Capítulo 19
El Cuarto Cerrado
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La curiosidad, más fuerte que el miedo generado por la amenaza anónima, llevó a Sofía de vuelta al ala antigua unos días después, esta vez explorando más allá de la biblioteca restringida, hacia una sección del edificio que el mapa oficial marcaba como clausurada por reformas estructurales que, a esa altura, ya sospechaba que nunca habían existido.
Encontró una puerta, al final de un pasillo poco iluminado, que no encajaba con el resto de la arquitectura del ala: más reciente, reforzada, con una cerradura moderna que parecía absurdamente fuera de lugar en un edificio de piedra centenaria.
Estaba entreabierta.
Sofía dudó apenas un segundo antes de empujarla y entrar, el corazón golpeándole con fuerza contra las costillas.
—No deberías estar acá.
Ezequiel apareció detrás de ella, con la misma advertencia de siempre. Pero esta vez, en lugar de arrastrarla hacia la salida, se quedó parado en el umbral, mirando el interior de la habitación con una expresión que Sofía nunca le había visto antes: algo parecido al miedo, crudo y sin disimular.
—¿Qué es este lugar?
Ezequiel no respondió de inmediato. Pero tampoco la detuvo cuando ella avanzó hacia el centro de la habitación, iluminada apenas por la luz que se filtraba desde el pasillo en una franja estrecha sobre el piso de madera.
Fue, por primera vez, la propia decisión de Ezequiel entrar con ella, cruzando el umbral con un paso deliberado, casi solemne.
Las paredes estaban cubiertas de retratos, generaciones enteras de rostros solemnes, cada uno con una pequeña placa de bronce debajo con un nombre y un año grabados. Sofía caminó lentamente entre ellos, leyendo los nombres uno por uno, sin encontrar todavía nada que reconociera.
Hasta que llegó al retrato correspondiente a veinte años atrás.
El rostro de su madre, más joven de lo que Sofía la había conocido en vida, casi irreconocible en su juventud, la miraba desde el óleo con una expresión que combinaba orgullo y algo más oscuro, algo que solo ahora, viendo el retrato con sus propios ojos, Sofía empezaba a reconocer como miedo cuidadosamente contenido detrás de una sonrisa pintada.
Debajo, la placa de bronce decía simplemente: Leonor Montiel. Elegida.
—¿Elegida para qué? —preguntó Sofía, la voz apenas un susurro que resonó extrañamente fuerte en el silencio de la sala.
Ezequiel se acercó, colocándose a su lado, mirando el retrato con la misma intensidad que ella.
—Para algo que no debería haberle pasado nunca —dijo finalmente, y por primera vez en semanas, Sofía escuchó en su voz algo que sonaba honestamente parecido al arrepentimiento.