5. Elio
ELIO
La reunión se prolonga durante horas.
Durante todo ese tiempo, siento cómo se ensancha una grieta en mi interior.
Cada vez que alguien menciona el apellido Russo, mi mente evoca una melena castaña derramada sobre sábanas blancas, las pecas que salpican una piel aceitunada, la forma en que Isabella me desafió con aquella mente brillante e intrépida incluso mientras yo estaba enterrado hasta el fondo en su interior.
Mi padre permanece a la cabecera de la mesa, habla poco y no se le escapa nada. A su lado, el resto de nuestros dirigentes adoptan poses, dan rodeos y urden planes; cada uno sigue calculando lo que la muerte de Amos Russo supone para el poder de nuestra familia.
El enemigo, sea quien sea, ha hecho esto para sembrar el caos, y ahora mismo eso es exactamente lo que está consiguiendo.
El nombre de Isabella sigue aflorando en la corriente, arrastrado de nuevo a la superficie por muchas veces que la conversación lo deje atrás.
Su ausencia, lo que pueda saber, incluso el linaje de su familia se ponen en tela de juicio una y otra vez.
La estabilidad que antaño compartían nuestros sindicatos se desmorona mientras las sospechas y su posible implicación siguen alimentando las conspiraciones.
Estoy a punto de meterle una bala en el cráneo a cada hombre de esta sala.
El impulso me asalta rápido y feroz, y hace que el pulso me retumbe detrás de los ojos.
Necesito hasta la última gota de autocontrol que poseo para permanecer sentado y mantener el rostro impasible mientras la furia merodea por mi torrente sanguíneo como un animal hambriento.
Para cuando la noche logra abrirse paso a zarpazos sobre el horizonte, la ciudad al otro lado de las ventanas está bañada en un rojo dorado de moratón.
Me escabullo en cuanto tengo ocasión y conduzco de vuelta a mi apartamento. Porque, mientras ellos debaten si supone una amenaza, yo solo puedo pensar que se ha despertado sola.
Me digo que no tenía elección, que, cuando llegó la llamada, tenía que irme.
Que un Don muerto y una sala llena de lobos no dejan lugar para explicaciones ni para quedarse remoloneando en la cama con la hija de un aliado cuya muerte quizá sea ya la chispa que incendie la ciudad.
Pero, aun así, eso apenas alivia la culpa que todavía me desgarra por dentro.
Nadie me detiene cuando me marcho sin decir una palabra. Tal vez crean que voy en busca de pistas, como di a entender que haría.
Nadie sospecharía, quizá salvo mi hermano, que ya sé dónde ha estado Isabella.
Conduzco demasiado deprisa por las calles para regresar a mi apartamento.
No me cabe apenas duda de que ya se ha marchado. ¿Por qué coño iba a quedarse?
Es demasiado inteligente para permanecer en el apartamento de un hombre que desapareció antes del amanecer y pertenece a una familia que ahora sobrevuela la suya como una bandada de buitres.
Si se ha enterado de lo de su padre, y por supuesto que lo ha hecho, tiene motivos de sobra para huir de mí en cuanto se le ha presentado la oportunidad.
Aun así, voy de todos modos, porque en la certeza hay un castigo y, al parecer, he decidido que me lo merezco.
Cuando entro en el garaje subterráneo bajo mi edificio, el silencio que me recibe resulta casi ensordecedor. Apago el motor y permanezco allí sentado un instante, mirando por el parabrisas mientras los latidos me atruenan en los oídos como una cuenta atrás.
Ya sé lo que me espera arriba: un apartamento vacío, con unas sábanas que se enfriaron hace mucho y su aroma desvaneciéndose en el aire.
¿Por qué estoy haciendo esto?
Con un suspiro, salgo de todos modos, cierro la puerta del coche con más fuerza de la necesaria y me dirijo al ascensor. Apoyo la espalda contra la fría pared de acero y cierro los ojos un breve instante, pero no sirve de nada.
Solo intensifica todo lo que intento no sentir: el dolor sordo detrás de los ojos, las garras del agotamiento desgarrándome de dentro afuera, el nudo amargo en el estómago que llevo ahí desde el momento en que me marché y volví corriendo al engranaje empapado de sangre de mi mundo.
Las puertas se abren con una lentitud mecánica y parsimoniosa que me crispa los nervios, y salgo ya preparado para encontrar la prueba de que he echado a perder lo único en mi vida que alguna vez me ha hecho sentir bien.
Mi apartamento tiene el mismo aspecto que cuando lo dejé hace casi diecinueve horas. Permanezco allí un momento sin moverme, con todos los músculos del cuerpo agarrotados.
La lámpara de la entrada proyecta un tenue resplandor ámbar sobre el suelo de madera.
Mi chaqueta sigue tirada junto a la puerta, donde cayó cuando Isabella me la quitó ayer.
Las cortinas continúan apartadas de las ventanas, permitiendo que el fulgor de la ciudad penetre por los ventanales que van del suelo al techo en una oleada de oro y negro que pinta de sombras la estancia.
Bajo los rastros familiares de mi colonia que aún perduran en el aire, tan tenues que casi creo imaginarlos, está ella.
Me adentro un poco más y dejo que la puerta del ascensor se cierre a mi espalda con un suave clic que suena demasiado fuerte en medio del silencio.
—¿Isabella?
El nudo de mi estómago se retuerce aún más cuando no obtengo respuesta.
Me paso una mano por la cara; el agotamiento hace que todo parezca demasiado intenso. Este día entero ha sido un largo ejercicio de contención y, ahora que estoy aquí, entre los silenciosos restos de lo que elegí, siento que todo empieza a resquebrajarse.
Mi mirada se detiene en el pasillo que conduce al dormitorio, y me quedo inmóvil.
Desde donde estoy, solo alcanzo a ver el borde del umbral y la tenue luz que entra por la ventana.
Avanzo despacio hacia allí, casi contra mi propia voluntad, con cada paso cargado de temor y de algo mucho más peligroso.
Me detengo en el umbral.
Durante un latido suspendido en el tiempo, olvido cómo respirar.
Verlo vacío casi me hace caer de rodillas.
Se ha ido.