Accidental Alliance (Mafia Lords of Sin 15) 4. Elio
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4. Elio

ELIO

Conduzco desde mi apartamento hasta la finca familiar con el sabor de Isabella todavía en la lengua y el eco de las palabras de Alessio resonándome en el cráneo como un toque de difuntos.

La ciudad está medio muerta a estas horas. Las farolas proyectan largas franjas amarillentas sobre el parabrisas mientras atravieso cruces vacíos y barrios dormidos.

Por lo general, encuentro consuelo en ese tramo de la noche durante el que la ciudad duerme, pero ahora no hace más que avivar aquello que sé que se avecina.

Aprieto las manos sobre el volante hasta que el cuero cruje bajo mis dedos.

Treinta y tres años de condicionamiento me gritan que lo encierre todo en compartimentos, que guarde el recuerdo de su cuerpo bajo el mío en una caja de acero y tire la llave porque ahora mismo hay cosas más importantes de las que preocuparme.

Entierra la distracción antes de que puedan utilizarla contra mí.

Esta es exactamente la clase de situación para la que me moldearon. Para gestionar la crisis y convertirla en estrategia, para someter el caos y transformarlo en algo más manejable.

Sé cómo ser ese hombre.

Me he pasado la vida entera convirtiéndome en él.

Y, sin embargo, cada kilómetro que pongo entre Isabella y yo parece otra grieta en los cimientos que llevo todos estos años construyendo y reforzando.

Odio que una parte de mí siga volviendo atrás, imaginándola despertar en una cama vacía, sin mi calor y rodeada de un silencio que no comprenderá hasta que busque su teléfono y descubra el infierno que sea que la aguarda al otro lado de la línea.

Imagino con absoluta claridad su rostro cuando se entere de lo sucedido: primero la incredulidad; después, esa estudiada compostura que lleva como una segunda piel alisándole las facciones.

Y, debajo, el dolor que ocultará porque las mujeres como Isabella aprendieron muy jóvenes que, en nuestros círculos, el duelo resulta más seguro cuando se disfraza de aplomo.

Horas atrás estaba dispuesto a abandonar todo esto por ella.

Había mirado de frente la vida que habían construido para mí y, por primera vez, había visto una salida.

Había imaginado marcharme, alejarme del sindicato, de los planes de mi padre, del título que pesa sobre mis hombros desde el día en que cumplí veintiún años.

Sin embargo, en cuanto la llamada de mi hermano me hace volver a casa, vacilo. El mero hecho de estar regresando, de haber dejado sola a Isabella en mi apartamento mientras la maquinaria que me creó vuelve a ponerse en marcha, me parece mal.

Ya siento cómo su gravedad intenta arrastrarme de vuelta. Todos los puntos débiles que ha dejado al descubierto en mí esta noche sangran y se infectan ahora.

Los subjefes no deben vacilar así.

No deben anhelar hasta sentir dolor a una mujer acusada de asesinato, por ridícula que pueda ser la teoría o por evidente y oportunista que ya parezca la acusación incluso a ojos de alguien ajeno.

Cuando me río, la carcajada es breve y carente de humor.

Así que esto es lo que se siente al ser débil.

Qué espanto.

La finca de la familia Conti se alza ante mí en cuanto el coche enfila el largo camino privado.

Sus focos trazan nítidos haces blancos en la oscuridad previa al amanecer y bañan el camino de entrada y las altas verjas de hierro en un resplandor frío, quirúrgico.

La propiedad entera parece menos un hogar que una fortaleza construida bajo la expectativa de que los enemigos asedien la escalinata principal a cualquier hora.

He visto este lugar en todas las estaciones, con todos los estados de ánimo, bajo el calor del verano y las heladas del invierno; sin embargo, esta noche parece más lúgubre que nunca.

Los guardias de la entrada asienten una sola vez mientras paso, siluetas armadas y rígidas bajo las luces.

Sus rostros no revelan nada.

Apartan la mirada casi de inmediato cuando el coche cruza la verja. Saben que no deben cuestionar al subjefe que regresa antes del amanecer de algún lugar desconocido.

En esta casa, la curiosidad es un vicio por el que la gente pierde dedos si se entrega a él con demasiada libertad.

Todos los hombres que trabajan para mi familia han aprendido deprisa que el silencio suele ser más valioso que una curiosidad desatada y manifiesta.

Aun así, siento su atención clavada en el coche mientras paso junto a ellos.

El largo camino de entrada gira hacia la casa principal. La finca se alza frente a mí, con todas las ventanas iluminadas desde el interior.

La arquitectura de este lugar siempre ha estado concebida para impresionar e intimidar a partes iguales.

Mi abuelo la diseñó así, o eso me contaron.

Cada cámara de seguridad oculta en rincones sombríos, cada acceso reforzado escondido bajo un lujo de apariencia clásica, pretende recordar a los invitados que, aunque sean bienvenidos, aquí jamás estarán a salvo de verdad.

Apago el motor en cuanto llego al aparcamiento delantero y dejo que el cuerpo se hunda contra el asiento durante unos segundos mientras el silencio cae sobre mí.

Concederme unos instantes de tregua antes de adentrarme en el caos que sé que me espera tras esas puertas no es más que retrasar lo inevitable.

Por mucho tiempo que permanezca aquí sentado dándole vueltas, nada me librará de tener que enfrentarme muy pronto a las preguntas de mi padre y de mi hermano.

Exhalo despacio por la nariz antes de abrir la puerta del conductor.

Antes incluso de que pueda salir por completo del coche, dos asistentes de mi familia aparecen por la entrada lateral con pulida eficacia.

Para cuando por fin cierro la puerta a mi espalda, ya tienen las manos extendidas para coger las llaves; entre nosotros media el acuerdo tácito de que llevarán el vehículo al garaje vigilado y se asegurarán de que vuelva a estar listo en cuanto lo necesite.

Paso junto a ellos sin apenas reconocer su presencia, más allá de entregarles las llaves.

Las puertas principales están abiertas cuando llego y las atravieso. El cambio de ambiente me golpea en cuanto cruzo el umbral.

Dentro, la finca bulle de tensión.

El vestíbulo de mármol reluce bajo las arañas, pulido e inmaculado como siempre, pero el discreto lujo que suele envolver este lugar ha sido arrancado de cuajo y sustituido por una tensión asfixiante.

El personal recorre a paso ligero los pasillos con bandejas de café, vasos limpios, comida y cualquier otra cosa que hayan solicitado quienes están por encima de ellos.

Lita, una de mis amas de llaves favoritas, pasa a mi lado sin reparar en mí.

Lleva el cabello medio recogido de cualquier manera, con mechones cayéndole alrededor de la cara, como si apenas hubiera tenido tiempo de ponerse presentable antes de que alguien le ladrara que bajase.

Las empleadas más jóvenes la siguen en un grupo compacto, todas con los ojos clavados en el suelo hasta que llegan a mi altura.

Vuelven sutilmente la cabeza hacia mí durante unos segundos; algunas abren los ojos de par en par al verme.

Esta casa funciona a base de control, de rituales, de la ilusión de que cada una de sus piezas se mueve conforme a un diseño impecable, tanto dentro como fuera.

Que el subjefe regrese a estas horas significa que el rumor que haya corrido para sacar a todo el mundo de la cama se ha hecho realidad. Significa que el problema ya no está confinado entre los muros sellados de nuestra sala de guerra.

Ahora que los cabezas de familia se han implicado de forma tan abierta, ya no es posible negar el peligro que amenaza nuestro futuro.

Me quito el abrigo mientras camino y se lo entrego al primer asistente que se materializa con suficiente rapidez a mi lado.

—¿Dónde está? —pregunto.

No necesito precisar a quién me refiero. En esta casa, cuando la situación se pone tan fea, solo hay un hombre al que todos acuden en busca de instrucciones.

—Mi señor está en el despacho del ala oeste, señor —responde el asistente de inmediato—. Con su hermano.

Así que no están en la sala de guerra.

Eso es extraño.

El despacho del ala oeste es donde mi padre se ocupa de los asuntos que no quiere que nadie oiga en la sala formal de abajo.

Es un lugar concebido para ejercer presión, no para trazar estrategias; para que los hombres entren creyendo que tienen opciones y no tarden en descubrir que la situación les viene grande.

Saber que Alessio ya está con él provoca una nueva oleada de tensión en mi interior.

Aunque dudo que mi hermano tenga la menor idea de dónde he estado desde el banquete, tampoco se me escapa que existe una posibilidad muy real de que sus especulaciones sobre mi ausencia ya hayan llegado a oídos de mi padre.

O de que las hayan discutido largo y tendido.

Asiento una sola vez y sigo avanzando.

Esta noche, el pasillo que conduce al ala oeste parece interminable. Los retratos de hombres muertos y adustos que cubren las paredes, enmarcados en dorado, me observan con su habitual severidad pintada mientras paso.

Generaciones de Conti, todos hombres que se abrieron paso a fuerza de sangre, intrigas y asesinatos hasta alcanzar la permanencia en nuestro árbol genealógico.

La versión de mí que esta casa espera, la que encaja a la perfección con los hombres cuyos retratos dejo atrás, ya ha empezado a adherirse de nuevo a mi piel sin que tenga que pensarlo.

Ahora que esta casa está en plena crisis, resulta fácil apartar el recuerdo de Isabella dormida en mi cama.

Al acercarme al despacho del ala oeste, veo a dos guardias armados apostados ante la puerta. No son de los jóvenes, sacados a toda prisa de sus turnos y repartidos por la propiedad, sino hombres mayores, de confianza.

Hombres a los que mi padre siempre coloca en el umbral de su puerta cuando aquello que se debate al otro lado tiene el poder de transformar por completo el panorama de la ciudad.

Se apartan en cuanto me ven, y uno de ellos abre la puerta sin decir palabra.

La luz del interior se derrama por el pasillo y cubre mis zapatos con una larga franja ambarina.

Solo me detengo lo que dura una respiración antes de cruzarla.

El despacho del ala oeste siempre parece más pequeño cuando hay sangre en el ambiente. No físicamente.