3. Elio
ELIO
La vibración amortiguada de mi teléfono, que traquetea en algún punto del suelo de madera, forma un zumbido mecánico y persistente bajo el silencio más denso del apartamento.
La pantalla proyecta un resplandor tenue y quebrado por el lateral de la cama y sobre el techo, tan pálido que parece casi fantasmal desde donde yace, medio oculto bajo los pies de la cama.
Durante un segundo, no me muevo.
Sigo tumbado boca arriba, con Isabella acurrucada contra mí y el calor de su cuerpo aún hundido en el mío después de las horas que hemos pasado enredados entre las sábanas.
Tiene una pierna indolentemente enganchada sobre la mía.
Un brazo descansa curvado sobre mis costillas. Su pelo se extiende por encima de mi brazo mientras apoya la mejilla en mi pecho, usándolo como almohada.
El tenue aroma de su perfume se abre paso bajo los restos almizclados del sexo.
El teléfono sigue vibrando y casi me arranca un suspiro. La realidad siempre sabe elegir el peor momento para entrometerse.
Cierro los ojos durante medio segundo y exhalo por la nariz, irritado ya por el mero hecho de que alguien me necesite.
Siempre hay otra exigencia, otro problema que requiere mano firme y mente fría.
Otra llamada nocturna que probablemente exija derramar sangre o cobrar dinero. Quizá ambas cosas.
Esta noche, en lugar de ser el deber lo que me obliga a abandonar el calor de la cama, es el resentimiento lo que me mantiene inmóvil.
Por primera vez en mi vida, tengo algo de lo que no quiero separarme.
Cuando cesa la vibración y el apartamento vuelve a sumirse en el silencio, dejo que los ojos se me cierren poco a poco.
La ausencia de ruido parece una pequeña muestra de clemencia, algo que rara vez se me concede. Sea lo que sea, puede esperar hasta la mañana.
El sueño empieza a infiltrarse de nuevo por los márgenes de mis pensamientos.
La tensión de mis hombros comienza a aflojarse otra vez, arrastrada por la cadencia constante de la respiración de Isabella y el dolor residual del deseo consumado que aún llevo en los huesos.
Entonces el teléfono vuelve a vibrar.
El sonido desgarra la habitación con la insistencia de un perro que no deja de ladrar, de algún modo más fuerte esta vez.
El frío resplandor de la pantalla vuelve a inflamarse contra el techo y centellea a través de mis párpados cerrados como una hoguera de señales.
Esta vez sí suspiro.
Aunque así es como funciona siempre, ¿no?
Todo lo bueno que ha llegado a mi vida siempre ha venido seguido muy de cerca por la sombra de las consecuencias.
La paz nunca queda impune y el deseo nunca llega con facilidad.
Y el amor, si esto es en lo que empieza a convertirse, probablemente sea la tentación más peligrosa de todas a la que rendirse.
Durante un segundo de locura, pienso en estampar el maldito teléfono contra la pared.
Ver cómo se hace añicos la pantalla y la llamada muere sin respuesta al otro lado antes de estrechar a Isabella contra mí y escoger, solo por esta vez, el olvido por encima de la obligación.
La fantasía dura poco y probablemente sea la prueba más clara hasta ahora de que ella me está cambiando de maneras que no comprendo del todo.
Separarme de ella resulta más difícil de lo que debería, no porque pese demasiado, sino porque sencillamente no quiero hacerlo.
Las sábanas susurran a nuestro alrededor mientras me remuevo con la precisión lenta y controlada que suelo reservar para desenfundar un arma en una sala abarrotada.
Lo último que quiero es despertarla.
Así parece demasiado tranquila, con el rostro suavizado por el sueño y los labios ligeramente entreabiertos para respirarme poco a poco.
Verla libre de toda tensión parece algo tan insólito que merece ser protegido.
No hay en ella esa vigilancia habitual, ni esos ojos agudos y evaluadores que se aferran a cada detalle de la habitación para diseccionarlo. Lo ha dejado todo a un lado durante unas pocas horas de descanso robadas, unas horas que sé que necesita con tanta desesperación como yo.
Solo se remueve un instante y busca el calor que he dejado atrás, como si su cuerpo advirtiera mi ausencia antes incluso de que pudiera hacerlo su mente.
Aun medio dormida, tantea el lugar donde estaba hace apenas unos instantes. Cuando vuelve a acomodarse, murmura algo en sueños.
El sonido es demasiado tenue para entenderlo, poco más que un soplo moldeado alrededor de una palabra, pero ese pequeño ruido inconsciente resulta íntimo de la forma más brutal.
Más íntimo que los jadeos que le arranqué hace unas horas. Más que la forma en que se aferró a mí cuando el placer la despojó de todo su aplomo.
No puedo contenerme: me inclino y deposito un beso en su sien, dejando los labios allí un segundo más de lo necesario.
Su piel está caliente bajo mi boca y huele a sueño, a sexo y al tenue rastro de su perfume, que aún se aferra con obstinación a su pelo.
Durante esos pocos segundos suspendidos en el tiempo, ignoro por completo el resto del mundo. Cuando la vibración por fin enmudece, el apartamento vuelve a quedarse inmóvil.
Una parte de mí se siente tentada de dejar la llamada sin responder.
De volver a deslizarme bajo las sábanas y estrecharla entre mis brazos antes de que se enfríe el lugar que ocupaba.
De apretarla contra mi pecho, hundir el rostro en su pelo y robar otra hora, quizá dos, antes de que la vida que aguarda fuera de estas paredes vuelva a apartarme de ella.
Es un pensamiento seductor.
Y estúpido.
Se desvanece en cuanto la vibración vuelve a agitar el silencio.
Ahora ya no resulta tan fácil descartarla como la molestia de un borracho o de algún subordinado demasiado incompetente para terminar un trabajo.
Quienquiera que intente ponerse en contacto conmigo, sobre todo a estas horas, debe de tener un motivo importante.
En mi mundo, nadie insiste en llamar a las tres de la madrugada a menos que algo haya salido ya muy, pero que muy mal.
Eso basta para obligarme a alejarme de la cama.
Me agacho y rebusco entre el montón de ropa desechada que hay esparcida por el suelo. Mi mano pasa por encima de la camisa, el cinturón y los pantalones oscuros que antes me quité con demasiada prisa cuando por fin nos retiramos para pasar la noche.
Al final, mis dedos se cierran en torno al teléfono.
Cuando le doy la vuelta, la pantalla vuelve a oscurecerse en mi mano.
Durante un segundo, solo veo mi propio reflejo, tenuemente espectral sobre el cristal negro: con el torso desnudo y despeinado bajo la luz mortecina, parezco menos el subjefe de los Conti que un hombre atrapado entre dos mundos.
Entonces pulso la pantalla con el pulgar y la obligo a despertar otra vez.
El corazón me da un leve e inoportuno vuelco cuando el nombre de mi hermano aparece en la barra de notificaciones, con dos llamadas perdidas a su lado.
Verlo hace que algo se tense de inmediato en mi interior.
No resulta extraño que Alessio se ponga en contacto conmigo después de un banquete. De hecho, sería más insólito que no lo hiciera.
Es mi hermano, el heredero de mi padre y su mano derecha en todo salvo en el título.
Es la única persona de la familia, aparte de nuestro padre, con autoridad suficiente para exigirme explicaciones cuando desaparezco de un acto sin avisar.
Después de un banquete como el de esta noche, siempre se espera un informe. Quién dijo qué, qué alianzas parecen tensas, qué políticos se inclinan demasiado en una dirección, qué oportunidades surgieron bajo todas aquellas sonrisas impecables y el vino servido en copas de cristal.
A nuestro padre le gusta que reúnan cada detalle y lo depositen a sus pies antes del amanecer, si es posible.
Un mensaje suyo después de un acto no sería motivo de alarma. Querría saber adónde he desaparecido. Probablemente estaría molesto por haberlo dejado a solas con nuestro padre, sin nadie que hiciera de amortiguador.
Y lo bastante suspicaz como para pincharme con preguntas sobre mi ausencia, con esa forma entrometida tan propia de un hermano mayor.
Sobre todo porque se esperaba que siguiera dejándome ver y relacionándome con los invitados para conseguir mi parte habitual de ventajas para la maquinaria familiar.
Pero ¿que llame a estas horas? Eso es lo que no encaja.
Prefiere escribir mensajes. Alessio no pierde el tiempo en conversaciones largas y tediosas, y rara vez recurre a una urgencia innecesaria salvo que no le quede otra opción.
Si me llama en vez de enviarme un mensaje escueto preguntando dónde estoy, el problema que haya al otro lado de la línea no es algo que se atreva a poner por escrito.
Aprieto el teléfono con el pulgar.
Cuando la pantalla se ilumina por tercera vez con su llamada, no vacilo. Deslizo el pulgar para responder y me incorporo por completo en un solo movimiento.
Cruzo rápidamente la habitación, con el suelo frío bajo los pies descalzos, y salgo al pasillo.
Cuando cierro tras de mí la puerta del dormitorio, procuro que el pestillo no haga demasiado ruido.
El suave clic de la puerta al cerrarse suena demasiado definitivo para mi gusto, casi como si trazara una línea entre el calor que acabo de abandonar y lo que sea que me aguarda ahora.
La dulzura que Isabella me arrancó antes se repliega, ocultándose bajo instintos más antiguos.
La ternura que el beso en la frente aún ha dejado en mi boca de pronto parece fuera de lugar en el mismo rostro que, sin duda, está a punto de recibir malas noticias.
Sea lo que sea lo que ocurre, no quiero que ella lo oiga.
Avanzo en silencio por el apartamento, dejo atrás el pasillo y entro en el salón, cuyas ventanas del suelo al techo dominan la ciudad dormida.
El horizonte urbano brilla en la oscuridad como un campo de brasas dormidas: torres y cuadrículas de calles iluminadas en oro y blanco frío, con cada ventana cobijando a desconocidos en sus propios pequeños mundos.
Desde aquí arriba, la ciudad parece casi tranquila.
Cuando por fin me llevo el teléfono al oído, pregunto:
—¿Qué ha pasado?
El tono de Alessio es cortante, más frío de lo habitual.
—Han encontrado muerto a Amos Russo hace una hora. Padre quiere que vuelvas aquí de inmediato.