Accidental Alliance (Mafia Lords of Sin 15) 3. Elio #2
13%

3. Elio #2

El suelo desaparece bajo mis pies. La sensación de caída es inmediata y violenta, y me desgarra por dentro.

Me inclino hacia delante y apoyo una mano en el cristal para mantenerme en pie. Durante medio segundo, mi mente se queda por completo en blanco.

Amos Russo.

Muerto.

Esta misma noche lo vi vivo, con un brazo sobre los hombros de su hija y esa calculadora familiaridad tirándole de la sonrisa, como siempre.

Estaba hablando con unos cuantos políticos cuando Isabella y yo nos escabullimos, probablemente intercambiando cortesías mientras urdía planes en silencio, como todos los demás depredadores de aquella sala.

¿Y ahora está muerto?

Me aparto de las ventanas sin darme cuenta, con todo el cuerpo repentinamente demasiado cargado para permanecer quieto.

Me paso una mano por el pelo y aparto de la cara las ondas espesas, como si el gesto pudiera ayudarme de algún modo a asimilar todo aquello.

—¿Qué coño ha pasado? —siseo.

Al otro lado se oye un leve movimiento y el sonido de una puerta al cerrarse.

Cuando Alessio vuelve a hablar, su voz es aún más inexpresiva que antes.

—Lo encontraron muerto fuera de su propiedad. Dos disparos en la nuca. Ahora mismo nadie tiene respuestas.

Dos disparos en la nuca. Una ejecución. No la clase de muerte que hombres como Amos encuentran por casualidad.

Eso es, sin lugar a dudas, un mensaje, aunque aún no esté claro para quién. Quien lo hizo quería tener la certeza de que el cabeza de la familia Russo no tendría ninguna posibilidad de sobrevivir.

Fuera cual fuese la alteración del statu quo que pretendían provocar, eso es exactamente lo que van a conseguir.

El tono de mi hermano basta para provocarme un incómodo tirón en las entrañas. Mi hermano no es un hombre dado a dramatismos. Más bien se ha pasado media vida hablando como si los desastres lo aburrieran.

Por eso me sorprende que su voz se endurezca al pronunciar la siguiente frase.

—La gente cree que su hija puede estar detrás.

El corazón me da un tirón duro y brutal.

La reacción es tan inmediata que parece como si un puño se cerrara alrededor del órgano que late dentro de mi pecho.

Vuelvo la cabeza hacia el pasillo del que acabo de salir tan deprisa que el movimiento casi me hace daño.

Su línea oscura me devuelve la mirada; al fondo, la puerta cerrada del dormitorio se transforma de pronto en algo más que el lugar donde Isabella duerme plácidamente, ajena a lo que le ha ocurrido a su padre.

¿Por qué demonios iba a ser Isabella sospechosa?

No tiene sentido.

Vuelvo a mirar la ciudad sin ver nada de ella.

Mi mente ya está en otra parte, dando vueltas a la misma pregunta repugnante sin encontrar ninguna respuesta que no apeste a oportunismo.

Sí, las hijas de los hombres poderosos son blancos fáciles para las especulaciones, eso es evidente.

Las chicas como Isabella nacen bajo unas expectativas que hacen que las observen, las evalúen y hablen de ellas como si no fueran personas, sino meros activos.

Cada mirada se interpreta, cada ausencia se vuelve sospechosa y objeto de rumores y conjeturas.

Cada arrebato de mal genio o acto de desobediencia queda guardado para que más adelante lo utilice quien esté encantado de convertirlo en un arma.

Los cotilleos familiares se ceban con mujeres como ella porque es fácil. De las hijas se espera que sean hermosas, obedientes y útiles, y en cuanto dejan de encajar limpiamente en cualquiera de esas categorías comienzan los susurros.

Pero ¿asesinato?

¿Parricidio?

Llegar a esa conclusión tan deprisa significa que alguien está desesperado por encontrar una explicación porque las autoridades superiores ya le pisan los talones y exigen nombres antes incluso de que la sangre de Amos se haya secado sobre el asfalto, o que alguien tiene demasiadas ganas de ofrecer una teoría que lo beneficie personalmente.

En mi mundo, nadie se precipita hacia la conclusión más dramática a menos que consiga algo con ello, ya sea protección, influencia o tiempo.

Acusar a la hija de un muerto proporciona las tres cosas a mucha gente.

Me obligo a respirar otra vez.

—¿Por qué esa ha sido la primera conclusión?

Alessio guarda silencio un instante.

El suficiente para que me lo imagine en algún lugar de nuestra residencia familiar, con la tensión endureciendo sus facciones de forma antinatural.

A estas alturas, probablemente toda la propiedad esté despierta y bullendo como un hormiguero expuesto de pronto a un depredador.

—No lo ha sido. Pero ahora mismo nadie consigue encontrarla. Así que, como supondrás, los ánimos están muy caldeados.

Un hábito, uno antiguo. Una señal de irritación tan controlada que la mayoría de la gente nunca la percibe. Ahora mismo, es el único indicio externo que me permito mientras mis pensamientos se endurecen.

Suelto un leve gruñido contra el auricular.

Claro que no la encuentran. Está en un apartamento del que nadie en la Tierra sabe nada.

En mi cama, envuelta en mis sábanas, con las marcas de mi boca aún sobre la piel y sin tener la menor idea de que su padre está muerto, mientras su nombre ya es arrastrado por los primeros círculos del infierno porque tuvo la desgracia de desaparecer de la vista pública durante unas horas.

Las especulaciones ya han hecho lo que hacen siempre.

Han tomado una ausencia inocente y la han retorcido hasta convertirla en una conspiración.

En nuestros círculos, una desaparición nunca es inocente.

No cuando el poder está a punto de cambiar de manos.

Cada hueco en una cronología se convierte en un caldo de cultivo para las sospechas.

Si nadie puede justificar el paradero de Isabella, quienes la rodean llenarán el silencio con la versión de los hechos que mejor satisfaga sus apetitos.

Y ahora mismo, la versión más útil es la más repugnante y condenatoria.

Aunque, si soy sincero…, hay un lado positivo, si es que estoy dispuesto a llamarlo así. Nadie sabe que Isabella ha estado conmigo toda la noche. Al menos, todavía no.

Por lo que parece, ningún testigo ha dado un paso al frente para decir que me vio seguirla al abandonar el banquete. Nadie ha relacionado mi ausencia con la suya, lo que significa que lo sucedido entre nosotros seguirá siendo solo nuestro.

Ese secreto es lo único que impide que ahora mismo sienta que las paredes se cierran a mi alrededor. Pero es un consuelo frágil.

Si su familia descubriera que esta noche me la llevé, se desataría el infierno.

No solo porque la toqué, sino porque tomé algo que hombres como su padre consideran uno de los pocos bienes de una hija nacida en el poder que merece la pena proteger: su cuerpo, su pureza.

Su valor en el mercado, envuelto en obediencia y en toda esa asfixiante podredumbre del Viejo Mundo que nuestros círculos siguen disfrazando de tradición.

No verían lo ocurrido entre nosotros como pasión ni como la colisión inevitable de dos personas que llevan demasiado tiempo orbitando la una alrededor de la otra con las venas colmadas de hambre.

Lo verían como un robo.

En cierto modo, no se equivocarían. Si alguna vez descubrieran qué ocurrió exactamente aquí, con cuánto entusiasmo acudió ella a mí y los planes que me propuso después, las consecuencias serían inmediatas y devastadoras.

Los hombres como Amos Russo no creen en el amor cuando se trata de sus hijas.

Solo creen en las ventajas estratégicas, en el valor de un cuerpo intacto y en las apariencias cuidadosamente administradas. Miden la valía en contratos, alianzas y linajes, nunca en asuntos del corazón.

Irónicamente, en nuestros círculos, Isabella es mucho más valiosa que yo. Soy el subjefe de la familia Conti, un hijo criado para mandar y enviado a poner fin a los problemas cuando la diplomacia resulta insuficiente.

Mi nombre tiene peso, desde luego; inspira miedo y ejerce influencia. Pero Isabella se mueve en una economía por completo distinta.

Es hermosa, inteligente, de buena familia y lo bastante intacta para que aún puedan presentarla como un hallazgo excepcional.

La hija de una familia poderosa, con el pedigrí necesario para vincularse a otra y generar futuros acuerdos, además de tender un puente hacia cualesquiera recursos que su familia ambicione.

Algún día la utilizarán para obtener algún tipo de beneficio para la familia Russo.

Quizá territorio, protección, acceso a los círculos políticos, a puertos o a las rutas de suministro de otro sindicato capaz de ofrecerles más que nosotros.

Adopte la forma que adopte, lo disfrazarán de deber, prestigio y de lo mejor para la familia, y ella no tendrá más remedio que obedecer.

Bueno, hasta ahora.

Con Amos muerto, a estas alturas todo está en llamas.

Sean cuales sean los sentimientos que alberga hacia su padre, las frustraciones, los temores o los resentimientos silenciosos que puedan ocultarse bajo ellos y que la animaron a proponerme que huyéramos juntos, no creo que lo hiciera por malicia ni para encubrir sus propios actos.

Esta certeza no se debe a que esté empezando a sentir algo por ella, sino a que sé qué hace falta para que alguien sea capaz de ejercer la violencia y llevar a cabo una ejecución así.

Sé cómo cambia el asesinato a las personas, adopte la forma que adopte, ya sea manchándose personalmente las manos o recurriendo a un intermediario.

Esta noche, cuando estaba junto a Amos, vi muchas cosas reflejadas en esos ojos suyos de un dorado color miel. Cansancio, cálculo, contención, pero ninguna intención de matar.

Algo así no se me habría escapado.

—Elio —la voz de mi hermano interrumpe mis pensamientos—. ¿Me has oído? Tienes que volver a casa. Ahora. Padre ya está reuniendo a todos en la sala de guerra.

Exhalo despacio y obligo a mis hombros a relajarse.

—Estaré allí en veinte minutos.