Capítulo 20
La Verdad a Medias
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—Contame todo —exigió Sofía, todavía parada frente al retrato de su madre, sin apartar los ojos de esa mirada pintada que de pronto se sentía demasiado cercana—. Ya no me alcanza con fragmentos, Ezequiel. Necesito la verdad completa.
Ezequiel se quedó en silencio un largo momento, y Sofía pudo ver, en la tensión de su mandíbula, la batalla interna que estaba librando entre la lealtad impuesta desde la cuna y algo más, algo que había estado creciendo entre ellos desde el primer día en el patio central.
—Existe un Pacto —dijo finalmente, la voz baja pero firme, cada palabra pesada como si le costara físicamente pronunciarla—. Una organización dentro de esta universidad, mucho más antigua que cualquiera de nosotros, que elige, cada generación, a alguien externo para incorporar a su estructura.
—¿Como eligieron a mi madre?
—Sí.
—¿Y a mí?
Ezequiel no respondió de inmediato, pero el silencio fue suficiente confirmación, más elocuente que cualquier palabra.
—¿Por eso estás cerca de mí? —La voz de Sofía tembló, entre la furia y algo más doloroso, algo que se parecía peligrosamente al desengaño—. ¿Por eso todo esto, el interés, las conversaciones, todo era parte de acercarme al Pacto?
—Al principio, sí. —Ezequiel dio un paso hacia ella, sin importarle ya el riesgo de decir demasiado, la distancia entre ambos cerrándose milímetro a milímetro—. Pero eso ya no es lo único que hay entre nosotros, Sofía. Vos lo sabés tan bien como yo.
La cercanía entre ambos, cargada de semanas de tensión contenida, se volvió insoportable.
Sofía sintió el impulso de alejarse, de protegerse de una traición que apenas empezaba a comprender del todo, pero el cuerpo, traicionero, la mantuvo exactamente donde estaba, los pies clavados al piso de madera.
—Debería odiarte —susurró.
—Deberías —respondió Ezequiel, la voz ronca, acercándose todavía más, tan cerca que ella podía sentir el calor que irradiaba—. Pero no lo hacés.
El beso, cuando finalmente sucedió, no fue suave ni cauteloso.
Fue la liberación de semanas de tensión acumulada, de miradas contenidas, de un deseo que ambos habían intentado, sin éxito real, mantener bajo control.
Las manos de Ezequiel en su cintura, la de Sofía enredada en su camisa, atrayéndolo más cerca en lugar de alejarlo, todo el cuarto de retratos solemnes desapareciendo alrededor de ellos por un instante que se sintió, por primera vez desde su llegada a la Anglada, completamente suyo.
Una alarma estridente cortó el momento de golpe, resonando por todo el ala antigua con una urgencia que no dejaba lugar a dudas de que no era un simulacro.
Ezequiel se apartó, su expresión transformándose instantáneamente de deseo a alarma pura, cada músculo tensándose de golpe.
—Eso no es un ejercicio —dijo, ya moviéndose hacia la puerta—. Alguien activó el protocolo de elegido en fuga.
Sofía sintió que el corazón se le detenía por un segundo entero.
—¿Eso qué significa?
Ezequiel la miró, y en sus ojos, por primera vez, ella vio miedo genuino, sin ninguna máscara detrás.
—Significa que la Cofradía cree que sos vos la que está intentando escapar.