Capítulo 22
El Heredero del Pacto
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La sala donde los condujeron no se parecía en nada a lo que Sofía había imaginado durante el trayecto, la mente corriendo hacia capuchas y velas rituales alimentadas por semanas de misterio acumulado.
Era, simplemente, una biblioteca privada, elegante y silenciosa, con olor a cuero y madera encerada, y un hombre mayor sentado detrás de un escritorio oscuro bajo la luz cálida de una lámpara de mesa.
—Señorita Montiel. Finalmente. —El Mentor se puso de pie, con una cortesía que resultaba más inquietante que cualquier hostilidad directa, como si la calma fuera en sí misma una forma de amenaza—.
Disculpe el drama de la alarma. Necesitábamos asegurarnos de que esta conversación ocurriera esta noche, sin más demoras.
—¿Quién es usted?
—Alguien que conoció bien a su madre. —El Mentor le indicó una silla frente al escritorio, y Sofía se sentó, con Ezequiel de pie a su lado, tenso como una cuerda a punto de romperse—.
Existe un Pacto en esta institución, señorita Montiel.
Cada generación, exige renovarse a través de la hija de un elegido anterior.
—Ezequiel ya me contó eso.
—Entonces sabe lo suficiente para entender lo que sigue. —El Mentor la observó con una intensidad que la hizo sentir, por primera vez, verdaderamente pequeña, como un espécimen bajo un microscopio—. Su madre fue la elegida hace veinte años. Y ahora, el Pacto la ha elegido a usted.
Sofía sintió que el aire se le escapaba de los pulmones de golpe, como si le hubieran quitado el suelo bajo los pies sin previo aviso.
—Ezequiel —dijo, girándose hacia él, la voz filosa—. ¿Vos sabías esto? ¿Desde cuándo?
La pregunta quedó suspendida en el aire de la biblioteca, exigiendo una respuesta que Ezequiel ya no podía evitar ni disfrazar.
—Desde el primer día —dijo finalmente, la voz cargada de una culpa que llevaba semanas conteniendo bajo capas de indiferencia fingida—. Sabía quién eras antes de que llegaras al campus.
La traición, confirmada en voz alta, frente al hombre que la había orquestado todo desde las sombras, golpeó a Sofía con una fuerza que no esperaba.
Todo lo que había construido con Ezequiel en las últimas semanas —la confianza, la complicidad, el beso que todavía sentía en los labios como una marca— se sentía, de repente, como una manipulación calculada desde el inicio, cada gesto amable reinterpretado bajo una luz más fría.
—Hay algo más que debe saber —agregó el Mentor, con una calma cruel que no dejaba espacio para el respiro—. Su madre no murió como le dijeron.