Academia Oscura - Libro Uno (ACADEMIA OSCURA TRILOGÍA nº 1) Capítulo 42
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Capítulo 42

El Precio del Custodio

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La figura resultó ser un hombre joven, apenas mayor que Ezequiel, vestido con la túnica ceremonial de un miembro activo de la Cofradía, cargando una cámara pequeña que había estado grabando, sin que nadie lo notara entre las sombras del fondo, cada palabra pronunciada en el salón durante los últimos minutos.

—Todo esto acaba de quedar registrado —dijo, dirigiéndose al Mentor con una calma que sugería que había estado esperando ese momento durante mucho tiempo, tal vez años—. Y va a llegar a las manos correctas si algo le pasa a cualquiera de los presentes en esta sala esta noche.

El Mentor, viendo el control de la situación deshacerse frente a sus ojos como arena entre los dedos, hizo un gesto de rendición apenas perceptible, casi imposible de notar si uno no estuviera buscándolo.

—Suéltenla —repitió, esta vez con una firmeza que dejaba claro que no habría más discusión al respecto.

Los hombres que sostenían a Sofía la liberaron, sus dedos aflojándose de mala gana, y ella corrió hacia Ezequiel, que la recibió con un abrazo que decía todo lo que las palabras, en ese momento, no alcanzaban a expresar del todo, su corazón todavía martillando contra las costillas de ambos.

Pero el precio de la victoria no tardó en manifestarse. Augusto Roth, humillado frente a toda la Cofradía reunida, se giró hacia el Custodio con un desprecio que no intentó disimular ni por cortesía.

—Vas a pagar por esto. Ya rompiste tu voto de silencio una vez, hace veinte años. Esta vez no vamos a ser tan indulgentes contigo.

—Ya perdí todo lo que tenía que perder hace veinte años —respondió el Custodio, sin temor visible en el rostro—. No me queda nada más que ustedes puedan quitarme.

El ritual se detuvo esa noche, formalmente, ante la amenaza de exposición pública.

Pero mientras la Cofradía se disolvía en confusión y susurros de traición mutua, las túnicas arrastrándose hacia las salidas en desorden, Ezequiel enfrentó a su padre por última vez, sin ningún resto de la deferencia filial que había mantenido durante toda su vida.

—Se terminó, papá. Mi lealtad ya no es tuya.

Augusto lo miró con una mezcla de furia y algo parecido, apenas, al dolor genuino, algo que Ezequiel no recordaba haber visto nunca en el rostro de su padre.

—Esto no termina aquí, Ezequiel. Te lo juro.