Capítulo 40
La Noche del Ángel
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—El ritual ya empezó —anunció el Mentor, apareciendo al final del pasillo con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito—.
Adelantamos la fecha sin avisarles, señorita Montiel.
Una pequeña lección sobre confiar demasiado en cronogramas que nosotros mismos controlamos desde el principio.
Sofía sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
Todo el plan cuidadosamente diseñado con el Custodio, todas las pruebas que planeaban reunir con tiempo, se derrumbaban de golpe ante la revelación de que habían subestimado, una vez más, hasta dónde estaba dispuesta a llegar la Cofradía para no perder el control de la situación.
—No va a firmar nada —dijo Ezequiel, colocándose entre Sofía y el Mentor con una autoridad que desafiaba abiertamente, por primera vez de manera pública y total, a su propia familia frente a todos los presentes.
Augusto Roth, presente entre los miembros reunidos, dio un paso adelante, la decepción y la furia mezclándose en su expresión de una forma que Ezequiel nunca le había visto antes.
—Ezequiel. Última oportunidad. Hacete a un lado.
—No.
La negativa, simple y absoluta, resonó en el salón ceremonial con el peso de una declaración de guerra formal contra su propia sangre.
—Entonces asumís las consecuencias de tu elección —dijo Augusto, con una frialdad que confirmaba que el vínculo entre padre e hijo se había roto, quizás para siempre, en ese momento exacto, frente a todos los que llevaban generaciones observándolos.
El Mentor, impaciente ante la interrupción, hizo una señal breve con la mano, y varios miembros de seguridad avanzaron hacia Sofía con la clara intención de llevarla, por la fuerza si era necesario, hacia el centro del salón donde ya se había dispuesto todo el aparato ceremonial del ritual, velas y símbolos tallados brillando bajo la luz recién encendida.
—Esperen —gritó una voz desde la entrada del salón.
El Custodio, que Sofía no había visto desde la noche del andén, avanzó hacia el centro de la sala con una determinación que sorprendió a todos los presentes, cada paso resonando en el silencio repentino.
—Este ritual es fraudulento, y todos ustedes lo saben —anunció, en voz alta, dirigiéndose a los miembros reunidos sin ningún temblor en la voz—. Tengo pruebas que pueden confirmarlo. Pero detenerlo va a costarme algo que no esperaba tener que pagar tan pronto.
Sofía sintió, con una certeza helada, que lo que estaba a punto de suceder cambiaría el curso de todo lo que había construido en las últimas semanas.