Academia Oscura - Libro Uno (ACADEMIA OSCURA TRILOGÍA nº 1) Capítulo 41
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Capítulo 41

Sangre y Símbolos

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El salón ceremonial, iluminado por decenas de velas dispuestas en un círculo perfecto alrededor de un altar de piedra tallado con el mismo ángel de alas quebradas que Sofía había visto repetido por todo el campus desde su primer día, se quedó en un silencio tenso mientras el Custodio avanzaba hacia el centro con un fajo de documentos en la mano, el papel amarillento temblando apenas con cada paso.

—Estos son los estatutos originales del Pacto —dijo, mostrándolos a los miembros reunidos, su voz resonando contra la piedra—.

No los que la Cofradía enseña de generación en generación, adaptados y suavizados para sonar como tradición inofensiva.

Los originales. Los que Leonor Montiel encontró hace veinte años, y los que su hija merece ver ahora, sin edulcorantes.

Sofía, todavía sostenida con firmeza por dos miembros de seguridad cuyas manos le dejarían marcas en los brazos, sintió que las piezas dispersas de las últimas semanas —la beca, las cartas, la llave, cada coincidencia que la había guiado hasta ese momento exacto— formaban finalmente una imagen completa, nítida y aterradora.

Nada de lo que le había pasado desde su llegada al campus había sido azar.

Todo, absolutamente todo, había sido diseñado, paso a paso, como parte del ritual mismo, desde el primer sobre bajo su puerta.

—Suéltenla —ordenó el Mentor, con una voz que por primera vez sonaba menos segura, un temblor apenas perceptible debajo de la autoridad habitual—. Esto se puede discutir de manera civilizada.

—No hay nada civilizado en obligar a una chica de diecinueve años a firmar su vida entera sin que entienda lo que está firmando —respondió el Custodio, sin bajar la voz ni un tono.

Ezequiel, aprovechando la distracción, se interpuso físicamente entre Sofía y su padre, un gesto que no dejaba lugar a ambigüedades sobre dónde estaba parado, definitivamente, en ese conflicto que llevaba semanas gestándose bajo la superficie.

—Se acabó, papá. No vas a tocarla.

Augusto Roth, la furia contenida transformándose en algo más peligroso, dio un paso hacia adelante justo cuando el Custodio levantó la voz una vez más, dirigiéndose a toda la sala reunida, cada rostro iluminado por la luz temblorosa de las velas.

—Si alguno de ustedes completa este ritual esta noche, no solo estarán cometiendo un fraude legal documentado. Estarán confirmando, ante testigos, exactamente el tipo de organización que llevan siglos negando ser en público.

El silencio que siguió se rompió por un grito ahogado cuando, desde las sombras del fondo del salón, apareció una figura que nadie esperaba ver esa noche.