Academia Oscura - Libro Uno (ACADEMIA OSCURA TRILOGÍA nº 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

Lo que Nadie le Contó

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Sofía no recordaba haber caminado de vuelta a su habitación. Solo recordaba, con una claridad dolorosa que se le clavaba en las sienes, la última frase del Mentor resonando en su cabeza como un eco imposible de silenciar: su madre no murió como le dijeron.

No había dado más detalles. Se había limitado a decir eso, con una sonrisa fina que todavía podía ver si cerraba los ojos, antes de despedirla con la promesa de que todo se explicaría a su debido tiempo, una promesa que sonaba más a amenaza que a consuelo.

Ezequiel había intentado hablarle en el camino de vuelta, sus pasos apurados junto a los de ella, pero Sofía lo había cortado con una frialdad que ni ella misma sabía que era capaz de producir.

—No quiero escucharte. Ahora no.

—Sofía, dejame explicarte...

—Sabías quién era yo desde el primer día. —Se detuvo, encarándolo en medio del pasillo vacío, la luz de emergencia todavía parpadeando en algún punto lejano—. Cada conversación, cada café, cada mirada, ¿todo era parte del plan?

—Al principio, sí —admitió Ezequiel, sin evadir la pregunta esta vez, mirándola directamente aunque le costara—. Pero después dejó de serlo, Sofía. Vos lo sabés.

—No sé nada. —Su voz se quebró apenas, una grieta que intentó tapar con la siguiente frase—. Ya no sé qué es real y qué no.

Se alejó, dejándolo solo en el pasillo, y él no la siguió. Tal vez porque entendió, con la misma claridad que ella, que no había nada que pudiera decir en ese momento que reparara la magnitud de la mentira acumulada.

De vuelta en su habitación, decidida a no quedarse esperando respuestas que nadie parecía dispuesto a darle voluntariamente, Sofía empezó a revisar cada una de sus pertenencias con una meticulosidad casi obsesiva, vaciando cajones, revisando bolsillos, buscando cualquier pista que pudiera haber pasado por alto durante años sin saber que la estaba buscando.

La encontró en el forro interior de una vieja mochila que había sido de su madre, cosida con puntadas irregulares que delataban un arreglo casero: una llave pequeña, de metal envejecido, que no correspondía a ninguna cerradura que Sofía reconociera.

No era la llave de su casa, ni de ningún lugar del campus.

Grabado en el metal, apenas visible bajo la luz del velador, había un número: 47.

Sofía se quedó mirando la llave durante largo rato, dándole vueltas entre los dedos, con la certeza creciendo despacio de que su madre le había dejado, sin saberlo del todo en ese momento de guardarla, un camino hacia la verdad completa.