le cae por la espalda en sueltas ondas castañas que ocultan a medias la línea de su cuello.
Se rodea el torso con ambos brazos y estrecha más el abrazo cuando por fin me detengo detrás de ella.
El pecho se me oprime hasta doler. El instinto de ir hacia ella es primitivo por la fuerza con la que tira de mí, exigiéndome salvar la distancia que nos separa, apartarla del cristal y estrecharla contra mi cuerpo.
Sentir bajo mis manos la prueba de que está aquí, apretar los labios contra su sien, su cuello, cualquier lugar que alcance, y contarle la única verdad que importa: que, por alguna razón imposible, el mundo me ha entregado algo que no merezco y que mataría por conservar.
—Isabella —murmuro.
Cierra los ojos. Sé que lo hace incluso antes de que se vuelva, porque de perfil veo el leve descenso de sus pestañas contra la mejilla y cómo tensa la boca justo después. Poco a poco, gira para mirarme.
Sigue siendo hermosa; eso es inevitable. El dolor no puede arrebatarle la belleza. Pero ahora hay algo diferente en ella, un hilo invisible tensado en exceso.
Tiene el rostro pálido bajo el resplandor de la ciudad, los ojos ensombrecidos y la piel bajo ellos ligeramente oscura, como si el sueño se hubiera convertido en un extraño también para ella, igual que para mí.
Su boca, esa boca ingeniosa que conozco demasiado bien, forma una línea que parece serena hasta que advierto la tensión en las comisuras.
Durante un largo momento, ninguno de los dos habla.
Noto la voz tensa cuando por fin logro decir:
—No deberías estar aquí.